Escrito a la carrera

iraqSon mujeres y hay que entenderlas, se miran entre ellas con la complicidad de saber lo que les pasa. Sonríen, porque es uno de los pocos recursos que da la pobreza, la conformidad, la inmunidad al desaliento, que es como uno de esos paños con los que se cubren el cabello. Aprenden a triunfar entre la basura y a recoger donde otros son ciegos, a alimentar con el pan de las bombas a los hijos masacrados que esperan repetir la ira heredada. Gritan en una lengua confusa, mezcla de aleteo de pájaros y dolor infinito, porque en el desierto no hay espacio para sonidos dulces, y porque la percusión suele ser quien acompañe a los cuerpos bajo una bandera de sangre.

Veo escombros y aunque no quiero pensar que debajo hubiera vidas, probablemente  habrá que anotar algunas variaciones en la estadística oficial: los muertos no le dejan parar a uno a este lado del Golán.

Dime si te acuerdas, ¿cuándo empezó esta rutina de ver niños despedazados como lo más natural, de integrarlos en el bocado de la comida y de no volver la cara sabiendo que tú saldrás esta tarde y que el paisaje poco más o menos seguirá lluvioso, sin cambios, con el número de suicidas y atascos habituales mientras un pueblo se borra en silencio de los gráficos de barras.

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