Yo, mono libre… de dormirme

Uno se dirige al teatro confiada en ver un Kafka y se topa con una kafkada. Hablo de “Yo, mono libre”, sobre todo para que Dios les libre de asistir a verlo en caso de que por allí llegue semejante montaje, aunque dudo que el malgusto se halle tan extendido como para ser materia susceptible de ser exportada. Pero vayamos a la concreto… Fuera de que más que función teatral se trata de una lectura dramatizada –o mejor, dramáticamente dramatizada-, lo primero que espeluzna es las serias dificultades que el deseo de impresionar del intérprete crean al espectador.

Tanto es así que en algún momento la que firma estuvo a punto de levantarse de la butaca e increpar al interfecto para que dejase de mostrarnos sus habilidades para imitar la condición simiesca del personaje. Pero la prudencia y un pudor propio de tiempos lejanos por el trabajo de los comediantes me contuvo e hizo que prefiriese dormitar con un ojo abierto para que mi acompañante no descubriese el sopor que generaba semejante bodrio. Afortunadamente nuestras primeras palabras de intercambio para valorar la función acordaron que aquello resultaba inaguantable, no ya por tratarse de un viernes al término de una apretada semana laboral, sino por la fatuidad del actor, que empeñado en sus dotes para la caracterización nos obsequió durante una hora –y doy gracias al cielo porque no fuese más- con una serie de posturitas y grititos que impedían evidentemente la comprensión del texto, basado según el autor e intérprete en el “Informe para una academia” del checo.

Quien no conociera al actor pudiera pensar que este tal Ricardo Joven en su condición de tal tiene aún mucho que aprender y que de generosos es echar mano de un poco de comprensión hacia el que empieza. Pero no se deje engañar, el sujeto en cuestión tiene de joven sólo el apellido, porque las canas orlan su cabeza, sin que la sabiduría de los años haya hallado reposo en ella.

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