Entrevista a Carmelo Gómez

Estáis entre los favoritos para los premios Max…

No puedo hablar en nombre de Flotats, porque él ha recibido todos y muchas veces y tendrá otra consideración, estará agradecido, evidentemente al espectáculo le viene muy bien y también, un poco el objetivo de estos premios es un poco revalorizar el teatro del lugar tan paupérrrimo en que está. Para mí sería algo muy grande, sería resucitar, renacer, porque yo nunca he tenido un premio grande en el teatro y tengo muchísimas ganas de tenerlo. Lo que pasa es que tengo rivales muy poderosos y tengo las esperanzas…, digamos que no sueño con el asunto, por un lado por sanidad y por otro, porque no lo veo nada claro para mí.

Has trabajado con José Luis Gómez, Miguel Narros, Mario Gas… ¿qué te ha aportado trabajar Flotats?

He tenido una cosa que no había tenido hasta ahora y es que he trabajado con el director que es el actor. Es una experiencia más, porque puedes ver todos los días cómo se contrasta la voluntad del director, cómo la está llevando también el actor, porqué te estaban pidiendo lo que te pedían y cómo funciona eso. Luego también estoy con un actor que es muy especial, no es un actor habitual, es alguien muy técnico, que compone muy bien fundamentalmente y a mí siempre me ha gustado mucho eso, los actores que componen. Quizá porque es lo que peor hago yo, soy más emocional y menos de composición. Todos los días mirándole y viendo cómo organiza el texto, parece que tengo al director todos los días y todos los días puedo aprender un poco más.

Comentabas que te era difícil establecer barreras entre el actor y el director…

Eso me ocurría en los ensayos, pero no ha vuelto a ocurrir, porque él ya se cuida mucho de que no vaya a ser un problema que trunque la relación que los dos tenemos en el escenario.

¿Cómo ha evolucionado la obra en estos meses?

El parón navideño para todos los teatros yo creo que ha sido duro, porque la gente se acobarda a la hora de ir al teatro o porque se lo ha gastado todo en El Corte Inglés, no lo sé. El caso es que los teatros lo estamos pasando mal en este mes, pero bueno nosotros dentro de lo que hay no estamos nada mal. Todos los días tenemos el patio de butacas lleno y los fines de semana llenamos. Todavía seguimos con el cartelito algunas veces.

¿Quién es el duque de Otranto, Fouché?

Lo que me fascinó de esta función es que dentro de que se está hablando de dos personajes históricos y unos acontecimientos históricos, también políticamente hablando, sin embargo, tenían tanto que ver con todo lo que nos está pasando últimamente a nivel mundial, pero sobre todo a nivel nacional. Cómo los políticos hablan de moral, de conciencia, de pueblo, de paz, de solucionar problemas, cuando realmente de lo que están hablando es de sus propios intereses, de más votos… Y hasta dónde son capaces de, y ahí está la inteligencia de cada político, llevar ese cinismo hasta cotas que pueden rayar con el arte. Y estos dos personajes son de los que hacen del cinismo un arte.

¿Con quién compararías a Fouché dentro de la escena mundial?

Yo creo que José María siempre ha huido de que se pareciera a alguien concreto, que tuviese nombre y apellidos, sobre todo, porque el problema para todos nosotros es que en cuanto das un nombre, inmediatamente perteneces a un grupo o a otro y eso es lo peor que nos puede pasar. Bastante mal estamos como para encima arrastrar ese tipo de problemas. Yo sin embargo no tengo reparo en decir que habría un compendio de muchos personajes de la política actual en Fouché. Es el jefe de la policía que, por circunstancias determinadas sociopolíticas del momento, se convirtió en un político relevante y que sus maneras eran feas, maneras muy primarias, no exentas de un éxito inmediato, porque sabía dónde y en qué momento tenía que hablar lo poco que tenía que decir. De ese tipo de oportunistas me encuentro en las políticas actuales en las que tenemos políticos de ETA que se llaman políticos y no lo son y tenemos políticos del PP como puede ser Zaplana o del PSOE como Guerra que son absolutamente oportunistas y populistas y son capaces de llegar a las masas con las mentiras más grandes del mundo y no tienen ningún problema ni les salen los colores. Y a mí eso me fascina, pero aún así habría que juntar a los tres para hacer un Fouché.

Has dicho que es un personaje que se mueve en la sombra y poco teatral. ¿Ha sido una necesidad de la dramaturgia darle mayor vitalismo?

Exacto, yo siempre he dicho que el auténtico Fouché nunca sería un personaje de teatro porque no tiene ningún tipo de carisma. Era un hombre gris, de pocas palabras, que además no sabía hablar muy bien. Dominaba la oratoria, pero para la cámara exclusivamente, no tenía el don de gentes. Era un hombre enjuto, pequeño, mezquino y cobarde, pero que actuaba cuando tenía que actuar y cuando actuaba lo hacía con contundencia. Para resolver ese problema el propio Brisville, que escribe la función sustituye todo eso por la pasión y entonces convierte a este hombre en un hombre pasional y ahí ya empieza a parecerse más a un dictador argentino o al propio Pinochet que volverías a repetir lo que hizo. Un pájaro de éstos es.

¿Cómo es ese pacto entre Fouché y Talleyrand?

Es un pacto obligado.

Es una recreación de época…

A mí me parece que es un acierto. Una de las cosas más interesantes es que puedes estar viendo un hecho histórico, pero poco a poco el espectador se va ubicando y ve una aplicación directa que reconoce en la vida sociopolítica actual. Estos dos hombres también tienen su alma y cuando el alcohol y el cansancio les pueden no les queda más remedio que relajarse y entonces hablan de sí mismos. Ahí es donde hay un duelo político, moral, personal, donde se ve todavía más claro el cinismo que hay entre el individuo y el político.

¿Este éxito confirma un giro en los gustos del público?

Habría que matizar que es o no comercial. Es una función que hace pocas concesiones al espectador medio y sin embargo, está arrastrando a un espectador habitual del teatro que tiene ganas de otro discurso y a lo mejor tiene mucha pereza para ir a ver cosas que están más de moda y son más comerciales y de repente son suficientes para llenar casi todos los días un teatro de 450 localidades. Yo creo que ahí hay una lección para todos, tenemos que empezar a hacer algo que no estamos acostumbrados a hacer. Creemos que todo lo que sea vodevil, simpático y con todo este tipo de componentes va a funcionar mejor y sin embargo, no, puede que haya un público expectante de otro tipo de cosas y que cuando suceden van a verlas.

¿Le divierten como a Flotats sus diferencias ideológicas con el personaje?

Ninguno de los dos somos tan sanguinarios y frívolos. Yo creo que viene bien como terapia ahondar en tipos que crees que están tan lejos y finalmente están muy cerca, porque lo curioso es que se pueden parecer a cualquiera de nosotros. Por donde hemos llevado cada uno a los personajes es porque en el fondo tenemos una pequeña conexión con eso que estamos haciendo. Hay cosas que unos entendemos mejor que otros, otra cosa es que ideológicamente estés en contra de ello. Mi personaje que es la pasión es visceral lo he llevado a mí, porque es lo mío y sé hacer muy bien. Flotats, sin embargo, es muy diplomático, refinado, correcto. Todo ese material lo domina muy bien y se nota en el escenario. Y el choque entre esas dos formas de ser funciona. Por supuesto que sería absolutamente innoble decir que no tengo nada que ver con ese señor.

¿Alguna anécdota?

Hay muchas. La fundamental es que comemos sin parar y la carta es muy buena y el público siempre sale diciendo “¡qué hambre!”. Tenía pavor a quedarme en blanco, sin que nunca haya tenido problemas con eso y de repente con José María un accidente de este tipo es incluso hasta bueno, nos da por reír y entra dentro de la función, los dos son tan cínicos que se pueden reír de cualquier cosa. Estoy muy contento de no tenerle miedo al escenario. Me he dado cuenta de que puedo hacer teatro, hasta ahora creía que no podía, que me había empeñado, le tenía mucho miedo al público y al escenario. El público tiene que aprender a ver teatro y ahora lo compara con otros  fenómenos. Es un rito en el que hay que estar en silencio y cuando el espectador está atendiendo te entregas por completo, si no te vas dando cuenta de que no merece la pena. La síntesis del actor y el público es fundamental.

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