Liberty bar

Simenon nos sumerge en el opulento mundo de Antibes, de la mano del comisario Maigret que va variando el hilo de su pensamiento, penetrando en ambientes pegajosos, de un retrato de familia entre costura y folletón, preludio del asesinato. Un cadáver tambaleante, al que le une demasiada familiaridad fisionómica con el policía parisino.

Barcos muriéndose en las aguas quietas, tanto como la investigación y de repente, los tranvías que confieren movimiento a la escena. El recorrido del comisario a través de los ruidos, olores y sensaciones le van llevando a hacer de Brown, el australiano muerto, un conocido y una certeza.

El relato se convierte así en una perfecta descripción de esos bares de marineros y del mutismo tenso que se cierne en torno al que pregunta demasiado, pero también de la confidencia camarero-cliente, de los tugurios donde se refugian mujeres de las que recorren calles sin avanzar, que lindan el pastelito de crema que es Cannes y donde el pasado no existe, pese a la rotunda presencia del tiempo vestido de despertador. Una esquina para pasar de la cálida pereza, la vida real que es el Liberty a la lluvia dorada del ambiente suave que reina en la fría Costa Azul.

Maigret pasea su mirada carente de interés por mujeres sin deseo ni belleza, juguetes rotos, de ésas que la brigada de costumbres asume como paisaje y cumplirá la orden de arriba (”que no haya demasiadas historias”). Una historia de amor y alcohol, donde el comisario, el único capaz de digerir bacalao desmenuzando los entresijos del caso, es la mancha negra, la negritud del crimen que se yergue sobre lo que bien podría haber sido un lugar de vacaciones.      

Liberty Bar. Georges Simenon. Tusquets. Barcelona, 2004. 174 páginas.

 

 

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