Mujeres monumentales

Patrimonio de la Humanidad y de su álbum de fotos, si le place

Si no tiene miedo a las temperaturas bajo cero y aprovechando que el cambio climático dulcifica los inviernos europeos reserve su avión para viajar en Navidades a Budapest. La capital húngara sólo exigirá de usted un poco más de esfuerzo del usual para aprender algunas frases en magyar (Jó napot kívánok, que significa ¡hola! o igen, sí, nem, no…), una lengua que no se parece a nada. Quizá le interese antes de viajar allí alquilar habitación en una panzio, una casa similar a nuestras antiguas pensiones en las que podrá convivir por un precio más que asequible con una familia húngara que le servirá atentamente su forró csoki, chocolate caliente, eso sí mucho menos espeso que lo que acostumbramos en España. Y si no le complace el desayuno dulce siempre puede degustar un hortobágyi palacsinta, una especie de tortita con carne picada en salsa y pimienta roja.
Eso para coger fuerzas, porque en el exterior le espera una gran caminata si quiere ver todos los atractivos de Budapest, porque tenga en cuenta que no son una, sino dos las ciudades que va a recorrer –tres si nos ponemos
exquisitos-. Por un lado tiene Buda, la más cosmopolita y europea de ambas, y por otro, Pest, la antigua capital, divididas por la frontera natural del Danubio. Si localiza el Puente de las Cadenas, el más antiguo de los que unen las dos partes de la ciudad, párese unos instantes y contemple este trabajo de Adam Clark, el responsable de esta hermosa obra de ingeniería que se suicidó, según cuenta la leyenda, por haberse olvidado de hacer lenguaraces a los leones que custodian el puente por la orilla de Buda.

Trepando al Barrio del Castillo
Entenderá la enorme afluencia de turistas italianos en Ungheria, como sabrá, amantes de la belleza en todas sus manifestaciones, cuando termine la ascensión por las escaleras que conducen al neorrománico Bastión de los
Pescadores, parte de la fortaleza de esta colina del castillo, desde el que se domina toda la ribera y se vislumbra la imponente cúpula del edificio historicista del Parlamento. Allí se topará con la Iglesia de San Matías que le
descubrirá lo diferente que puede ser la religiosidad de los devotos de un mismo dios, especialmente si tiene ocasión de disfrutar con uno de los conocidos conciertos de órgano. Tal vez quede sediento de tanto arte, así que busque algún lugar para hacer una cata de vinos de la tierra que por unos 16 euros ofrecen a los turistas en los aledaños de Erzsébet. Otra de las iglesias a las que tendrá que reservar unos minutos en este trayecto por la ciudad en la que mejor se cocinan las piezas cobradas en la caza mayor es la Basílica de Svetan Esteban, donde se conserva una reliquia momificada de la mano del santo y primer rey del país. En ella apreciará cómo se funden las distintas tendencias arquitectónicas, desde el neoclásico al renacimiento, ya que por algo los húngaros hablaban de la finalización de sus obras como los castellanos de El Escorial, diciendo que acabaría “cuando los pollos tengan
dientes”. Algo sobrenatural debió ocurrir en 1905 con las especies avícolas, pues fue en ese año cuando se concluyó.
No se preocupe si no la sitúa en el mapa, súbase a una loma y la cúpula más grande que vea le indicará hacia dónde debe dirigirse.

Curarse en salud en Szecsenyi
Hungría y más concretamente la calle Andrássy es uno de los mejores destinos para quienes se deleitan con la buena música. Por algo es la cuna de uno de los más renombrados compositores, Paco Harina, es decir, Ferenc Liszt, que da nombre a la Academia Internacional, toda una
universidad de música en la que estudian los mejores pianistas de todo el mundo gracias a las ansiadas becas que concede la institución. A su lado deténgase en el edificio de la ópera y consulte su programación, eso, si no ha tenido la suerte de escuchar a alguno de esos músicos que tan magistralmente interpretan sus piezas en cualquier calle. Y busque en algún plano la ubicación de la columnata Hõsök tere, el monumento a los héroes en la que repasar la historia de los reyes húngaros, desde el mítico Atila y sus siete tribus hasta monarcas como Lajos Kossuth o Béla IV.
En cuestión de aguas termales no se deje seducir por el recuerdo de las imágenes de aquel anuncio de los cuerpos Danone que reposaban sugerentes al borde de una impresionante piscina como la del Hotel Gellért, acérquese al balneario de Szecsenyi, uno de los más impresionantes de aquellos a los que acuden los aquincenses, los oriundos de Budapest, y que demuestra lo bien que le sentó el cambio de siglo a la arquitectura de Budapest. Allí verá cómo se solazan al finalizar su jornada laboral los ciudadanos jugando al ajedrez bajo la nieve gracias a las temperaturas de 38º de sus aguas termales o en la piscina circular en la que podrá divertirse girando a contracorriente. Si le da pavor el contraste térmico, dentro de las instalaciones de este spa de 1913 con aspecto palaciego cuenta con saunas, duchas de cuello, hidromasaje… en sus cerca de 300 fuentes termales que oscilan entre los 13 y los 60º. Una fantástica oportunidad para ver la belleza de las espectaculares mujeres húngaras en un entorno que mueve a la
confraternización.

El humor de los sometidos
Encamínese después hacia la plaza Oktogon, si le interesa entrar en la Casa del Terror que exhibe ahora los vestigios de la época comunista en la que fuera sede del Servicio de Defensa del Estado. Y si quiere quitarle un poco de hierro al asunto de los totalitarismos, pregunte por el Marxim’s, un local cercano a Moszkva tér, en la parte industrial de la ciudad, casi ilocalizable si no pide ayuda a un vecino de ese lado del Danubio. En él se dará cuenta de que los húngaros se toman a chacota ese período de socialismo soviético en este bar de copas donde podrá pedirse platos con nombres alegóricos como Blancanieves y los siete marxistas o licores como el Gorbachov, lógicamente encarnado. El garito, sorprendentemente proveedor del símbolo de la comida del Imperio, la pizza, es todo un museo en miniatura de las pequeñas herencias cotidianas (postres, banderolas, cómics) que el régimen de Kádar sembró en las vidas de sus compatriotas y que resistió a las persecuciones de quienes vigilaban con celo excesivo la pureza democrática. Afortunadamente el Memento Park -entre las calles Balatoni y Szabadkai- mantiene los restos escultóricos de ese colosalismo rojo, entre otros las botas de la estatua de Stalin con las que no pudieron acabar los insurgentes del 56. Todo un sarcástico testimonio del enfrentamiento entre la libertad y la opresión.

San Esteban, San Matías, la Nagy
Sinagoga, el Bastión de los
Pescadores y la gastronomía
húngara, razones suficientes para
arriesgarse a conocer Budapest
bajo la nieve

Una vez relajado y ahíto puede visitar en el Distrito VII la gran sinagoga, en la calle Dohány, según dicen, la más grande de Europa, a la que se conocía como el templo del tabaco, pues ésta es la traducción de la vía en que se
encuentra. Posiblemente le impresione el recogimiento al que mueve la madera que adorna el interior de esta construcción que aúna los estilos romántico y orientalizante. Fuera guarde silencio ante El Árbol de la vida, erigido en recuerdo de las 600.000 víctimas de la Shoah que transformó este rincón de Budapest en un gheto durante la ocupación nazi. Una escultura metálica en cuyas hojas cuelgan los nombres de los fallecidos durante el holocausto.
Antes del regreso a España, la ventaja del cambio de divisa (un euro son cerca de 260 forintos) aconseja que se provea en el Mercado Central de una buena botella de Tokaj, el vino típico de Panonia. Para ello no tiene más que preguntar por la Plaza F. Vám, en el que le recomendamos que no deje de probar las pogácsas, bollitos calientes rellenos de queso o téliszalámi, embutido, y aderezados con especias o semillas de amapola. Reconocerá fácilmente el edificio porque aparte de ser de ladrillo visto y estar cubierto, lo delatan sus tejas rojizas. También es conveniente adquirir quizá algún objeto de porcelana de Herend, una caja de Túró Rudi, un postre de requesón agridulce recubierto de chocolate que seguro le quitará la nostalgia de un plumazo en Vörösmarty Ter, la plaza de ese nombre, o una crema Hauer en la pastelería de la calle Rákóczi. ¡Lástima que el gulyas no pueda transportarse en cabina para no perder los sabores…!

Guía de Budapest

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