Cuentos de sombras

Si la ombromanía está en peligro de extinción, no será porque el abismo o su profundidad no atraen, que ya están las tribus góticas y sus pinturas para constatarlo. El lado de la sombra que inmortaliza esta antología de relatos no es el de Bioy Casares, brotado como por encanto de la imaginación o la obsesión, aunque de ello haya. Ni tampoco es la línea de sombra de Conrad de largo anhelos hacia un rumbo innoto… Estas acechanzas corresponden por igual a lo tenebroso externo, pero también a la devanadera del personaje perdido en sus miserias, a poetas merengados reducidos a papilla, triunfantes en sociedad tras despojarse de la pesada impedimenta de sus ideas que Gautier retrata en el cuento sobre las lobregueces de Onuphrius. Son las sombras que ponen sitio a la Casa de la Fama de puertas permanentemente abiertas entre las que el doctor Anselmo galdosiano perderá el seso, fija la vista en el diabólico Paris-Alejandro. Sombras lúbricas como la del fálico Karagöz de Gérard de Nerval, semejante al asediado José por la solícita mujer de Putifar o del vascuence Juande Atarrabio, mártires por el Santo Padre. Y más que sombras, oscuras parodias de temores dormidos que despiertan a la voz de denuncia del compadre más consciente de la honra ajena que del descanso del ofendido. Recortes de sombra independizadas que, arrancadas del corazón al que obedecen corren mundo como el Wilde que las crea como Joven-Francia extraído del rústico pescador enamorado en el que habitan o destronado por poetrastros falsarios tras “La muerte en vida” que precede otra historia con ambiente de uñas con tierra y olor a cripta, la de Poe. 

Cuentos de sombras. Edición de José María Parreño. Siruela. Madrid, 2005. 319 páginas.