Entrevista a Vladimir Bataller

Nos recibe en su casa, con barba de varios días sin salir, después de haber demorado en varias ocasiones una cita, a la que tarde o temprano tendrá que acudir. Al entrar le vemos sentado en su mesa de trabajo. A Vladimir Bataller le cuesta separarse de su ordenador que parece una prolongación de si mismo, pero al final accede con una mezcla de terror que termina por convertirse en placidez con cada respuesta que consigue vadear.

Todos recordamos su cara de estupor al ser rechazado por su enamorada o la memorable borrachera -trompazo en el suelo incluido- en “Tío Vania” con la Cuarta Pared T.U., al desalmado asesino escondido tras el hombre cotidiano en “Parking” o al vecino del que uno no sabe cómo deshacerse en “Prométeme que no me dejarás”. Un Lon Chaney de las tablas, que también se transfigura en la vida real, travestido en ejecutivo, o se deja seducir por un travieso calamar a la hora de comprarse una camiseta.

No niega a sus maestros, aunque no sean las luminarias que ahora guían los pasos de las jóvenes estrellas. Ha optado por un arte más desnudo y tal vez, con menor proyección, pero nacido de un concepto completo, como de esfera armilar.  Un arte calculado como un sumatorio, que le huele a motores y niños jugando entre luces y sombras a que trabajan.

Su trayectoria llega ahora a su momento de pausa, acabados ya sus años de ejercicio como profesor. Y en la pausa, en medio del desconcierto, hace un hueco para, con sus desastradas camisetas, revolver en lo más dentro, en esa transgresión que acompañan a la técnica y la escucha activa.

Apuntes casi matemáticos de un valenciano al que su aspecto le hace pasar por extranjero, una definición que le ajusta mentalmente más de lo que cree a Vladimir Bataller, que nos dibuja con fluidez sus trazos, como si estuvieran escritos en  su inefable pizarra.

– Alicia González: ¿Qué tipo de artista te consideras?

–         Vladimir Bataller: Pues, un actor, con aptitudes cómicas, aunque me considero bastante versátil y… me gustaría llegar a ser un artista… comprometido. (Lo dice con unas mayúsculas que no pone, pero se sobreentienden).

–         A.G.: ¿Cómo has evolucionado en los últimos cuatro años?, profesionalmente hablando…,

–         V.B.: Pues…

 –         A.G.:(Se lo piensa como si tras la respuesta hubiera un intento de deslindar su vida fuera de la escena, por lo que le aclaro) …Aunque imagino que lo personal no puede separarse demasiado…

–         V.B.: Sí, por supuesto (algo más tranquilo por la aclaración). Evidentemente el actor trabaja con uno mismo, pero yo creo que la evolución ha sido desde el miedo a los posibles vicios que yo pudiera tener. Sí, a los posibles vicios interpretativos y creo que ya… no tengo miedo a esos vicios, es decir, porque, ese miedo me hizo restar en lugar de sumar y pienso que siempre hay que sumar.

–         A.G.:¿Y esos vicios los trasladas desde tu persona, vienen impresos en tu carácter y los tienes que superar en escena o…?

–          V.B.: No, son cuestiones más bien técnicas. Evidentemente, lo personal siempre está enmedio, porque a fin de cuentas el que está actuando es una persona. Son más bien temas técnicos, desde el punto de vista de que uno tiende a actuar desde lugares en los que se encuentra seguro o que ya conoce y realmente el creador debe ubicarse en lugares que no conoce y en los que no está seguro, si no, no hay creación.

–         A.G.:¿El arte es, entonces un modo de superar el miedo a lo desconocido?

–         V.B.: Podría ser, sí.

–         A.G.:¿Y en qué género te sientes más seguro?

–         V.B.: En la comedia… Sí, porque la comedia… (comienza muy decidido, pero pierde confianza a medida que la reflexión vence la batalla a la palabra en la cabeza. Tras un receso regresa el torrente de imágenes). Es curioso, porque la comedia muchas veces, los payasos, reivindican que está como mal visto, que es de segunda división. ¡Lo realmente bueno es emocionarse, el drama, lo trágico! (lo dice con el envaramiento de los que encumbran la lágrima como única vía hacia el espectador). Parece que solamente algo puede ser profundo si es así, y yo creo que no, que si además es cómico, es mucho más completo. 

–         A.G.: Hablabas de los papeles cómicos como los que a ti más te pueden llegar, pero también has hecho personajes con una carga de suspense, de drama…  

–         V.B.: (Se dispersa y como si intentara volver a lo que le apasiona o guiñando desde lejos el ojo al lector tocado con bigote de Groucho, retoma la pregunta anterior, previa confesión y…). Voy a volver a los papeles cómicos… Por ejemplo, me considero más seguidor, o más fan de los Hermanos Marx, o Charlot o Gila, que, con el humor, dicen más cosas. (Quitándome mentalmente el rotulador, subraya ese “dicen” en un aviso para navegantes).  

–         A.G.:¿Esos son tus referentes de expresión? 

–         V.B.: Básicamente yo creo que en lo que decía del contenido, del decir algo. En la forma, puede ser que sí o puede ser que no. Me gusta por ejemplo, la forma de éstos de que te he hablado, los Hermanos Marx o Gila, pero no necesariamente. 

 –         A.G.:¿Y no es un poco difícil compaginar ese tipo de expresión, un poco caduco, un poco demodé respecto al cine y teatro que se está rodando ahora? ¿No es quedarse un poco fuera de lo que se está haciendo?

–         V.B.: En la forma, sí, en la forma sí. Seguramente, ahora se busca mucho la naturalidad y tal, pero depende de para qué cosas, la naturalidad está bien o quizá algo en plan astracanada puede encajar mejor. Por eso decía yo antes que no hay que restar, si no sumar. Hay que tener todas las opciones y saber cuándo debes usar unas y cuándo debes usar otras.

–         A.G.: Y en ese sentido, ¿cuál ha sido el punto de inflexión en tu carrera, cuándo te has dado cuenta de los recursos de los que dispones y puedes manejarte con ellos? ¿Cuándo te has visto capaz de soltar la mano de tu maestro?

–         V.B.: Bueno, librarme de mis maestros(Se lo piensa valorando con más dureza el paso adelante). Uno quizá inicialmente empieza creyéndose un fenómeno y  posteriormente va poniendo en cuestión cosas y a lo mejor luego, llegas a la conclusión de que, tenían razón, o no… Pero, yo creo que, cuando he empezado a pensar esto ha sido a partir del momento en que he sido profesor, y dentro de ser profesor, eres también un poco director, pues en cierto modo estás dirigiendo una escena -por lo menos en la parte interpretativa, más que en la puesta en escena-. Y entonces, viendo en los demás este mismo problema, que uno a veces se pone más peros de los que los demás vemos en él, ahí es donde me he dado cuenta que no había que pasarse y ser más papista que el Papa.

–         A.G.: Ahora que comentas tu experiencia como profesor… ¿Percibes de una forma distinta ese transmitir a los demás el sentir del personaje? ¿Ha cambiado algo en tu forma de interpretar a partir de ser algo más que alumno?

–         V.B.: Yo, en principio lo de sentir el personaje no es una frase con la que me sienta identificado, desde el momento en que está un poco estereotipado por el público. (Se vuelve grandilocuente en su discurso, casi declamando). El actor tiene que sentir mucho… Personalmente considero que no necesariamente tiene que sentir mucho…, tiene que contar una historia. Si él se siente dentro de esa historia, probablemente la contará mejor, pero, buscar el sentir por sentir puede llegar en ocasiones a errores muy graves, porque no se trata de sentir, si no de estar donde estás y captando lo que está ocurriendo. El sentir está bien, porque en realidad sería percibir lo que está alrededor. No sentir una gran emoción dentro. (Y lo matiza con una voz como si interpretara al Gran Capitán en versión de cine mudo). No es una cosa interior, si no de interiorizar cómo viene lo de fuera, de captar todo lo que no está en ti.

–         A.G.: Entonces ¿eres más de los que elaboran desde fuera el personaje, viendo sus interacciones con los otros, más que transformándote en él? Porque ya sabes que hay quien piensa que el buen actor se convierte en su papel no sólo para la función, si no que asume a Jack el Destripador dentro y fuera del escenario?

–         V.B.: Sí, bueno, uno se puede convertir en Jack el Destripador y disfrutar de ello. Eso es una de las cosas buenas de esto… (Se ríe con cierta sorna que no oculta). Puedes ser un asesino y como es una ficción, es un juego, disfrutar de ello y seguramente cuanto más disfrutes, mejor será la interpretación… Pero, no deja de ser eso, un juego y yo pienso también básicamente que el actor cuando está haciendo algo tiene que pasarlo bien, no estar riéndose de otra cosa que no tiene nada que ver en la escena, si no disfrutar y eso no tiene por qué ser con algo cómico, si no que puedes estar haciendo algo trágico, un asesino, o un señor muy serio. (La figura de Saza parece revolotear por el cuarto y da una cierta seriedad al tono de sus palabras).

–         A.G.: Por lo que dices eres más partidario de la capacidad del actor de disfrutar con su trabajo, pero ¿en qué medida necesitas la atención de los demás, el aplauso, el reconocimiento de los otros para reforzarte como actor o como ego?

–         V.B.: Generalizar siempre es arriesgarse, pero creo que la gente que se dedica las artes escénicas: la danza, el teatro, el canto, la música, aparte de que puede que haya un disfrute -si no es un error- de esa persona por ejecutar ese arte, también hay algo de la necesidad de ser querido. Yo pienso que debajo de todo esto hay un quiero que me quieran.

A veces es difícil separarlo, porque en definitiva cuando te subes a un escenario o vas a hacer una película, está muy bien que tú te diviertas, pero también lo estás haciendo para el otro y  ahí hay una negociación entre que tienes que divertirte, pero también lo estás haciendo para otros, por lo tanto, si tú te diviertes mucho, pero no se te ve, no estás haciendo bien el trabajo.

–         A.G.:¿Cuántos años llevas en esto del Arte Dramático?

–         V.B.: Pues, desde los dieciséis años o diecisiete en que empecé a hacer teatro por los diferentes lados por los que he ido pasando: por el Instituto, por la Universidad… de forma amateur, pero bastante intensiva y luego, a los veintiséis, que comencé a estudiar de forma profesional, se podría decir.

–         A.G.:¿Y por qué se arriesga uno por una apuesta como la interpretación, sin ninguna certeza, sin ninguna garantía?

–         V.B.: ¿Qué tipo de apuesta? (Pregunta con la perplejidad del que no se plantea la vocación como tal).

–         A.G.: (Le aclaro ante su divagación). El que sea una profesión en la que nadie te da ninguna seguridad de que vayas a triunfar económicamente, ni que se reconozca el mérito… Esa especie de ingratitud que va de la mano de los que actuáis…

–         V.B..: Hombre, las respuestas pueden ser varias, eso ya depende de cada persona, el porqué opta por esta vocación. Yo, en mi caso, pienso que hay un enriquecimiento, una satisfacción que necesito desde el punto de vista humano, porque yo he vivido mucho tiempo estudiando cuestiones más técnicas y creo al menos que yo necesito también una parte humana. (Duda al terminar, como recapacitando lo del humano, lo de los Marx, y busca más madera que echar a su respuesta).

Y en sí todo esto del tópico del “veneno del teatro” -y me refiero en concreto al teatro, porque el cine yo creo que sería otra cosa- es una sensación, la de estar subido encima de un escenario como la del que se tira haciendo puenting -a mi no me gusta- (puntualiza su desapego por el riesgo del deporte sin teclas, que no tenga pantalla y ratón). Cuando estás en un escenario estás corriendo no un riesgo físico, si no un riesgo personal, un riesgo emocional y por otro lado, también es una regresión a cuando uno es niño y puede jugar.

–         A.G.:¿Piensas en el patio de butacas cuando estás sobre el escenario o uno se enajena completamente y está SOLO?

–         V.B.: Sé que están, pero no elucubro sobre cómo están reaccionando… Cuando uno está en el escenario yo creo que tiene que estar concentrado en lo que está haciendo, en lo que va a hacer… Básicamente en sus compañeros. Y bueno, siempre tiene que haber algo en definitiva de ser consciente de que el público está ahí, porque lo estás haciendo para ellos.

–         A.G.: Antes mencionabas tu trayectoria anterior en un tipo de vida totalmente distinta… Siendo ingeniero, actor, informático, profesor, cuéntanos cómo desenmarañas tú esa personalidad polivalente y esas aficiones tan dispares, cómo se engarzan o no… ¿Podría decirse que tienes una personalidad múltiple?

–         V.B.: No sé, ¿Leonardo Da Vinci -aunque suene a megalómano- tenía una personalidad múltiple? No, yo creo que la vida tiene muchas facetas y… actualmente vivimos en una sociedad en la que parece que hay que especializarse y nada más y que uno no es capaz de tener varias pasiones, varias aficiones… (Ya pediremos un receso a posteriori para alguna explicación sobre la materia pasional). Yo, no lo vivo como una cuestión de múltiples personalidades, si no como partes de mi, pero no tan disociadas. Y, de todas formas, en la informática y en la ingeniería hay una parte de creación igual que en el teatro. (Un lapso para rematar de forma torera). Y seguramente es la parte que más me seduce, el crear algo a partir de un espacio en blanco.

–         A.G.: Y ya que hablas de Leonardo, esto del arte dramático es más ingeniería, por aquello de la técnica o más arte, por la genialidad que se presupone al actor? ¿Hay alguna forma de decantarse?

–         V.B.: No, yo creo que son las dos cosas. Hay que conocer la técnica, saber cómo funcionan determinados mecanismos, saber cómo la técnica te funciona ti. Porque seguramente en el mundo del arte la técnica no es tan absoluta, por eso es a mi parecer algo más difícil que la ciencia en general y… (larga pausa de vigilia en el cuatelillo de sus pensamientos). Luego el arte es saltarse, o mejor, saber decidir cuándo te saltas las técnicas. Sería como la parte irracional de esto de la interpretación.

–         A.G.: Y desde esa perspectiva irracional ¿qué importancia cobra el movimiento en tu modo de interpretar? ¿Tiene más peso el componente mental o la gestualización, la expresión corporal entra en el papel de manera indisoluble? ¿Se pueden separar, quizá? ¿Lo has incrementado con el paso del tiempo? (Ahora soy yo la que se desborda a preguntas).

–         V.B.: (Y él, entendiendo la situación intenta poner un poco de orden). Bueno, vamos a ver… Realmente lo físico es lo único es que se ve, lo mental no se ve, porque cuando tú ves a alguien triste, estás viendo los ojos que se pueden poner de una determinada forma, la boca, a lo mejor está caída como las facciones, la espalda un poco encorvada…

En realidad, lo único que vemos es físico, lo que pasa es que de lo físico el espectador extrae muchas interpretaciones. El espectador también interpreta que esa persona está triste. La historia es que conscientemente el actor es muy difícil que controle todas esas cosas, que controle cómo están sus ojos, cómo están sus cejas, cómo están sus piernas, cómo están sus orejas…, sería para volverse loco. (Dice esto, mientras mueve sin darse cuenta, o quizá sí,  los ojos de forma desorbitada por debajo de sus gafas de pasta a lo Amestoy y las manos, al modo que lo hacen los políticos durante los mítines. No, mejor, como el piano en el que trastabillea el “Himno de Valencia” cada ve que visita su casa de la infancia). Sería más una cuestión más de confiar en que, si tú estás triste tu cuerpo se va estructurar orgánicamente para estar triste, para tener una apariencia de tristeza. Lo que pasa es que también, por otro lado, el cuerpo emite señales inconscientes. En el cuerpo, tenemos muchos vicios y a veces, no somos conscientes de ellos. Por eso es muy importante, tener una conciencia corporal.

–         A.G.: Tienes una cierta fijación con los vicios… ¿Ésa era tu principal preocupación como diletante, de limar todo lo superfluo? ¿No hay un exceso de autoexigencia?

–         V.B.: Seguramente, el actor tiene que limpiarse. Por un lado esta fijación es porque el actor primero tiene que pulirse, es como un folio que ya está medio escrito y que hay que borrar para volver a escribir. No obstante, también puede haber una parte de autocrítica, pero cuando me veo en algún video de alguna obra de teatro o en algún corto de cine me acepto bastante bien. (Juguetea por debajo de la mesa con una goma elástica que ha aparecido de repente, para calmar un incipiente nerviosismo con unas manos diminutas, como de asesino en serie).

A mi me pasaba y a mucha gente le pasa -creo que a la gran mayoría- que cuando se ven en vídeos o en una foto, como no están acostumbrados a verse ellos desde fuera en movimiento, empiezan a justificarse, diciendo que han salido muy mal… Y yo creo que me estoy aceptando… Incluso en algunos momentos hasta me gusto, con esos movimientos que me doy cuenta que son característicos míos y no de otra persona. Porque a fin de cuentas cuando uno se ve a si mismo, se ve más diferente y eso es a lo que hay que acostumbrarse, a que eres tan diferente como los demás.

–         A.G.: Y llegado a ese grado de aceptación personal, ¿cuál es el próximo reto, adónde esperas llegar o qué personaje buscas?

–         V.B.: Pues, me gustaría hacer un personaje cómico en cine o en teatro. No sé muy bien qué me apetece más si el cine o el teatro… A veces uno, a veces el otro. De hecho, ante la indecisión estoy preparando varios monólogos de Mihura, de “Cuentos para perros”.

–         A.G.:¿Cómo llevas lo de encontrar trabajo de actor?

–         V.B.: Pues, de forma irregular, porque es un trabajo en sí y es un trabajo duro. Nunca hay garantías de que encuentres lo que buscas ni de que quien te busca te encuentre. Y es un mundo en el que la información del cómo encontrar y el cómo buscar es un poco difusa y depende de  estar en el sitio adecuado, de enterarte de y conocer a… Es como una selva en la que hay que buscar un tesoro.

–         A.G.: Lo de ser un tío más convencional en un mundo de bohemios a la hora de esa búsqueda…,¿es una traba más?… Porque a la gente de este mundillo de la interpretación se le presupone otro aspecto…

–         V.B..: Creo que eso es más un cliché exterior, desde fuera del mundo de la interpretación. Puede que haya gente que vista de una determinada forma y creo que tiene que ver con lo que te decía antes de que uno al final, lo que quiere es ser querido, pero… por norma general la gente no te juzga por tu aspecto. En el mundo profesional la gente te juzga por tu trabajo. Lo que pasa es que tienes que tener la oportunidad de enseñarles, de demostrarles cuál ha sido tu trabajo interpretativo.

–         A.G.: Al principio de la conversación mencionabas que hay algo o pretendes buscar algo de contenido social en esto del arte… ¿Podrías desarrollar la idea? Y ahondando un poco más, ¿crees que sigue existiendo sitio para el arte comprometido, para la ideología más allá de la estética que ahora mismo domina el panorama?

El arte para mi tiene que ser la avanzadilla del pensamiento, o tiene que estar con la avanzadilla del pensamiento, porque el arte tiene que contar cosas nuevas, proponer nuevas ideas y nuevos modelos de vida, de comportamiento, de sociedad…

–         V.B.: El arte para mi tiene que ser la avanzadilla del pensamiento, o tiene que estar con la avanzadilla del pensamiento, porque el arte tiene que contar cosas nuevas, proponer nuevas ideas y nuevos modelos de vida, de comportamiento, de sociedad… (No podemos dejar de mirar ahora la perilla trotskista del entrevistado).

El espectador o por lo menos, el buen espectador lo que busca son propuestas, busca nuevas realidades, porque para que le cuenten la suya ya está el documental. Y normalmente la gente cuando va al cine o al teatro quiere que le cuenten algo que le sorprenda y le haga situarse en una circunstancia nueva y creo que por ahí tiene que ir el camino del artista.

–         A.G.: ¿Podrías describirnos, explicarnos con  colores a lo Kandinsky, cómo vives tú la experiencia, las sensaciones  del escenario? Cuéntalo como a ti te venga a la cabeza, a raudales…

–         V.B.: Suele ser una sensación de vértigo y suelen predominar el color negro y la luz. Sensorialmente hay negro y luz. (Contesta como si en ese instante la luz que recuerda haber visto en escena cegara sus ojos azules de tiburón).

–         A.G.:¿Hay algún olor característico que se te haya quedado impregnado tras alguna representación, tras la cara de chasco en “Tío Vania”, o la persecución de “Parking”?… ¿Hay alguna asociación de ideas de ese tipo?

–         V.B.: No, suele ser un olor bastante común, no es que cada obra tenga su olor. El olor físico que uno percibe es de algo que está recalentado, como una máquina a pleno rendimiento…, lo que pasa es que es una máquina con personas y hay unos focos que están calentando todo y esas personas están trabajando al cien por cien. Y es un olor de trabajo intenso… Podría ser una mezcla de guardería y sala de máquinas. (Y es entonces cuando se nos hace más permeable, dejándonos entrar en su visión más íntima de su profesión, en la que combina al adulto con el niño rescatado. Demasiado tarde).

–         A.G.: Y a la hora de apagar el foco, ¿dónde comienza el actor y cómo se arranca uno la nariz, sobre todo con esta vida tan rara de hoy en día?

–         V.B.:  El actor se tiene que arrancar la nariz en cuanto sale del escenario, del plató o de donde esté trabajando, porque si no, peligra tu salud mental. El actor se debe transformar tanto cuanto entra, como cuando sale.

 –         A.G.: Hay algo que quiera añadir en su defensa?

–         V.B.: Soy inocente.

Hace un intento de despedirse sin mayores aspavientos, pensando quizá en regresar a su monitor de ordenador, mientras la entrevistadora se muestra solícita a sus acercamientos. Y es que esto del periodismo, ya no es lo que era…

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