Cuerpos que hablan

Yakuza Girl por Nephie Eerie.El tatuaje en la imaginería cultural

Si tuviera que escoger un libro de mesilla, ¿qué mejor que el cuerpo del que duerme al lado? Tal vez eso fue lo que pensó Ray Bradbury al escribir “El hombre ilustrado” ese banderín de enganche para los que no se deciden a marcar su cuerpo con un tatuaje. En estos cuentos cortos el americano hilvana las historias impresas, habitando todo el cuerpo del protagonista, como si se tratara de las puertas grabadas de la Mansión del Sol que  describiera Homero.

La huella del tatuaje, carne hecha arte, se hace literatura en esa cosmogonía que horada al Queequeg de Melville, revestido de un sentido sobrenatural en el ballenero sin rumbo de Ahab. Jeroglífico etnicismo que adquiere tintes de prueba incriminatoria con los estudios antropométricos de Bertillon y Lombroso. Con la llegada del XIX pasamos de la asepsia moral del tatuado a la incriminación y la sospecha, toda vez que las huellas digitales y cualquier marca corporal se usan con fines policíacos para clasificar a la población como en las zonas cuasi-estabulares de la isla de Ellis. Quizá por eso el personaje de “El piano” se marca con el sello de los maoríes, moko, para hacerse uno más entre ellos y meter de golpe al espectador en una sensualidad prohibida.

El tattoo se convierte en objeto de uso y culto entre los presidiarios como bien recogieron los doctores Juan Ramón Acosta, Mariano Accardo, Ricardo Álvarez y Oscar Giovanelli en una disección minuciosa de los tipos de dibujos elegidos por los vecinos de las cárceles para cubrirse.

Así, tenemos la demostración de fiereza como en el caso de Dick Hickock, el asesino de sonrisa perenne recreado por Truman Capote en “A sangre fría”. Una calavera y dos tibias en el pecho y todo tipo de inscripciones, desde nombres de ex esposas, novias en medio de corazones en llamas y desnudos en posiciones  comprometidas, en el resto de su pellejo, muy diferentes a las mariposas que cubrían a Steve McQueen en “Papillon”, lo que según la transcripción del lenguaje carcelario indicaría su condición de homosexual.

También están los tatuajes reales o ficticios que como simple recuento de hemeroteca le recuerdan a Pascual Duarte los motivos que tendría para ser malo o al resacoso Tim Madden de “Los tipos duros no bailan”, la novela de Norman Mailer, que no termina de recordar el siniestro significado del nombre grabado en su brazo. Porque en ocasiones el tatuaje, antídoto contra el olvido, adquiere tonos de pesadilla, como para el personaje de “Memento” condenado a recordar a través de los signos de su cuerpo la tragedia que le mueve.

Pero no siempre el tattoo traduce o anticipa el drama, no todo son las manos del predicador, amor-odio, de “La noche del cazador”, a veces, los dibujos arropan la sensualidad. Hablamos del fetichismo de la carne, la sumisión y la poesía en los kanji que adornan el cuerpo de Nagiko en “The Pillow Book” de Peter Greenaway, dejándolo tan repleto de ideogramas como al Max Cady de “El cabo del miedo”, ¡salvando las distancias…! Aunque su referente cinematográfico más directo quizá sea el sugerente marinero de Jean Vigo, en “L’atalante”,  icono gay, tallado de pies a cabeza con dibujos portuarios y más profundo y futurista, el tatuaje en la retina del malo de una de James Bond.

Para hacernos una idea de lo que el tatuaje representa en la mentalidad oriental, hay ayudas, manuales, que cuentan cómo éste era el castigo ejemplarizante en el Japón imperial, señalando a los convictos con el hierro del deshonor. Y de ahí a repoblar el cuerpo con dibujos florales, animalísticos y caligráficos con objeto de perder entre la selva el estigma del delito como acostumbran los yakuzas.

Toda esta fauna la recoge Pierre Gonnord en su “Lejano Oriente”, una exposición fotográfica que capta a geishas y mujeres tatuadas con intención de perturbar al observador y a hombres que muestran la virilidad de sus espaldas repletas de tintas coloreadas que dibujan formas de fantásticos dragones. Y en la línea habitual del fotógrafo de lo marginal, lo masculino y lo femenino en el Far East se confunden, siendo el retratado el que escoge la pose, casi la escenografía, tras un proceso de intimidad entre artista y actuante, en el que el espectador se transforma en espejo. Si quieren ver dónde terminan las confianzas, pueden pasarse a verla, mientras relean a Conrad.