Abandonarse

A estas horas, sin remedio, a uno le entran ganas y no puede evitar humedecerse los labios. Pocas cosas quedan ya tan auténticas en lenguaje televisivo. Al aficionado sólo le queda escudriñar en los escaparates para ser feliz, a altas horas y a solas. Le gusta pasar la mano por las hojas, experimentando la rudeza de texturas, que casi transpiran, intentando que no pierdan su esencia al olisquear. Diez minutos más tarde, la plenitud. Después de tocado, aspirado y bebido, el té se hace uno con el oficiante que se deja caer al borde del sillón en que reposa perdido.