¿Sigue creyendo en los cuentos de hadas?

¿Sigue creyendo en los cuentos de hadas? Si no es así ni se moleste en pasarse por taquilla…, me refiero a la del cine. Porque “El precio de la leche” es eso, un cuento de hadas ambientado en la Nueva Zelanda de hoy día. Últimamente rehuyo los dramas en la pantalla grande, quizá por tenerlos demasiado a mano al otro lado del espejo, así que cuando me decido a ir al cine, la historia me debe embaucar. Y eso es lo que consigue esta película. De acuerdo que la reseña no llama demasiado a moverse de casa: una pareja enamorada, cientodiecisiete vacas y un perro agorafóbico, pero una vez dentro del cine se echa en falta la tecnología odorífera para poder respirar el olor a hierba de las antípodas.

No exijo que me diviertan, sólo que me cuenten algo distinto o que den una vuelta de tuerca a lo que ya sé. Porque al fin y al cabo esta cinta no es más que un cuento con su hada/bruja ambivalente (Rangi Motu), la mosca cojonera, dígase amiga, Willa O’Neill y un montón de enanitos del tamaño de un armario de dos cuerpos a los que sólo les faltan las pinturas maoríes para dejar más perplejo si cabe al espectador. ¡Ah!, y la pareja de enamorados que como en toda comedia que se precie deben poner a prueba su amor para medir adecuadamente el valor de sus sentimientos, vaya, el precio de la leche. Todo eso con inmersiones en tinas de leche recién ordeñada y saris rojos que flotan por interminables colinas de un verde que de ser aguamarina serían navegables.