Recital en la Prospe

Manolo, el admirador de Leopoldo que le ha conseguido sacar de su encierro canario, introduce el acto, que se enmarca dentro de los 30 años de la Escuela Popular de la Prosperidad, un proyecto de enseñanza autogestionaria. Declara que siempre le llamó mucho la atención la poesía de Leopoldo, porque le parecía muy diferente a lo que había leído, interesado como está por la teoría antipsiquiátrica de Ronald Laing y David Cooper. “A Leopoldo lo percibo como una teoría olvidada que en los 70 tuvo una base teórica bastante sólida. Su obra es otra forma de plantear la realidad y temas que están prohibidos”. Esta Escuela va contra el pensamiento único que nos habla del capitalismo como un mundo feliz y de la muerte de las ideologías. “Nuestro referente es Paulo Freire, con la pedagogía del oprimido, que distingue entre educación bancaria, depositar conocimientos muertos en manos de los educandos, una educación pasiva, donde el educador está en un plano superior y educación liberadora, que es la que intentamos hacer aquí”, añade. Para él la obra de Panero “por circunstancias me ha removido bastante, me ha hecho sentir cosas que no he podido expresar con palabras. Es el lenguaje de lo prohibido, un mosaico de colores. A veces la utilizaba si no estaba bien, porque me procuraba mucho dolor y a muchos poemas les he puesto caras de gente que he conocido. Me parece importante que haya poesías que hablen de estas cosas”.

Comienza el recitado, anárquico, con las pausas de Leopoldo para ir al baño o pedir Coca-Cola o disertar de forma descabellada (“Lorca no era ningún legionario y menos aún ningún donnadie”). Palomas sobrevolándole por encima de la cabeza. Leopoldo se permite la lectura de sus textos, acelerada, casi tan rauda como la mano que las transcribe cuando las crea. Arranca con la “tristeza de la flor de una nada enredada…”, un verso donde “la flor escupe sobre el poema”. Luego leerá lo que define como un cadáver exquisito hecho a medias en Canarias con su “efebo” Sebensu-i, hablando de “nada que en la Nada se inspira”, con un dolor transido y reminiscencias fílmicas: “pedid para que muera el caballo/the kill horses, don’t they?/danzad, danzad malditos”. Pide que muera el diente y en ese tono vocativo tan suyo y tan del último Panero llama a la belleza de la “señora de la desdicha”. Incluso se permite juguetear con los atentos durmientes, sedados por su palabra, entre los que se encuentra un seguidor de los acérrimos, barbado, palo en mano, como recién traído del Camino de Santiago, más Panero que el propio Leopoldo, conversando y gesticulando consigo mismo cada verso. “Desgarrando la página de parte a parte”, pregunta Leopoldo si sube la audiencia o no y viendo el éxito del chascarrillo insiste acusándose: “Mi gran delito es que me emborracho en bares católicos”, lo que vuelve a mover a risa al público. Pero no puede seguir desgranando esa felicidad y vuelve a su hábito: “oh, perfección del desastre/soy la esposa del desastre”, mientras el ciervo que menciona galopa sobre la página dejando al público en brazos del silencio. Pero Leopoldo no quiere o no puede más y Marava, le pregunta en francés, entendiendo su mutis, si quiere un cigarrillo, lo que arranca una perorata en pseudofrancés de Leopoldo.

A continuación, la merendola en la Prospe. Pepe, organizador de la Escuela nos cuenta que llevan treinta años en el barrio, que comenzó como un movimiento popular, sobre todo alfabetización y graduado escolar y ahora  trabaja con inmigrantes en grupos de aprendizaje colectivo, talleres, cine… Nos explica que cuando inauguraron la biblioteca trajeron a Almudena Grandes y que hicieron un pase de “El desencanto” para situar a la gente (chicos de 20 a 25 años) que conocían a Leopoldo menos, del que “salieron muy impresionados, porque les pareció muy amarga. Les chocó un poco pensando en el momento en que se grabó la película. Una visión de la transición un poco particular”. En cuanto a la acogida del centro reconoce que la Escuela tiene muy buena implantación en el barrio, aunque hay gente que “nos quiere mucho y gente que nos odia mucho, porque no somos una escuela neutral ni queremos serlo. Como dice el cartel de Gabriel Celaya, que era vecino del barrio –su mujer, Amparo, va a venir esta tarde-, “hay que tomar partido, partido hasta mancharse”.  Y concluye, “podíamos haber traído a un poeta convencional, que es autoafirmarse en lo que ya hay, pero esto significa un reto. Tratamos desde la cultura popular crear una alternativa cultural, pero no apocalíptica, transformando la realidad desde la vida cotidiana. El pensamiento tiene capacidad transformadora sobre la vida”. 

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