Entrevista a Gabriel Albiac

Con “Diccionario de adioses” el filósofo de indumentaria negro existencial confiesa querer hacer balance de la pérdida del lenguaje, del sistema de categorías que han permitido construir el imaginario del siglo pasado y que han mixtificado a través de mecanismos como la resonancia de los medios de comunicación toda una red de representaciones que se revelan ficticias. Una negrura que busca incluso en los usos de la novela negra, sin importarle abrir los ojos al dolor que implica el conocimiento, siguiendo a Spinoza.

 Alicia González

En la lectura subyace una sensación de desgarro, de ateismo, de nihilismo…

Supongo que es uno de los puntos de gravedad del libro, porque se trata de hacer la depuración de los sistemas de mitologías que han operado durante mucho tiempo como sucedáneos, como procedimientos de suplencia de los paradigmas consoladores de la religión. En ese sentido, es ateismo o materialismo en el sentido fuerte del término. Se trata de entender cómo los dioses -conceptos tradicionales de la divinidad que mueren con el XIX- tienden a volver por la puerta de atrás y a disfrazarse incluso en las categorías en las que piensas que has elaborado en un discurso laico. En el siglo que termina, ese modo de retorno invisible de lo religioso, habría venido a través de las metáforas de progreso, de la historia como supuesto proceso de realización de la razón o de la liberación humana que ha sido el gran sucedáneo de la religión en el S. XX y ha venido a ocupar el lugar de la providencia en las tradiciones teológicas clásicas. El primer deber de alguien que trate de pensar es designar eso como un sucedáneo religioso y hacerlo saltar por los aires.

Hablas del Estado como sustitutivo laico que ejerce esa dominación impuesta por el movimiento revolucionario.

El Estado es una forma de iglesia laica. Naturalmente, en las sociedades modernas se vuelve ineludible para garantizar la administración de sociedades complejas. El problema es que junto con ese aspecto técnico administrativo, todo Estado genera una gran cobertura de legitimación de sistemas de valores que pretende dar como objetivos. Eso es parte de la mixtificación.

En tu  opinión la revolución del 68 fue básicamente escénica…

En realidad las primeras teorizaciones de lo que sucede en el 68 son ligeramente anteriores, como el libro de Debord, “La sociedad del espectáculo”, o algunas otras cosas de los situacionistas, donde el 68 está casi dibujado. De algún modo se veía venir, era casi un acontecimiento necesario, en función de ese progresivo desplazamiento de la realidad hacia la escena que marcan las sociedades occidentales, sobre todo a partir de los sesenta. El 68 era una especie de laboratorio, en el que esa puesta en escena de los cánones clásicos de la revolución es llevada a su límite para dar sobre el vacío. Afortunadamente para el caso francés, el vacío fue asumido como estético-literario y no fue más allá, en el resto de Europa desgraciadamente derivó a vertientes armamentistas extraordinariamente exterminadoras.

Citas la necesidad como justificación de todo lo que sucede tras la revolución, el terror…

He tratado de hacer un trabajo muy exhaustivo sobre los orígenes léxicos de la revolución y del  terror. El término terror, nace inmediatamente después de la revolución francesa, ligado a la legislación de 1794 y trata de establecer la liturgia especifica de esa nueva forma religión de Estado que es la religión revolucionaria, en los términos literales de Robespierre. El terror es vivido por los hombres del 94 como la forma suprema de la revolución e incluso de la virtud. La valoración negativa del término es muy tardía y en absoluto corresponde al momento revolucionario. El terror opera como la liturgia pura de la revolución que necesita de sus propios cánones, sus propias máquinas de configuración de convicción y sobre todo de su propia erección de los principios de absolutez  que excluyen todo aquello que interfiere.

Si esa sacralización es la nueva forma de hacer política ¿el espectáculo es el paso siguiente, la revolución como escenario?

Vivimos ya en una sociedad absolutamente escénica. La idea de la representación tal y como se forja desde las dos últimas décadas del S.XVIII, y el XIX, es la idea de que la distancia espacio-temporal entre la sociedad y los encargados de vehicularla políticamente exigiría que determinados sujetos tuviesen la función de representar al resto de la sociedad a través de los mecanismos de esa máquina que es el Estado moderno. No hay Estado sin dominación. La sociedad en la que vivimos es la máquina perfecta de la dominación. No es ya la sociedad la que genera a aquellos que la representarán, si no que el propio aparato de poder a través de dispositivos complejísimos talla a la medida las conciencias.

Buscando de la etimología de revolución partes del concepto cíclico…

Las palabras tienen un ámbito de vigencia, en tanto en cuanto su contenido léxico como su espacio connotativo, que jamás puede ser aplicable en otros contextos. Revolución es un término que, a fuerza de haber sido uno de los lugares comunes del último siglo y medio, pensamos que ha existido en todas las tradiciones culturales occidentales y que con variantes ha significado siempre lo mismo. Es absolutamente falso. Todavía en Hobbes tiene el sentido de ciclo, por eso habla de la revolución que se completa desde el derrocamiento de un rey, pasando a través de un régimen no monárquico, hasta la restauración de un nuevo rey. Si tomas el sentido que los diccionarios del XVIII dan al término revolución, prima el astronómico, la idea de circularidad. Revolución en el sentido activo solamente pasa a ocupar un lugar importante con posterioridad al nacimiento de las revoluciones modernas, la de 1789 y lo que hay es un desplazamiento del contenido del término, incluso términos que literalmente se inventan a partir de 1789 como el verbo revolucionar, el adjetivo o el sustantivo revolucionario.

Hitler proponía la permanente revolución, contrarrevolucionar lo revolucionado…

Ésa es otra de las paradojas que desgraciadamente nos negamos a confrontar. Todos vivimos muy cómodos utilizando las metáforas consagradas en el último medio siglo, conforme a las cuales el concepto de revolución es respetable, progresista y frente a ello pensamos los fenómenos más abominables del S.XX, los fascismos, como contrarrevolucionarios… Eso es una reinvención de su uso histórico. Si tomas los textos de Hitler, tanto en “Mein Kampf” como las conversaciones con Rauschning, te encuentras con una contigüidad con la jerga staliniana extraordinariamente fuerte. Hay que retornar a la literalidad de los usos léxicos de entreguerras y entender que la interpenetración de terminología, de simbólicas y de estéticas -tanto en las vanguardias artísticas como en lo político entre la forma internacionalista del socialismo, esto es el stalinismo y la forma nacional del socialismo, es decir, el nacionalsocialismo o los fascismos- la superposición léxica es intensísima.

Siguiendo a Jean Pierre Faye en “Los lenguajes totalitarios”…

Un clásico absoluto… A partir de su libro nos damos cuenta de hasta qué punto esas retóricas están contiguas y nos hemos inventado discursos contrapuestos. He tratado de encontrar casos paradigmáticos, Brasillach haciendo el elogio del líder de la izquierda obrera del Partido Comunista Francés, Jacques Doriot, que a continuación pasa a constituir el Partido Fascista en Francia o esos pasajes de los últimos meses de Drieu antes de suicidarse en los que explica que en realidad el Hitler de verdad era Stalin y piensa cómo a estas alturas va a admitir su error…

Dices que pretendes hacer un sistema posterior al Apocalipsis del franquismo… 

He tratado de cerrar un sistema de mitologías que desgraciadamente no son sólo los restos del franquismo, algo que ha podido preocupar a gente de mi edad durante muchos años, sino un sistema de mitologías sobre el cual se ha asentado la conciencia europea a lo largo del S.XX. Un mínimo de honestidad conceptual debe llevarnos a la constatación de que nos hemos quedado sin lengua y por tanto no podemos seguir usando inocentemente un léxico que no significa nada.

En tu libro datas la segunda guerra fría después del 11-S…

Toda demarcación cronológica tiene un fuerte componente de arbitrariedad… Si utilizamos categorías convencionales, tras una Primera y Segunda Guerras Mundiales, habría que hablar de una Tercera que fue la guerra fría y de una Cuarta que se inicia el 11-S y cuyos prolegómenos estamos viviendo. Lo que se inicia con la Gran Guerra y que llega hasta nuestros días es la universalización de la dimensión militar de lo político.

Yenin es un punto sin retorno respecto a tus coetáneos ideológicos…

Sigo sin entender que a una confrontación armada con 57 muertos se le llame genocidio.

¿Y cómo llevan tus alumnos de Filosofía este posicionamiento?

Siempre he tratado de decirles que no se puede historiar a menos de tres siglos de distancia. Podemos insultarnos sobre el presente, pero si lo que pretendemos hacer es un trabajo académico, no hablemos más acá del S. XVII, porque no hay manera.

Otra de las líneas de continuidad es la muerte. ¿Tu hombre es un Prometeo encadenado o tiene alguna posibilidad de recuperarse a ese terror, a esa perversión de la lengua?

La muerte es un horizonte absoluto del hombre y por tanto de la lengua que no es otra cosa que un flujo en el tiempo. La muerte es la secuencia del tiempo, esa cosa fantástica que descubre Heráclito. Cuando habla de la imposibilidad de dar razón del flujo del tiempo lo que está precisamente indicando es la inintelegibilidad de un mundo que muere instantáneamente y del que no queda nada. Pensar y escribir en la medida en que es algo que sucede en el flujo del tiempo es completar la paradoja de tratar de decir aquello que es la condición de flujo mismo.

Las anotaciones son muy personalistas, casi interpelas al lector, abriéndole los ojos, fuera de esa verdad objetivada más o menos que mantiene el resto del libro…

En la escritura está siempre la función de romper el sentido común, la repetición de la que está hecha nuestra lengua, donde nos reconocemos y donde se produce lo que Baudelaire llamaba “el gran malentendido de la comunicación”. No se escribe para complacer, ni autocomplacerse, sino para romper el sentido y probablemente lo que más pueda herir de este libro no sea la violencia de la interpelación, cuanto la distorsión de la sintaxis, la voluntad de romper con los sistemas de enunciación y sobre todo, de puntuación en los cuales se vehicula el reconocimiento.

¿Intentas aproximar la política a un público nuevo, amantes de la filosofía, chicas entusiasmadas con el profesor filósofo?

(Ríe) Espero que las chicas se entusiasmen con algo más divertido. No, el libro está escrito para mí, porque uno escribe siempre para sí mismo, para entenderse y  tratar por lo menos de acotar aquello que no puede entender en sí mismo, la lengua, sus infinitos engaños.

Estableces una diferenciación entre el suicidio como acción y el morir como un dejarse llevar, ¿es el motivo de esa columna en la que ametrallas a los contrincantes?

O te ametrallas a ti mismo. La columna me interesa en la medida en que permite confrontar lo que se dice a las condiciones del decir. Platón lo plantea mejor que nadie… Platón lo plantea todo mejor que nadie, ésa es la putada con Platón (bromea). En el inicio de la carta séptima, llega a la conclusión de “dar un rodeo a la política a través de la filosofía y abandonar cualquier ilusión de intervención en lo político”. En las sociedades actuales, la filosofía nos puede servir para entender hasta qué punto el universo de lo político es un universo infundamentado, cuya única función es la construcción de sujetos sociales a la medida y el embrutecimiento social.

Te acusan de transitar del comunismo a la acracia o ser gente de izquierda de la derecha…

No me habría definido de ninguno de esos modos. He sido militante comunista durante la dictadura, salí del PCE en 1976, antes de la legalización, y desde entonces he estado, no ya al margen de cualquier actividad política, si no en lucha de autodefensa ciudadana contra lo político. De hecho, aunque sea anecdótico, no voto jamás. Tanto izquierda como derecha son metáforas que tienen fecha de caducidad: agosto de 1789. A lo largo del S. XIX van jugando funciones cada vez más desplazadas y en el S. XX no tiene ya función designativa de ningún tipo. Es un mecanismo de enmascaramiento completo. Y en política la sustitución del concepto por una metáfora lleva siempre al desastre. Si se analizan los programas de los partidos políticos en España es una caricatura. Utilizar la metáfora de izquierda-derecha no introduce un sólo elemento de conocimiento y sí un efecto de memoria hipersimbolizada que arrastra consigo determinados automatismos de voto. La memoria sentimental es muy respetable en todo, menos en política. Auden lo decía muy bien, “lo característico de los fascismos y lo que les da su capacidad de ser aceptados, es precisamente la sentimentalización de la política”. Los resultados son aterradores.

Expones una especie de método: “no autoengañarse de que se puede contar algo, contar lo que pasa, analizar con frialdad y denunciar las profecías intelectuales”…

El deber básico de un intelectual es abrir los ojos y negarse a cerrarlos aunque duela lo que estás viendo. No puede tener nunca función profética, no puede convertirse, una vez más en un sucedáneo de la función sacerdotal, sino que su papel es infinitamente más modesto, simplemente describir lo que está pasando. Spinoza plantea que hasta en el conocimiento de lo más espantoso hay placer, porque el conocimiento es el placer más alto y aunque aquello sobre lo cual lo estemos aplicando sea espantoso, la capacidad de conocerlo es un privilegio.

Utilizas varias veces el topoi literario del descenso a los infiernos. ¿Cuál es el tuyo?

Es difícil de demarcar… El fragmento más viejo de la lírica griega, es de Teognis,  que dice: “lo mejor en esta vida es no haber nacido”. Durante una parte importante de nuestra vida, cuando no somos mortales, aproximadamente los cuarenta primeros años de nuestra vida, uno se las apaña para ocultarse la presencia del tiempo. Hay un momento en el que el tiempo te golpea y no hay manera de escapar. Este libro es un fruto de ese momento en cual es preciso describir ese infierno al cual el vértigo del tiempo nos somete. No es ninguna originalidad, desde “La Eneida” de Virgilio todos sabemos que todo lo que compone la apariencia de un universo de sentido no es más que la teatralidad de un retorno al infierno.