Entrevista a Eloy Arenas en “Los caballos cojos no trotan”

Es la historia de un fracasado empeñado en triunfar…

De un fracasado que se cree un triunfador, es el triunfo social y el fracaso emocional. Es una historia de hoy día, es un retrato impresionante sobre un personaje muy de la actualidad, que creen que el triunfo de la vida está en eso, es también la historia de la ambición y sus daños colaterales.

Sería un poco el Pascual Duarte de la modernidad…

Claro, pero sin esa circunstancia económica de aquella España. Es un monólogo lleno de personajes, porque hace un recorrido total y absoluto como si el personaje hubiera nacido en la familia equivocada, incluso al final decide marcharse como indiano a hacer las Américas y cuando vuelve se convierte en un constructor increíble. Todo se lo produce, y ése es el leit-motiv de la obra, un rechazo emocional.

¿Cuál es la mayor cojera de Miguel?

Que ha prescindido del amor como motor y utilizar el rencor y el resentimiento, que es otro motor, claro.

Ahora que el monólogo cómico se pone de moda, cambia usted de registro… ¿No es descolocar un poco al público?

Al público hay que sorprenderlo, no descolocarlo. Mis registros son varios, de todos modos esto es un recorrido por todas las emociones, se dirige a localizar los rincones emocionales del ser humano y a ahondar sobre ellos. El personaje tiene mucho sentido del humor solo que al principio es muy básico, muy elemental, muy abierto, incluso muy romántico y sin embargo el rechazo amoroso, algo que no soporta, le provoca irse a la otra parte, al rencor que le hace pasar por mil historias. La obra tiene mucho humor, romanticismo, ternura, ingenuidad, tragedia y violencia, en definitiva es la propia vida. Siempre subyace como una carga de profundidad el sentido del humor, pero la historia es absolutamente realista. Creo que Luis del Val ha hecho un retrato impresionante sobre el momento que estamos viviendo cuando a veces elegimos caminos equivocados. El amor es un camino recto, el resentimiento es oscuro y puede tener tanta fuerza como el amor, pero su resultado es mucho más negativo. Si a esto le añadimos la aportación que ha hecho Antonio Mercero al montaje, absolutamente lúdico donde cada minuto hay un cambio. A Miguel la música, por ejemplo es la que le lleva a rincones emocionales y cada vez que suena una determinada música al violín de Schubert la violinista le conduce a su destino. Luis del Val es como los trágicos griegos, sabe que existe el destino y la tragedia es que el ser humano no puede evitar su propio destino y ahí está el destino indicándole el camino que debe hacer Miguel.

¿Se rompe en algún momento la cuarta pared?

El director ha creado un juego muy especial, con bastante riesgo, porque el público es el receptor de la historia que está contando Miguel. Entran los personajes o las reflexiones, pero luego vuelve a conectar directamente con el espectador.

¿Mercero te ha constreñido en escena o te ha dejado libertad?

Los primeros días yo me preguntaba qué pintaba, porque de repente me dejaba hacer todo. Quince días después, reflexiono y veo que me ha llevado como un manso al toro bravo. Él se detenía en momentos determinados y al día siguiente esa misma escena me la cambiaba sin forzarme en ningún momento y sin que yo ofreciera resistencia. Es un mago de la dirección del actor, porque sabe penetrar en él sin que él se de cuenta   

Iñaki Gabilondo ha comentado que la obra evoluciona desde el divertimento para flauta dulce hasta una sinfonía trágica ¿es ése el ritmo?    

En la primera parte, la gente se va a reír mucho, con esa ingenuidad y esas escenas donde cuenta su primer amor y esa perspectiva sobre su propia familia, ese odio que tiene a su primo José María que todo lo hace mejor que él desde que era pequeñito y llega realmente a odiarlo con mucho cariño. La obra está girando constantemente, las sorpresas son continuas y el espectador se da cuenta de que tiene todos los instrumentos y en cada momento se provoca una determinada emoción. Yo definiría este espectáculo como emocionante.

¿Dónde se acumula la carga emocional?

La parte final es imposible interpretarla, porque tienes que acudir a unas emociones sinceras y auténticas y el clima que se va produciendo en esos diez minutos finales es impresionante. Quizá es la que más me desgasta, pero al mismo tiempo supone el momento más caliente de la obra, donde se resuelve. Ahí o estoy humano o estoy perdido, sin embargo, en el resto de la obra el juego del actor me permite coger distancia para no sufrir o gozar con él. Al final no puedes tomar distancia, te implicas. Además, Eloy Arenas como actor le ha cogido cariño a Miguel y defiende al personaje constantemente, independientemente de lo que haga, llega a comprenderlo.

¿Cómo es la escenografía?

Es una delicia. Todos los personajes están representados por mobiliarios: la madre es una mecedora, el padre, un sillón de barbero. Hay un juego estético de ventanas donde de repente entra toda la luz y cómo se va perdiendo.