62. Modelo para armar

La conjetura, el galimatías psicológico, la reunión de amigos vista a través de un caleidoscopio, donde monólogo, diálogo, poesía, prosa poética, divagación personal y acción se entremezclan en un Juan que se metamorfosea en cualquier otro. Desbrozando interpretaciones parásitas, con recuerdos descabalados que unen a la condesa Bathory con los fantasmas de sus relaciones, vemos desfilar por las páginas a Calac, Tell, Hélène, Celia, Nicole, Marrast, Feuille Morte, Polanco, e incluso al caracol Osvaldo. La alteración del tiempo y la fragmentación de la historia, permiten a Cortázar crear entretejiendo, desde esa cosmogonía personal llena de paseos nocturnos, ventiladores de techo y el amargor del alcohol a medias. El lector, incluso los personajes “esperan un orden que no llega” de ese Cortázar de colilla pegada al labio, intérprete de esas abstracciones de ojos entornados que le pueblan la cabeza, del que ¿quién sabe si somos destinatarios? en el que se barajan lo importante y lo nimio a partes iguales. Relatos de grupos endogámicos de pintores, escultores, escritores en Londres, París, Buenos Aires o Viena que realimentan sus decursos pueriles en medio del horror vacui que arroja la rutina compartida. Quedan sobre todo, en la retina de que lee esas mujeres ajenas, diosas frías del autor y esos hombres al borde de la “deprimencia”, donde el intelectual cuestiona la cosificación de la amante-confidente en ese reposicionamiento de roles tan de los sesenta. Y por qué no, con una humedad que no se despega de la ropa en toda la novela.

62. Modelo para armar. Julio Cortázar. Suma de Letras. Madrid, 2004. 366 páginas.

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