Con los ojos en la hierba

 

Las pendientes de Sanok irrumpen al dejar atrás Rzeszow -y su irrepetible pronunciación que Dios confunda- para regalarnos lo que para muchos polacos es un secreto a voces: que la tranquilidad está en el aislamiento de las montañas y en esa naturaleza de gentes sencillas que hacen de la superposición un modo de desterrar las tentaciones nacionalistas.

Quien viaja a Sanok aprende algo de incursiones de pueblos enemigos, de vivir en la frontera y de esa mezcla cultural que da la permanente conquista por el vecino de tu casa. Hablo de una pequeña localidad en el extremo de Polonia, en ese apéndice que le sale casi al sur, en un punto que ahora se sabe es este país, pero antaño pudo ser Ucrania o Eslovaquia o un lugar indefinido en la Europa del Este de los tanques en la calle, sedientos de terciopelo o solidaridades, dependiendo de hacia donde mirase la nacionalidad en ese momento.

A esta ciudad enclavada en una posición de mirador sobre el río, uno de ésos que dan nombre a la población y se desborda con las regulares crecidas le salen los humores a tradición con esos creyentes ortodoxos rezando ante los pendones de punto de cruz que cuelgan en la pequeña iglesia junto al Museo. Un recinto donde podemos contemplar la monstruosidad del desarraigo a través de las docenas de iconos y crucifijos que exhiben su pie oblicuo para recordar al espectador que son hijos de un ritual distinto al de las autoridades católicas que los exponen.

Porque el de Sanok es un Museo de reliquias en el que conviven el pan de oro sobre tabla para gloria de un mismo Dios al que la ceremonia viste de diferencia con la pintura más radicalmente moderna de la mano de un enfermo mental al que ejecutó otro. Zdzisław Beksiński es uno de esos vecinos molestos a los que el barrio admira por su fama internacional, pero no porque saque nada en claro de la pausada observación de sus lienzos, llenos de angustiosos pasajes, de edificios inertes que se yerguen para cobrar una humanidad que al instante perece. Esos vecinos de hablar sosegado y modos convencionales que te explican mientras degustan sus kopitka en salsa de remolacha, son los mismos que, con ese hábito de lidiar con los soviéticos o los oficiales de la SS en tiempos lejos de escandalizarse por estas postrimerías entre góticas y del Bosco, te pasean por las salas de una exposición hecha de retazos, donde no falta la Escuela de París al modo del Vístula. De no ser por el Pomnik (monumento) que se alza desde el suelo como las voces de los moribundos, poco podríamos intuir de ese pasado dolido, que en esos cartelones de metal recuerdan los nombres de los campos de internamiento que avergonzaron al ser humano, con los cadáveres de ambos bandos que en vez de arrojarse homenajean en mitad de un parque. Un borracho de sentido ausente relata en un banco una peripecia, frente a la mole que domina a ras de suelo, quizá la del exánime Ryniak recién salido de Flosemburgo, una de esas sombras de la primera anorexia promocionada fotográficamente, la de Oswiecim, léase Auschwitz.

Muchos hubieran perdido su tiempo en eliminar los vestigios de los sucesivos invasores que dejaron testimonio de su paso en las dos águilas blasonadas, una sobre fondo rojo y otra azul. Pero en este pueblecito de la Polonia más agreste, provista de uno de esos paisajes de árboles centenarios e historias a pie de mercadillo donde se cruzan los acentos, son más de la cuerda de la supervivencia, de atender al viajero, porque saben que difícilmente se quedará en una ciudadela con nombre de tránsito en la que se enorgullecen de preservar series de inacabables escaleras que unían la parte noble con el valle, como si de ese ir y venir se pudiera extraer una moraleja semejante a las de los cuadros de Escher de un bajar que no termina y un error que se empecina en repetirse históricamente.

Porque aunque no aparezca en las guías habituales de turistas, ni siquiera en las de viajeros, que para eso las conexiones por tren son un salto atrás en el tiempo, Sanok merece una tarde y unos ojos muy abiertos para palpar con la nariz esa hierba que se resiste a desaparecer incluso en veranos de insistente canícula como éste. La mayor parte del descubrimiento le tocará hacerlo a solas, sumergiéndose por esas carreteras casi en bosquejo en las que no se sabe si es precipicio o sendero lo que se está hollando. Pero valdrá la pena para descubrir entre la maleza una de esas iglesias montaraces todas de madera con sus perfiles sin clavos recortados y sus puertas cerradas al curioso -¡que ya alguno se encargó de hacer de la curiosidad sinónimo de hurto y hubo que ponerle candados a la belleza!-.

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