¡No eres lo que estamos buscando!

Esto de ser actor se ha convertido en una dura prueba… televisada. A mi, lo de las cámaras nunca me ha dado miedo, pero es que ahora se te cuelan dentro de los calzoncillos para conocer tus pensamientos más íntimos. Y es que se acabaron las audiciones, ahora lo que se lleva es el casting. En realidad esto del casting no es más que esperar en la misma cola que otros 4.000 tíos, con más cara de ilusión que Marujita Díaz en la embajada de Cuba. Y lo peor no es la espera, con un montón de panolis empeñados en destrozar guitarra en mano un repertorio con cierto tufillo de parroquia. Por cierto, si de repente viene un cámara del programa, entonces tú tienes que ser el más enrollado y agarrarte al cuello del de la guitarra y hacer todo tipo de monerías para que se vea el compañerismo reinante, cuando lo que de verdad te apetecería es arrancarle la guitarra de un manotazo y estrellársela en la cabeza. En la puerta del auditorio ¡no hay dolor! como en la mili: No sólo hay que ser perfecto, sino además, parecerlo. Nada de tocarte los juanetes y mucho menos que se te vean rodales sudor en la camiseta, porque los artistas somos seres inodoros. A nosotros, después de dos días de espera, los calcetines nos huelen a Ambipur y por supuesto, estamos tan comprometidos que no sabemos lo que es soltar una ventosidad, porque dañaría la capa de ozono, por mucha fabada Litoral que te haya puesto mamá en el tupperware. Superada la fase de convivencia, queda lo de que te elijan. Llegas a la puerta y cuando ya estás a punto de entrar, entonces el segurata y te dice lo de “paramos para comer” y ¡hala!, cierra, dejándote con la nariz chafada en los cristales. Ya por la tarde y después de haberte pegado una siesta espatarrado y con la cabeza apoyada en la mochila, te tienes que poner las pilas enseguida porque siempre hay un patoso que está a punto de pisarte la cabeza mientras dice “que ya abren”. Y ahí es donde comienza la verdadera batalla. A empujones consigues recolocarte, por detrás sólo de esa buenorra, porque el de seguridad insiste en que “¡dejes a la chica que pase, no ves que lleva tacones!”. Anda, y yo unas ojeras que parezco Morán en campaña. Cuando ya te metes dentro, empiezas a mirar arriba con cara de atontolinado como si estuvieras en el Vaticano, aunque aquí como no te alumbre Santa Rita… Después de golpearte con las butacas y tropezar con un mazas, otro de los candidatos a sufrir en la Academia, te disculpas, mientras te llama cateto y te dice “¡que te sientes, coño!”. Empiezas a escuchar a la competencia y te vienen a la cabeza los comentarios de tus amigos: ¡ya te decía yo que lo cantar en el Metro no es tener escuela!, ¡un buen par de tetas es lo que de verdad vende en esto de la canción! o ¡quién quiere ser famoso con la de gente que se conoce vendiendo pares sueltos! Y mientras estás dándoles vueltas a todos estos moscones, alguien dice: “Benito Frías” y tú que ni reaccionas, hasta que otro que se ha asomado al cartel de tu camiseta te da un codazo mientras comenta “¡éste que está alelao!”, ante las carcajadas de la concurrencia. Y es que llamándose Benito y Frías de apellido, a ver quién es el listo que hace entrar en calor a las fans, que lo que quieren es ponerse calientes. La tortura es rápida, te dejan dar unos acordes y cuando ya vas a arrancarte se oye con voz seca desde la oscuridad “gracias, pero no eres lo que buscamos”. Y así se acaba tu carrera artística. Tú que pensabas enclaustrarte con esas chatis y estabas dispuesto a perder la virginidad dentro del estudio de grabación… Porque esto de la fama exige muchos sacrificios y el mayor de todos es estar dispuesto a que te rechacen delante de toda España… y eso no, que para eso me voy al programa de la Gemio.