Más allá del pescaíto frito

Una visita al otro Cádiz, el del silencio
Si ha pensado bajar al sur, los folletos de agencias de viajes le venderán de inmediato las playas infinitas de la costa gaditana, con esa tolerancia de la que hacen gala en espacios donde se confunden nudistas y textiles como Zahara de los Atunes. Gente guapa, saraos nocturnos y windsurf a unos kilómetros para disfrutar de la “castaña” en Tarifa. Pero Cádiz es igualmente un refugio de los que apetecen lugares sosegados, eso sí, sin dejar su cucurucho de cañaillas, pijotas, peluas, coquinas, chocos… 
Internándose por la carretera de Bolonia, la misma que le lleva a los vientos de poniente y los trajes de neopreno de Tarifa, descubrirá un paisaje que, a poco sensible que sea, le hará conectar con su parte más emotiva y su pasado. Nos referimos a los restos de Baelo Claudia ciudad que emerge entre tagarninas y gordolobos, justo al lado de una playa por donde pasean todavía burritos de esos “todo de algodón” que diría el autor de Arias tristes. Le sorprenderá encontrarse con estructuras columnadas en mitad de la sierra, el foro desde la vía Decumana, a unos metros de chiringuitos en los que poder saciar su ansia de degustar las deliciosas tortitas de camarones. Las vistas de este paraje de la Costa de la Luz ubicado en el comienzo del
Océano Atlántico gaditano son simplemente espectaculares: piense que en los días de verano y con poca calima se puede distinguir el litoral africano y de noche, comprenderá que el Faro de Espartel y la cosmopolita Tánger están tan sólo a un paso. 
En la pedanía de Bolonia-El Lentiscal están las ruinas de edificios públicos como el Capitolio, el Palacio de Justicia, el Senado, el mercado, las termas y el teatro, incluso una fábrica de conservas y salazones, que se conservan como el mejor ejemplo de urbanismo romano conservado en Hispania, en medio de pinos y alcornoques. Lo más aconsejable probablemente sea que se provea de unas buenas zapatillas de senderismo.
Así, una vez de nuevo en la carretera en dirección a Tarifa aparque pronto y déjese guiar por alguien de la comarca para que, salvando la zona militar, pueda adentrarse en una de las dunas más impresionantes, la de Punta Paloma, casi un telón de fina arena de grandes proporciones -entre barrones y tártagos marinos- que forman los vientos de levante en este Parque Natural de El Estrecho. Un paraje donde en tiempos existiera una torre de señales entre cabo de Plata y Punta de la Peña desaparecida ya en el siglo XIX y en el que ahora se pueden avistar sin demasiadas dificultades el vuelo de aves como el halcón abejero, la cigüeña blanca, el elanio azul, el milano negro o el aguilucho cenizo. 
La lucha con la mar
Además, si se pasa por estas tierras entre los meses de abril a julio, quizá le interese conocer una práctica que puede que en breve desaparezca. Nos referimos a la levantá en la almadraba de Tarifa, la más pequeña de
las cuatro almadrabas gaditanas, como denominan aquí a la captura de túnidos en un ritual que conjuga algo tan moderno como la sostenibilidad medioambiental con las técnicas tradicionales de la marinería. Todo un
espectáculo éste de ver a los pescadores abrazados a atunes que vienen de África y a veces superan los 100 kilos para, cuchillo en ristre, darles una muerte rápida, en una ceremonia de la sangre y el trabajo de la que
viven cerca de 600 familias de la costa de Cádiz y se alimentan sobre todo los japoneses, dispuestos a pagar un importante sobreprecio por paladear las proteínas de este manjar en peligro de extinción. 
Volviendo al tumulto, a las grandes ciudades de Gadir, no deje de visitar la isla, la de San Fernando, por supuesto, enclave del Museo Naval y de barrios tan populares como el Merendero o Gallineras. Lógicamente si va en carnavales se encontrará inmerso en el marasmo de una localidad que sale a divertirse transformada en otra distinta gracias a la patente de corso que da el disfraz, pero el resto del año San Fernando merece que recorra sus estrechas calles, con la decadente estampa de los miradores con reja en los que los soldados del puesto de San Carlos rondaban a las muchachas o los pequeños elementos arquitectónicos que permitían en tiempos atar a las caballerías a la puerta de casa. 
Al calor de un martinete

Envuelto en ese aroma de ciudad detenida en el XIX –por algo fue aquí y no en Cádiz, asediada por la fiebre amarilla, donde se reunieron los diputados de las Cortes que alumbraron a La Pepa, primera constitución democrática de España- podrá confundirse con el espíritu flamenco que se respira por todas sus avenidas. La isla de León es uno de los reservorios, con Jerez, del flamenco de raíz al haber sido cuna de nombres como el de Sara Baras, Niña Pastori o el omnipresente Camarón.  Puede comenzar su visita por la calle del Castillo de San Romualdo y provisto con un cucurucho de bienmesabe y tortillitas de camarones preguntar a los viandantes. Seguro que alguien le recomendará algún bar donde pueda escuchar no ya a los maestros, que también, sino a esas voces anónimas que son las que al fin y a la postre mantienen vivo el cante jondo. Le recomendamos por ejemplo, la Venta de Vargas, todo un museo del flamenco o la peña que lleva el nombre del cantaor. Si la cosa le sale bien no se extrañe si termina en una peña flamenca arrancándose por alegrías o bulerías al calor de una copa de fino. ¡Seguro que le encontrará el pellizco a esto del flamenco por desaborido que sea! 

(Publicado en ACTIVA)

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