Jóvenes armados de rotuladores

Algunos han transcrito el fenómeno graffitero como si de la conciencia de la Casandra griega se tratara, viendo en las firmas la llamada de atención de los jóvenes sobre la sociedad. “Si esto no pasara –nos cuenta un “escritor”, Silk– Madrid estaría muerto, iríamos todos marcando el paso y uniformados. No es políticamente correcto, porque lo políticamente correcto aburre y hace que la sociedad se muera”.

Por eso, “aunque el Muro de Berlín está chulo, la verdadera pared es la que pintan, la borran, se vuelve a pintar…”, usando una terminología como de pizarra Velleda con la que se vive la filosofía de lo inmediato: “Nosotros vemos el paso de los días, no de los años”.

En sus inicios no eran transgresores, eran como las firmas cortadas a cuchillo en los árboles, de esas de “Te quiero Loli”, es más, el primer tren entero que se cubrió completamente con graffitis era una felicitación a N.Y. Puede que lo borraran a la semana, las cosas del arte de consumo.

Reconocen que el graffiti “sin el vandalismo no existiría”, pero incluso para ellos, los al margen, hay límites: “Es un putada bombardear (pintar) en la Mezquita de Córdoba, pero los que lo hacen no van del palo o están dos días en esto”. A pesar de ese ardor guerrero en su lenguaje, el conflicto con Iraq no parece haber dejado mucho rastro entre ellos. “Yo he pintado en mi barrio “GUERRA NO”, pero el arte creo que no tiene nada que ver con la política” en contra del compromiso que reclamaron antaño los intelectuales orgánicos..

Su afán transgresor que les hace usar la Red como un medio más de expresión, aún libre, y les hace objeto de los arrumacos de los políticos dispuestos a lo que sea para encalar las conciencias: “Con las elecciones siempre alguno se intenta llevar a los jóvenes a su terreno. Nos dan 5.000 pelas para bocatas y cuatro botes de mierda para que pintemos algún estadio de fútbol como ocurrió en Salamanca… Nos tratan como pseudoartistas. ¡Cuando pinto para discotecas gano bastante más y si quiero escribir me voy pinto un muro, porque la ciudad entera es mía!”.

S. lleva en esto de manchar paredes desde los trece. Ahora a los 26, compagina el diseño gráfico, la salida natural, con sus excursiones a la calle. “La mayoría termina pasándose al diseño, a la aerografía, al rollo artístico, pero nunca verás un graffitero forrarse como un rapero, porque no hay un valor real de lo que es el graffiti. Nadie protege un graffiti”. Y ahora que están intentando agruparse, para buscar su mercado como ya ocurre en Alemania, miran con recelo el riesgo de aburguesarse. “La asociación puede entenderse como romper el espíritu libre –algunos consideran a Toulouse-Lautrec un vendido porque empezó pintando carteles-, pero somos artistas que pintamos e intentamos crear para vivir”.

Los criterios, pocos, orientados a retroalimentar al grupo. “Se pretende que te vean,  ser famoso desde el anonimato, para que digan “qué cabrón, ¿cómo lo hace?”.  Pero contra la virtud de gritar, está la sociedad de los oídos sordos. “Se puede bombardear incluso de día porque el ciudadano pasa de ti. Otra cosa es un tren, porque para pintarlo hay que esperar que aparque. Hay gente en esto que se dedica a vigilar trenes”. Guardagujas del XXI cuyo salario es el reconocimiento de la manada: “El escritor pinta para la movida, para los otros escritores, como cuando hay competis (competiciones)”. Lo que importa es copar las zonas, aunque las malas lenguas dicen que hoy día quien sale más en los fanzines es el mejor y no el que hace murales. Hay puristas para todo. Por eso se niegan a descalificar los cuatro trazos garabateados con que empezaron todos: “Negar la firma sería negar nuestros orígenes”. Pero aunque hay una que permanece en la memoria histórica de Madrid, la de Muelle, dentro de poco será leyenda no escrita. “Muelle bombardeó Madrid. Es el símbolo de la movida, pero sólo se ha salvado una firma en Montera”. Por eso hay que recuperar terreno e intentar hacer de Móstoles lo que en tiempos fue Alcorcón, “era la ciudad más graffitera, pero con la llegada del PP hace 6 o 7 años se blanquearon todas las paredes”.

Otro miedo, el de la ley de ahí fuera. “Si vienes de Bellas Artes al menos te entran bien, pero si te pillan escribiendo un tren, menos de medio millón no te quita nadie. El juego es que no te pillen”. Los muros normalmente significan casi siempre tener que perder tiempo como escritor para dedicarlo a servicios sociales. “La mayoría van de sanos y unos pocos de “malotes”, les mola el riesgo de meterse en las cocheras y no se curran murales. ¡Hay mucho macarra metido en esto!”.  Hay quien va solo y los menos van con bates, porque algunos seguratas les han pegado. “Son chavales de 17 y 18 años que están acojonados y creen que se tienen que defender si les pillan. Si gana el PP un día nos dispararán…”

La violencia engendrando pare los mismos monstruos que la razón, pero con cuerpo legislativo: “Blair entró de izquierdas y va a salir del partido nazi. En el Reino Unido han prohibido que los niños de hasta 18 años puedan comprar sprays”, lo que ha creado un mercado negro y convierte en héroes a los chavales que desenfundan su rotulador.

Mientras, las paredes cada vez más represaliadas… “Lo que tiene la ciudad es su aspecto cambiante. Ahora no se permite dejar huella. Ése es el juego. Si todo estuviera permitido no sería tan chulo. Está por todos lados. Acabar con nosotros es imposible, porque el graffiti está vivo solo, sin subvenciones, y en el mundo entero como el SIDA”.