Carolus Rex

No la Corte de los milagros, sino la de las miserias es la retratada en este “Carolus Rex”. En todo momento intuimos la mosca verde en la oreja, ésa que visita a los muertos, en una España moribunda, que intenta contra todo pronóstico salvar su prestigio de la mano de este rey alelado en las delicias de un sexo yermo. Junto al real acosador, pendiente siempre de depositar su semilla en la vellocina de Orleàns, Maria Luisa, desfilan el hermano bastardo de Carlos II, la tudesca Mariana de Austria, el condestable de Castilla, el duque de Medinaceli, conspirando todos permanentemente en pro del mando de un país sumido en el desgobierno, o mejor dicho, en el que imprime el “tinterillo” del Imperio, Enguía.
Haciendo gala de que “la demora y el aplazamiento son las maneras de negar de los reyes” el obseso monarca, armado con su eréctil catalejo se muestra merecedor una y otra vez de las pullas de sus cortesanos, pendientes de si “cría o no” por la desafección del rey a la higiene personal, llegando a ser definido como “corto de razón, mezquino de cuerpo y sin atractivo”. Si a ello añadimos la superstición que desde el inicio se apodera de él, por influencia primero del enano Guillén y más tarde de su madre, ante la falta de descendencia, tenemos un reinado de pandereta, que a sangre y fuego busca su salvación, digno de relatarse por boca de T. Brown a su homónimo, el británico Charles II.

Carolus Rex. Ramón J. Sender. Destino. Barcelona, 2004. 228 páginas