No había nada

 

Fue una mañana espantosa, pero que empezó en la quietud que antecede al desastre. Santa María de la Cabeza, una de las calles más bulliciosas y molestas para sus vecinos: el tráfico rodado –¡ojalá fueran caballos!- muchas veces se adhiere a los oídos y hace que lo olvides, que lo ignores y lo hagas parte de ti, de tu rutina. Por eso esa mañana fue especial…, porque las calles se dolían de silencio y a las siete y cuarto de la mañana cuando me levanto el aire respiraba con la mano en la boca, tapándose para no exhalar un grito de horror ante lo que iba a ocurrir minutos después.

Era un amanecer de esas primaveras tontas en las que a uno no le apetece despertarse, pero está ahí, delante del ordenador, para pelear una vez más con la cabeza…. Esa mañana se iba a imponer el corazón. Desayunar con las noticias es una costumbre que afea las primeras horas, enturbia las reflexiones y le hace a uno perder el humor o carcajearse sin fondo ante un absurdo repetido en las ediciones de bustos parlantes cansados de advertir que todo es noticia de última hora, aunque sea la tercera vez que te lo cuentan. Esta vez no iban a tener problemas de contenido: 5, 10, 15 muertos y para cuando estaba en el coche del autoescuela, una mezcla de indignación y un no saber dónde mirar y una desorientación del no creer lo que se oye. Pero no podía ser ETA: tienen demasiado miedo a que su lista de la compra en el supermercado de muertos se dispare y el proveedor se plante y les diga que ya no les fía ni un acuerdo más… Los independentistas vascos son como avaros de novela, recontando sobre la mesa las monedas-cadáveres que pueden poner en la balanza, pero siempre sin superar la libra de carne, sin gotear sangre.

Luego empezó el sinsentido, las listas de nombres, las carreras para atender a los despojos, la pérdida, pero también la solidaridad, las manos, las patadas en los bancos de la estación para improvisar toscas camillas, los taxistas con la bandera bajada y sin el ansia de la carrera, las enfermeras con el susto en los ojos y las instrucciones multiplicándose a las oleadas de heridos, de familiares, de periodistas, de ciudadanos damnificados en su rumbo diario. Quizá a mi no me correspondía y por eso seguí caminando en medio de una ruta por trazar, bordeando un peligro que se alojaba en las mochilas. La calle se hizo más hostil y como ratas de laboratorio los viandantes nos vimos obligados a  cambiar el rumbo de nuestros pasos, como ya lo estaban haciendo las comitivas de muertos. Un rumbo impuesto por la goma2-eco y el fanatismo que esa mañana hablaron un mismo idioma, el de la desolación y el pánico. 

Tres días más tarde la calle reaccionaba ante la venda, se soltaba de la mano de papá Ejecutivo y corrían a votar díscolos para recordarle que las vidas, con vidas se pagan, que la ilegitimidad de la guerra era la que llamaba a la puerta y que el cansancio de tanto callar había hecho mella, incluso en los más dóciles. Lágrimas a la puerta del colegio electoral de Nuestra Señora del Buen Recuerdo, como un presagio del castigo que el votante les iba a infligir. Y no hubo más nada… la fiesta de la calma en Ferraz y una ansiedad recorriendo los cuerpos de los españoles, deseosos de acabar con la delegación del Oil-Imperium. Un cuantioso contrato de Defensa es la deuda de lealtad con EEUU que deja en herencia al nuevo Gobierno. Esperemos que Aznar pueda conciliar el sueño tras traernos al inesperado huésped del terrorismo de los pobres al terreno patrio, de donde bien se ha cuidado de extirparlos cuando llegaban en pateras. Ahora la barcaza de la inmigración ilegal se le queda chica: Toda aspiración era poca para un dictador de tres al cuarto, que a fuerza de hacernos grandes, nos ha hecho vulnerables, cómico Hindenburg desmembrado al que Zapatero tendrá que poner parches, alejando –si aún se puede- la llama del integrismo.

 

Fue una mañana espantosa, pero que empezó en la quietud que antecede al desastre. Santa María de la Cabeza, una de las calles más bulliciosas y molestas para sus vecinos: el tráfico rodado –¡ojalá fueran caballos!- muchas veces se adhiere a los oídos y hace que lo olvides, que lo ignores y lo hagas parte de ti, de tu rutina. Por eso esa mañana fue especial…, porque las calles se dolían de silencio y a las siete y cuarto de la mañana cuando me levanto el aire respiraba con la mano en la boca, tapándose para no exhalar un grito de horror ante lo que iba a ocurrir minutos después. Era un amanecer de esas primaveras tontas en las que a uno no le apetece despertarse, pero está ahí, delante del ordenador, para pelear una vez más con la cabeza…. Esa mañana se iba a imponer el corazón. Desayunar con las noticias es una costumbre que afea las primeras horas, enturbia las reflexiones y le hace a uno perder el humor o carcajearse sin fondo ante un absurdo repetido en las ediciones de bustos parlantes cansados de advertir que todo es noticia de última hora, aunque sea la tercera vez que te lo cuentan. Esta vez no iban a tener problemas de contenido: 5, 10, 15 muertos y para cuando estaba en el coche del autoescuela, una mezcla de indignación y un no saber dónde mirar y una desorientación del no creer lo que se oye. Pero no podía ser ETA: tienen demasiado miedo a que su lista de la compra en el supermercado de muertos se dispare y el proveedor se plante y les diga que ya no les fía ni un acuerdo más… Los independentistas vascos son como avaros de novela, recontando sobre la mesa las monedas-cadáveres que pueden poner en la balanza, pero siempre sin superar la libra de carne, sin gotear sangre.

Luego empezó el sinsentido, las listas de nombres, las carreras para atender a los despojos, la pérdida, pero también la solidaridad, las manos, las patadas en los bancos de la estación para improvisar toscas camillas, los taxistas con la bandera bajada y sin el ansia de la carrera, las enfermeras con el susto en los ojos y las instrucciones multiplicándose a las oleadas de heridos, de familiares, de periodistas, de ciudadanos damnificados en su rumbo diario. Quizá a mi no me correspondía y por eso seguí caminando en medio de una ruta por trazar, bordeando un peligro que se alojaba en las mochilas. La calle se hizo más hostil y como ratas de laboratorio los viandantes nos vimos obligados a  cambiar el rumbo de nuestros pasos, como ya lo estaban haciendo las comitivas de muertos. Un rumbo impuesto por la goma2-eco y el fanatismo que esa mañana hablaron un mismo idioma, el de la desolación y el pánico.