“El Brujo”se emborracha de santidad

El Brujo encandila nuevamente a los espectadores con el más difícil todavía: tres personajes en el Infanta Isabel hasta enero. Un espectáculo que combina la modernidad más rabiosa, la ternura y la sátira. “El contrabajo” de Patrick Süskind, “San Francisco de Asís, juglar de Dios” y a partir de noviembre “Lazarillo de Tormes” unidos en el escenario por este juglar cordobés que canta a la libertad con ese saber hacer tan suyo, con tanto mimo como brujería.

Rafael Álvarez, el Brujo, es uno de esos actores, mejor dicho, uno de esos manipuladores de la escena -en el mejor sentido de la palabra-, que saben llevar al público en sus obras como mecido por una nana. Le ayudan sus tablas, desde sus inicios en el Corral de Comedias del Colegio Mayor Universitario San Juan Evangelista.  Sus actuaciones son una mezcla del antiguo Mester de Juglaría con la crítica más abierta a las ataduras sociales. Por eso quizá la elección de obras tan dispares como las que integran su último montaje. 

La locura de la santidad

“San Francisco, juglar de Dios”, del premio Nobel Dario Fo, es un grito de protesta contra lo establecido, para cuestionar la figura institucionalizada del santo desde un acercamiento poético, que dota al personaje de una cercanía inusual. El trabajo actoral del Brujo incorpora la gestualización como un eje interpretativo fundamental que completa con un movimiento oscilando entre  las evoluciones del saltimbanqui y la piedad del hombre de fe. Todo ello recuperado de esa función interpretada por el propio Fo, que le hizo reflexionar al cordobés: “salí conmovido y al mismo tiempo asustado por el reto: Ahora tendré que hacerlo yo, no me queda más remedio que encomendarme al Santo juglar y esperar que algo de ese espíritu, aunque sólo sea un poco pueda comunicarles yo también a ustedes”.

El actor imprime carácter a su personaje y extrae de él  diferentes registros de voz: el toque ingenuo con una voz casi susurrada, el pícaro más agudo y otro más gutural para los tipos zafios, incluido un homenaje al fallecido Paco Rabal. Una obra donde el Brujo como Francesco se enfrenta a los dogmas apostando por los desamparados, por la rebeldía contra unos valores morales tergiversados por la Iglesia, con la vista puesta en hacer de los cristianos  buenos animales.

Acompañado tan sólo de unos adminículos colgantes que sucesivamente van ejerciendo el papel de árboles, ciudadanos, columnas del claustro, etc. el Brujo se mueve cadencioso unas veces, jovial otras. De fondo, un telón, pintado por Fo donde se resumen todas las andanzas del hermano Francisco que el Brujo llega a emplear como los cantares de ciego para ilustrar sus palabras. Intercalando cancioncillas y vocablos en italiano, articula un discurso escénico que se acelera y se detiene atento siempre a la respuesta del público, incorporando la escucha activa y alusiones contemporáneas a su parlamento. De este modo la prédica se distancia de lo medieval y se transforma en una revitalización del mensaje de Fo contra la guerra y en defensa de la libertad, puesto en contacto con la realidad del público.

Rafael se vale de las manos en una especie de juegos malabares con unas pelotas inexistentes, tirando de cuerdas inventadas para demoler las torres de los poderosos, pero sobre todo para hacer de carne y hueso al santo de Asís que hablaba a los pájaros para que los hombres escucharan.

Rafael/Francisco dialoga con su oscuridad, con ese lobo de Gubbio desde la dulzura y ese amor a la belleza que recoge la versión de Carla Matteini sobre la obra de Dario Fo.

El contrabajo

La otra obra que podremos disfrutar en octubre es “El contrabajo”, basada en la pieza de Patrick Süskind del mismo nombre, conocido mundialmente por su novela “El perfume”. Este monólogo analiza la ambivalente relación del músico con su instrumento al que ama profundamente, pero también aborrece y la búsqueda de la seguridad económica de un intérprete mediocre amarrado a su contrabajo, que cobra cuerpo sobre las tablas. Una habitación, casi clautrofóbica servirá para acrecentar esa dualidad donde el músico convierte a su intrumento en el centro de su mísero mundo, en el que la creación artística y la lucha por llegar a fin de mes rivalizan.

Por último, “Lazarillo de Tormes” nos traerá en noviembre al Brujo que conocemos, al del clásico de la picaresca, de la pelea por mantenerse digno frente a la dureza de las circunstancias, en la versión de Fernán-Gómez.