Garganta profunda, memorias de una actriz porno

Lovelace, Linda : Garganta Profunda : Memorias De Una Actriz Porno - Libro“Miro de nuevo a Linda Lovelace y la comprendo. No quería morir”. Así se justifica y concluye la evangélica exfellatrix Boreman sus memorias. Una inmersión en una sociedad a la que reconocía no entender, la de los tarados del sexo y los puritanos, que pactó para evitar que esta virtuosa de la laringe, reconvertida en ama de casa, pervirtiera a la nación. La Lovelace se mofa de esa América “intacta de corrupción”, timorata de la jovencita tragasables, que intentó sin lograrlo limpiar su nombre en maratones televisados, un traspiés en forma de comedia musical y monólogos procaces. Quizá de ahí esa confesión, impensable en su papel de mito de la ninfomanía: “No hay nada que me haga tan feliz como limpiar a fondo una casa”. Más tarde colaboraría banderita en ristre en otra limpieza, la promovida por Reagan en forma de Comisión, para analizar los efectos nocivos de la pornografía en mujeres y niños. Al parecer ellos están libres de degenerar… El libro, recuperado por La Fábrica, en su colección Blow-Up, nos relata el ejercicio de la prostitución como oficio paulatino, en el que pasa del asco al funcionariado, con la degradación como constante, a punta de pistola. Mangueras, hombres multiplicados como en una pesadilla digital, perros, secadores de mano, todo era bueno para alimentar como la Metra griega no a un padre, sino a un marido-proxeneta, impotente voyeur, que la fagocita como su predecesor, empeñado en destruir todo lo que le importa, desde su cinturón de flecos, hasta sus lazos personales. Y con ello su negocio. Ella, Gioconda idiota, transformada por el síndrome de la mujer vejada, observa desde fuera a la muñeca Linda, que consigue escapar con un miedo residual de la inmundicia de todo lo que rodea al incipiente hipermercado de los penes y las vaginas. Por aquel entonces 25.000 dólares bastaron para rodar una de las películas más vistas de la historia del cine con “Blancanieves y los siete enanitos”, de la que la Boreman no vio ni un centavo. Sorprende la docilidad de la escuálida protagonista en ese aprendizaje de cómo se articulan los eslabones de la cadena del sexo -los de la cremallera bajada y los del completo-, sobre cómo soldar la sonrisa y apagar los interruptores del cuerpo. Una sucesión de escenas relatadas con la normalidad de quien se ha pertrechado con la fe del superviviente, que llevan al lector a una cierta asfixia y a ella a abanderar la causa de las maltratadas, implantes de silicona incluidos. Son las vivencias de una mujer de Colorado, libre de los hipnóticos 70, que desconfía de la promiscuidad como paraíso libertario y que sólo ha visto una cárcel en el sexo, que le quitó la capacidad de hablar durante su época de desenfreno provocado y poco antes de morir, en una afasia muy diferente, la de su última entrevista, presa de la hepatitis y el cáncer de pecho. En ese universo, vemos cómo a Linda le resulta absurdo mojarse los labios para posar en el “Playboy” de Hefner, sin darse cuenta de que momentos antes hablaba de sus escarceos con la zoofilia para luego, a texto corrido, ensalzar las exquisiteces de un solomillo Wellington, sin transición ni tregua. A su alrededor gángsters de tercera, carnaza de feria y un peluquero metido a director de cine, el De Mille del porno, en los 12 días del rodaje que abrió el camino. Su camino…