Los motivos de Aznar

 Zaplana debe sentirse como los protagonistas de la Anábasis, en tierra extraña, la de los sindicatos, con esto de tener que ofrecer la cara más dialogante del Gobierno. Tras la partida de Aparicio, que se había mostrado inexpugnable cual Jericó a los insistentes trompetazos de Méndez y Fidalgo y su séquito de huelguistas, ahora le toca el turno al que algunos llaman el delfín valenciano, el ministro Zaplana. Con la fina estampa que le precede, después de haber convertido Valencia en la falla del desarrollo, su primera acción de magnanimidad parece que va a ser la de que las aguas sindicalistas vuelvan al cauce por el que han discurrido durante todo este tiempo, el del acuerdo. Y es ahí donde entra nuestro prócer de la patria, el hombre con el mejor bronceado del PP para ver si se puede apacentar las ovejas obreras antes de que el otoño se churrusque más de la cuenta. Pero claro, a todo esto los representantes de los trabajadores no están muy por la labor después de que se hayan conculcado derechos como los salarios de tramitación que muchos empresarios han empezado a aprovechar alegremente en una suerte de temporada de vacas gordas del despido libre para ahorrarse unos duretes en sus “maltrechas” economías. Pasado ya el mal trago del encuentro en la cumbre, y con el respaldo de unos plenos al quince en las dos convocatorias de huelga del 20-J y 5-O, las apuestas de este peculiar hipódromo quedan a 7 de 8. Cariacontecidos los asesores del Gobierno, los augures de esa política económica capaces de defender con su vida la necesidad de la reforma laboral, quedan desconcertados por la rapidez del valenciano para bajar la bandera y montar a Alto y al Peludo en el taxi de la paz social. No sabemos los argumentos que tuvieron para imponer por vía fulminante -dígase decreto-ley- y antes de la Cumbre de Sevilla la brutal modificación laboral pero lo que sí sabemos es que el contrarreformista Zaplana ha intentado restañar las heridas abiertas, quizá porque como Trento el valenciano es la opción limítrofe con el Imperio aznarino y sus sucesores y hay que poner fin a las prédicas sindicalistas de la Liga de Esmalcalda que en todo este tiempo ha estado de romería por las televisiones contando la sangría que supone esta reforma y mostrando su disposición a librar la Guerra de los Treinta Años. Más de uno hubiera querido destrozar al enemigo en el campo del honor, aunque ahora, hasta Rato condena las Sagradas Escrituras del decreto-ley y se posiciona como el más cuerdo reconociendo que “rectificar es de sabios”, tal vez porque, descolocado como está de la sucesión por su locura de amor, la calentura le ha reblandecido los adentros. Así que, se acabó la belicosidad o al menos, eso parece mediáticamente hablando, porque el resultado del encuentro 7-8 ha dejado a las huestes de UGT y CCOO ahítas de victoria, “olvidando” que aún queda el asunto del PER, que puede herir gravemente a las tropas Pepistas. Y ahí es donde Teófila, temerosa de Dios y las encuestas ha salido al paso sugiriendo que la supresión del subsidio puede quedar en agua de borrajas, porque a lo mejor de cara a la recuperación de votos del PP en Andalucía merecen la pena éste y otros esfuerzos. Si no a ver cómo se presenta uno ante 230.000 damnificados contándoles lo de estirar 21.000 pesetas mensuales como si de un lifting se tratara. Eso, después de haber visto televisado el jolgorio de la boda de la Infanta Ana -por infantil-, que poca psicología ha demostrado en esto de la exhibición pública del fasto y el boato. Y es que a papá le ha pesado más el amor paterno y tras la que se formó, cualquiera habla de contención del gasto, política de ahorro doméstico y de firmeza, cuando no te tiembla el pulso para cerrar calles, tomar Madrid y hacer de un casamiento familiar la entrega de Helena a los aqueos, quemando Troya si hace falta.