No sé por qué buscan… Todo estaba dicho, estaba ahí para que lo viera quien hubiera querido auxiliar a un hombre de extraña identidad sexual e insoportable éxito mediático. Michael Jackson se murió la semana pasada para avergonzarnos a todos, especialmente a ese público que no escuchaba sus gritos de socorrro. En una de sus actuaciones cuando todavía el muñeco no se había convertido en engendro, en la época en que Michael tenía una curiosa similitud con la Helena Bonham-Carter de “El planeta de los simios” ya lo dejaba claro: en la actuación el público aplaude mientras él se va plegando sobre sí mismo como uno de esos juguetes infantiles y chilla cuando el cantante se imita haciendo esos pasos robotizados. El niño negro se desprendía al final del sombrero con rabia, arrojándoselo a sus fans y se arrancaba casi el guante plateado que ya era una adherencia de la que no podía deshacerse. Como casi todo lo que con los años había construido y que le iba asfixiando hasta atenazarle. Sólo lo admiraban, pero no hubo nadie dispuesto a crear un corredor humanitario hasta el escenario y salvar a ese muchacho que agarraba el micrófono pegado a la boca en 2001 con ese “Beat it”, no se sabe si por miedo a que se dieran cuenta de lo afónico de una voz de poco más de cincuenta kilos o de las secuelas que las adicciones probablemente iban marcando en su dentadura. Los fans quieren divertirse hasta morir o entretenerse con lo que evidentemente es un cadáver en escena. Nada más teatral que la muerte del divo entonando sus últimas notas…
Él nos quiso
Y por mucho que en “Leave me alone” se nos mostrara aún con fuerzas para soltar las ligaduras de los perros de presa de la prensa que babeaban al tiempo que lanzanban sus flashazos sobre él, en los últimos años Michael se había rendido. El cuerpo se le consumía tal vez por que como en estos días decía Julián Ruiz, Michael no tenía las herramientas intelectuales para enfrentarse a la fama, sobre todo cuando las sendas que había decidido recorrer eran de la mano de los niños. Seguramente de haber tenido una mínima formación más allá del cinturón del también desfigurado Joe Jackson, de extraño parecido a uno de los sabuesos del mencionado video, Michael hubiera podido leer a Quignard en “El sexo y el espanto” y haber optado por afrontar sus miedos, dejando de indagar una y otra vez con la postura de baile que los entendidos del sexo definen como el Cobi, ya saben, el índice y el meñique estirados y corazón y anular doblados hacia la palma, lo que vulgarmente conocemos como poner los cuernos, pero que en el ámbito de los tocamientos tiene un significado tan preciso como los dedos de bendecir de los prestes. O a la croata Dubravka Ugresic que reflexiona sobre esa voracidad de los medios y sobre esa bella que devora a la bestia bisturí en mano en “No hay nadie en casa”; puede que hubiera sido una buena lectura de mesilla para Jacko.En cambio, su salida fue la de jugar por última vez con su hermana Janet en el clip más caro de la historia “Scream”, donde se permite bromear con su imagen de comic manga, romper guitarras y emprenderla a golpes con figuritas negras, simétricas, en fila india, dispuestas sobre una repisa, tal vez en protesta contra esa sociedad uniformada de la que él quería huir saltando como un mono por las paredes, porque como canta en la canción la presión le hacía querer gritar, colocándose en la pose del crucificado y haciendo constante referencia a unos medios de comunicación a los que pide sin éxito que paren la violencia que ejercían contra él. Furia que la blandita Janet, excelente réplica de las coreografías de su hermano, pero sin su magia sobre el escenario, nos da alguna pista meando de pie y subida luego al urinario, queriendo darnos a entender que todo era objeto de observación de estos doctores de la moral en que nos hemos convertido los periodistas. Médicos que no expiden recetas de salvación, pero rompen con gusto los mensajes en la botella que a veces nos envían los personajes idolatrados. Son los famosos juguetes rotos de los que siempre se habla, pero a los que nadie se tomó la molestia de llevar al sanatorio de juguetes de la calle Preciados. No sé qué buscan ahora en su casa…, lo que tenía que decir lo dijo ya, aunque nadie quiso oír mas que el tintineo de su cuenta corriente.
Así remataba el propietario de un local céntrico de Madrid que ha acabado disculpándose de dos lesbianas a las que insultó antes de echarlas de su local por haberse besado en él. El titular del criterio de normalidad, tan usual entre los que se consideran autoridad moral para discernir qué está bien o no, se vio pasados unos días rodeado de decenas de mujeres que decidieron mostrar su “anormalidad” ante la puerta del citado bar. En lugar de mi derecho contra el tuyo, demostrar que todo puede convivir sin agredir y que taparse los ojos no evita que la realidad sea la que es, la de hombres y mujeres amándose indiscriminadamente, olvidando el prejuicio de qué somos y que nos han hecho ser.
Eran trescientos más o menos como los hombres de Leónidas en el paso de las Termópilas y como ellos prefieren entregar la vida a rendirla antes que quedarse de brazos cruzados frente a la injusta legislación que los talibanes quieren promulgar. Mujeres, abogados y defensores de los derechos humanos, han salido a las calles de Kabul para protestar contra una ley de inspiración talibán que ampara la violación dentro del matrimonio. En respuesta, más de 500 personas se han enfrentado a los manifestantes y han proferido gritos contra las mujeres. (Más información)
A veces hay obviedades que requieren su proclamación, derechos que exigen ser reclamados y espacios que debemos recuperar porque en algún momento nos fueron negados. Ésa ha sido la tarea de la Librería de Mujeres a la que se homenajeó en la Agrupación Socialista del Distrito Centro de Madrid y para la que preparamos un video con el que intentamos refrescar la memoria para no perder espacios ni dejar de exigir derechos.
Para los que no terminan de distinguir el buen del mal ejercicio profesional, un anuncio de Últimas noticias que clarifica bastante las cosas en torno a los malos usos periodísticos, tan difundidos hoy en día en España.
Acabamos de enterarnos que en la Rusia de Putin el beso entre dos soldados es material artístico no exportable y eso nos causa estupor ante lo pacato de la moral pública de lo que cada vez se parece más a una dictadura cesariana, sin la brillantez militar del romano, que ya quisiera Putin. Seguramente al patricio del que hoy el berlinés Altes Museum custodia un busto en bronce se le iluminarían los sorprendentes ojos, vacíos de vida, al ver una imagen tan poco disciplinada de cómo se relacionan las milicias hoy día. Pero no debemos escandalizarnos de lo timorato de una medida -la de impedir que puedan viajar ésta y otra obra de “Sots art: art politique en Russie” que nos robará la posibilidad de ruborizarnos libremente si hacemos un poco de memoria. Las últimas fueron las fotos de José Antonio Moreno Montoya que provocaron una airada reacción de la derecha más recalcitrante, preocupada por cómo podrían afectarnos estas irreverentes reinterpretaciones de la Anunciación, San Sebastián o el Tránsito de Sor Juana Inés. Unas fotografías que podrían haber descalificado perfectamente con sólo hacer alusión a la escasez de calidad y no tanto a lo agresivo de la provocación que, de no haber insistido tanto en lo blasfemo de las mismas hubiera quedado en agua de borrajas. Pero las fuerzas vivas del país siempre saben iluminarnos sobre lo que hay que ver o no, lo que es merecedor de arrepentimiento visual y unos cuantos padresnuestros y lo que ha de resultarnos ofensivo, por más que ellos lo hayan expuesto con anterioridad en un escaparate tan poco susceptible de pasar desapercibido como la feria ARCO.
Para la Academia esta palabra define una “hilera de cosas puestas en orden una tras otra”, algo que personalmente me devuelve a los años del colegio de monjas, cuando llegaba a clase mucho después de que hubieran acabado las filas indias en el patio al son de la música clásica. Ya nadie espera disciplinadamente salvo para entrar a ver las exposiciones que vende el Museo del Prado o ante la intuición de que al final de la ristra de personas aguarda un benefactor que ofrece pisos de protección oficial, dispongan o no de agua y luz.
Precisamente hace poco he vuelto a encontrar esta palabra en “El legado de la pérdida”, novela de Kiran Desai, editada por Salamandra que aparte de este hallazgo lingüístico cuenta una historia de culturas que se visitan y se frecuentan hasta que deciden convivir u odiarse en calma. Una autora premiada con el Booker y que se atreve a declararse “neomarxista” en Varsovia.
La Más Bella, Revista Experimental de Arte y Creación, te invita al acto de presentación de la 2ª Edición Bellamátic-Photolatente, un proyecto fruto de la colaboración entre el artista Oscar Molina y La Más Bella:
Jueves 18 de octubre de 2007
La Fábrica 2 (c/ Verónica 13, Madrid)
A las 20:30 horas.
No podemos estar más de acuerdo aunque en estos momentos el estado de conservación de su memoria sea universalmente un escándalo. Una cita con su “intelijencia” desde octubre hasta diciembre en Valladolid.
Quizá lo de que este hombre volcado sobre sí mismo de Rodin, El Pensador, haya salido a las calles de Málaga como recoge hoy El País sea un signo de los tiempos en estas épocas tan irreflexivas en las que aprender otra lengua salvo el catalán es un mérito curricular. Nos observa desde lo alto, porque hay que tomar distancia para entender y lo de ubicarla a la entrada de la calle Larios se deba tal vez a esa tendencia a atribuir la genialidad al coqueteo con las bebidas espirituosas. Un rasgo bohemio con el que a lo mejor don Augusto no estuviera de acuerdo, o sí, si tenemos en cuenta que este fornido hombre reflexionante iba a formar parte de un grupo escultórico llamado “Las puertas del Infierno“. ¿Acaso se puede pensar ya en algo una vez que se está en el umbral? ¿Estamos a tiempo de poner algo más de cordura al Averno que se nos avecina con la inminente campaña electoral?