La tierra purpúrea

LA TIERRA PURPUREA de HUDSON, W.H. Si Don Quijote hubiera nacido en el XIX, hubiera escogido una tierra no atropellada por la industriosidad, de tierras herbosas y agrestes, en la que asombrarse paladeando carne sin desollar. Y si hubiera tenido ocasión de conversar en aquellas tierras, habría sido con los Duques de allende los mares, los británicos, que como él pertenecen a una casta distinta. Ésa es la perspectiva de un extraño, Richard Lamb, que parte en busca de fortuna, dejando a su Dulcinea en casa de una rica benefactora y en su peregrinar descubre a colonos que, amaprados en los colores de la Union Jack, cometen tropelías, imponen su regla en el llano de otros. En sus aventuras, no necesita escudería, si bien Epifanio Claro, el Cejas, actuará brevemente de tal intentando poner cordura en su combate con el Barbudo en el Reposo del Vagabundo. La única ley imperante es la del vigor y Lamb no está dispuesto a morir por el título. Las fuerzas naturales, las vinchucas, enseñarán con sus élitros a merced de quien está el vencedor de la justa, convencido de que los ingleses dan emoción a los indígenas entre revolución y revolución y quejicoso por la oportunidad sexual perdida. Seguimos oliendo a pasto…
Conocemos a los locos conspiradores del general Santa Coloma, redentor patrio, en la estancia de Sinforiano Alday, tras la aventura del cepo en casa del magistrado y su rechoncha mujer, temerosa de los ofidios. Lamb sigue haciendo gala de su amor por la botánica, tan propia de su inexistente pasaporte y el tipismo de las mujeres sencillas, niñas pastoras a lomos de ponis, en simbiótico parecido floral.
No terminan ahí las apariciones… Unos chiquillos que juegan a degollamientos entre blancos y colorados dan un giro a su camino por la Mancha de la Banda Oriental en la que todo se resuelve mirando el fondo de un vaso de ron o de mate. Eso sí, sin dejar nunca a un hombre vagar a pie por el país. Vuelve la reminiscencia quijotesca con el juego de los engaños: generales con poncho de seda, antes villanos arteros y la sapiencia de las mujeres que como doña Mercedes conocen el drama de ver morir a los amigos en las incesantes revueltas fracasadas. También novelas intercaladas como la increíble historia de la desamparada Margarita, la niña Niebla, las alusiones a la fatuidad francesa o la demasía en la dignidad del sirviente Nepomuceno. Lamb no es más que un inglés que se resiste a tomar las armas para no perder los privilegios de británico, pese a que la floresta grite contra un gobierno nacido del crimen y la ayuda brasileña para aupar la traición. Caza de avestruces, caballos bayos, narrador de la batalla de San Paulo y en general de cuentos al amor de la lumbre sobre lampalaguas y monturas, que de ser robadas siempre llevan lejos al jinete. Poco a poco Richard descubre que ha nacido en el país equivocado, viendo la imagen de Dios en cada brizna de hierba y el fin de las ataduras en un asilvestramiento que como el hidalgo se cierra con el retorno a la seguridad de la casa, donde no podrá más continuar inflamado de gravedad castellana, después de oler la sangre. 

La tierra purpúrea. W.H. Hudson. Acantilado. Barcelona, 2005. 327 páginas