El otro lado de la cama

Al otro lado de la camaMás vale solo que mal acompañado ¿o no? Ésa era una de las dudas de los treinteañeros de “El otro lado de la cama”, una de las cintas más taquilleras del reciente  cine español. Ahora su versión teatral ha llegado a los escenarios de la mano de Josep María Mestres que nos cuenta los entresijos de este montaje que en un espacio polivalente soporta el ritmo de cambios de espacio casi cinematográfico que exigía la historia. El Teatro Amaya acoge los líos de parejas que se encuentran y desencuentran a ritmo de los éxitos de los ochenta, esta vez con la impronta rockera de Coque Malla.

Un trabajo duro en el que Lucía Jiménez, Raúl Peña, Diana Lázaro y Coté Soler han tenido que trabajar duro para trasladar al teatro la película de Emilio Martínez Lázaro, algo que ha pesado a la hora de la puesta en escena. “Como dice un personaje todo es mucho más en directo, con esa proximidad que tiene el teatro, porque lo hacen para ti. La historia es la misma porque la versión de Roberto Santiago sobre el guión de David Serrano no pretende traspasar la película, sino recrear la historia en teatro. Los personajes son los mismos, les pasan las mismas cosas, pero está contado de una manera distinta, porque el medio requiere otro lenguaje. Y además, lo que sí está claro es que tanto el equipo artístico como los actores son distintos y yo intento trabajar siempre desde las personas. Sería absurdo reproducir la película en teatro”, señala el director Josep María Mestres.

Cada ensayo ha exigido un esfuerzo adicional por parte del elenco, más que reconocible para los seguidores de la pequeña pantalla por sus apariciones en conocidas series televisivas, que contaba sobre todo con la confianza del director. “Los actores no tenían miedo a cantar, que era lo importante, abordarlo sin miedo. Por eso, para no poner el listón alto no pretendemos que sea un musical sino una función con canciones y ahí estamos, dando lo mejor de sí en el proyecto. Los actores son básicamente eso, actores, que además cantan y lo hacen muy bien, en unos casos más que otros, pero no son cantantes“.      

La historia, lo principal para el director, va evolucionando dramáticamente gracias a los números musicales que ayudan a que las situaciones se precipiten o enriquezcan y traducen los sentimientos de los personajes que cantan y bailan tiernos o desmelenados.

En la versión teatral los personajes secundarios desaparecen y la trama se centra básicamente en las peripecias de las dos parejas que cruzan y descruzan sus vidas, con argucias amorosas, infidelidades y mentiras. Algo muy propio de los desorientados treinteañeros, no dispuestos a dejarse engatusar en una relación de por vida, pero temerosos de ver vacío el otro lado de la cama. Todo eso acompañado por las evoluciones de los actores sobre un escenario que, como nos explica Mestres, “tenía que tener esta magia y esta sugerencia, sabiendo que es todo mucho más estilizado y sintético para que pudiera sugerir, más que mostrar espacios distintos con el vértigo que tiene la propia historia y la manera de contarla. Y en ese sentido hay todo un lenguaje digamos, de musical, sobre todo las piezas más rockeras”. A ello ha contribuido poderosamente la inclusión en el espectáculo de Coque Malla que ha aportado una visión más potente a la música original, más popera en su concepto. La banda del exRonaldo la completan Mauro Mietta a los teclados, Laura Gómez, en el bajo, Sergio García, a la guitarra, y Daniel Parra, en la batería.

En cuanto al movimiento escénico, en opinión del director, “una de las bazas del espectáculo es precisamente la coreografía, por lo arriesgadas que son. Marta Carrasco – responsable de la coreografía- trabaja mucho desde la persona que baila, no le impone una manera de bailar, sino que de su movimiento saca la coreografía y yo creo que esto es muy rico, en el sentido de que el movimiento parte de los actores y sobre todo, le ha añadido mucho humor”.

Una vis cómica que en la película jugaba con la complicidad del espectador y que sobre el escenario aprovecha la ventaja de la inmediatez como comenta Josep María Mestres. “Es un espectáculo que no rompe la cuarta pared en un sentido estricto. El teatro nunca se hace solo, siempre se hace para el público, pero cuando hay comedia mucho más, porque necesita de su respuesta. La función es cada día distinta porque el público tiene respuestas distintas y los actores no son máquinas. Es lo bueno que tiene”.