Lourdes Ortiz, “Las manos de Velázquez”

A Lourdes aún le quedan más imágenes en la mente para futuras novelas, después de haberse pasado 30 años enseñando a ver cuadros. Por eso sus historias tienen   complicidades visuales como este paseo por el Madrid que ama y la Italia que hizo de Velázquez el pintor de atmósferas. Asegura que “la pintura siempre seguirá conmigo” y después de jubilarse como profesora de Historia del Arte nos seduce con “Las manos de Velázquez”, la historia de un celotípico profesor enamorado de la belleza, Teo, que se resiste a perder la inyección de energía en la mujer que ama.

Cómo catedrática de Historia del Arte, ¿esta novela era una deuda que tenías?

Supongo que sí. Nunca había publicado nada concreto sobre arte, siempre ensayos sobre otros temas, aunque en todas mis novelas siempre hay referencias pictóricas y cosas que tienen que ver con el mundo del arte. En el momento en que me jubilé de la enseñanza, estaba latente esa necesidad de hablar sobre el artista, sobre su obra y sobre la pintura en general, en este caso eligiendo un personaje como Velázquez.

Pese a esa retirada de la docencia el libro parece echar en falta un manual de arte para ir viendo cada uno de los cuadros que vas mencionando en la novela…

(Sonríe con placidez) La verdad es un efecto curioso que ya me han comentado. Mi hermana, a la que le ha encantado el libro dice que casi se ha hecho un curso de arte mientras leía, buscando las obras de Artemisa y otros pintores que cito. Yo propuse a la editorial que sacara en el libro unas láminas con los cuadros que más se citan, pero supongo que eso les encarecía la edición y salió así. Pero no me preocupa, porque eso mismo es un estímulo para mucha gente.

En cualquier caso la descripción plástica que haces casi congela cada escena que narras, cada momento…

Yo he intentado que, salvo algunos que son más referencias rápidas en las que está trabajando la mente de Teo, pero en general está contado de una manera en que, sin ver el cuadro, puedes de algún modo reconstruir parte de lo que el cuadro te está contando. Pienso que el lector puede sentir animado a contemplarlo directamente, pero por lo menos no rompe la estructura de la narración, si no que es coherente. A mí me ha pasado. A lo largo de mi vida lectora en muchos de los libros que leía con referencias norteamericanas, tanto los personajes como las cosas citadas no las conoces inmediatamente, pero precisamente empiezas a conocerlas a partir de ese momento y te apetece indagar en ellas. Lo importante es que no se rompa la estructura y sirva para la narración, porque es una novela, no un ensayo.

¿La has escrito con vocación de ilustrar a tus antiguos alumnos ahora que ya no estás con ellos?

No, cuando me meto a escribir una novela eso es lo único que me importa. No tengo una idea pedagógica, si no la de hacer un libro que tenga una coherencia interna y donde realmente el tema de los celos, que es lo fundamental, están contados a través de un hombre, cuya obsesión es la pintura, mezclándola con la otra que tiene, porque está perdiendo a la mujer que quiere. Si fuera un fontanero, a lo mejor se mezclarían constantemente asuntos de cañerías, pero en este caso como él da clases y además es un hombre muy retraído, que está dedicado a la investigación es normal que aparezcan esas referencias sobre Velázquez que es el libro que escribe.

Comentas que el tema central son los celos, aunque también está ese incesto “sugerido” con su hija Magdalena…

No es tanto un problema de incesto, si no algo que se da con mucha frecuencia, la vinculación por ese cariño grande de la hija, ese complejo de Electra. No creo que eso sea incesto o tenga que llevar a él, pero es algo que condiciona el carácter de la hija. A lo largo del proceso la ruptura de la hija con él, sirve para que crezca y se independice. Es bueno que se produzca esa ruptura y que la imagen del padre como gran prototipo se desmorone, porque es sano para ella, pues crece como persona también.

¿Al elaborar la novela tenías en mente los cuadros o surgían con la escritura?

Es un proceso que se va realizando en el texto y las mismas sugerencias que se van sucediendo en él, son imágenes que de repente le vienen a Teo a la mente y que se van fundiendo con sus propias experiencias. A veces él se traslada a la Roma del XVII o a Sevilla, pero en realidad, eso le está llevando continuamente a sus propios problemas. Si piensa en el hijo que tenía Velázquez, recuerda conversaciones con Mónica, pero a su vez piensa en el miedo de que ella quiera tener un hijo. Es un proceso mental que no puedes prever de antemano, tienes que dejar que fluya y fluye en el novelista y en Teo en este caso.

Un “Ulises” de Joyce a través de lienzos…

Cuando Teo intenta centrarse en un cuadro, inmediatamente le produce una serie de reflexiones sobre Velázquez, y al tiempo le lleva a sus propios problemas, o al revés, porque hay momentos en que le vienen imágenes de cuadros sobre su propio estado de ánimo, como en la escena cuando va en el coche con su mujer y le aparece el tío Petete de Goya, con esa cara desdentada. Nosotros estamos hechos de cine, peor también de imágenes y para él las imágenes son muy importantes y le vienen continuamente.

¿Lourdes es también una observadora silenciosa y ausente como defines a Teo y a Velázquez?

Somos muy distintos. Hay quien me ha preguntado si Teo es un trasunto mío…, lo es en cuanto profesor, pero eso es sólo un oficio. Somos muy diferentes, creo. Aparte de ser hombre, que es ya es toda una diferencia, tiene una familia muy distinta a las que he tenido y yo he pecado quizá de lo contrario que Teo, de ser demasiado curiosa e interventora de la realidad social. Todo buen novelista, siempre lo he pensado así, es un buen espectador de la realidad y los procesos que se suceden. Yo intento no ser una espectadora en mi vida cotidiana y no paso por ningún tamiz a la gente que quiero o con la que convivo, amigos o familiares, pero como a todos, te van quedando experiencias, manera de ver, formas de vivir la realidad y eso te sirve después para la escritura evidentemente. Hay quien tiene una gran sensibilidad para los paisajes, pero con los años y la experiencia vas conociendo un poco al ser humano, sus problemas y contradicciones y eso te sirve para la novela.

La novela está llena de pequeñas pinceladas sobre opiniones como que España es un país que desea a los hombres…

Son de Teo, pero evidentemente hay algo de Lourdes Ortiz, sobre todo por el conocimiento que Lourdes y Teo tienen de la historia del pasado y cómo los males de España se vienen arrastrando desde esa España de los Austrias, por eso quizá elegí Velázquez y el siglo XVII, un momento clave para la historia de España, con una Corte completamente decadente y al tiempo cerrada que dilapida sus bienes en guerras en Europa y luego un país muy lleno de vida, pero a la vez en la miseria, lo que ahora nos ha enseñado también una película como “Alatriste”, que da esa imagen de los tercios de Flandes no como algo heroico, si no como un puñado de desarrapados, porque eso era lo que realmente pasaba y no esa España imperial.

Al inicio del libro hablas de cómo Mónica pasa de ser la inocencia de Balthus, a la mujer consistente de Klimt, para llegar a la opulencia de Tiziano. ¿Es la evolución lógica de toda mujer?

No, sólo de este personaje. Ella es una mujer con muchas ganas de vivirlo todo, de disfrutarlo todo y sin ningún tabú de tipo moral y con sus experiencias en la cama y las que tiene con Teo como marido la llevan no diría a ser más desvergonzada que es un término negativo, si no con capacidad de juego y de aprender cosas nuevas. Y yo creo que normalmente cuando uno es más joven es más tímido y luego, también en la cama, es más abierto y más desinhibido.

¿De dónde partiste para escribir “Las manos de Velázquez”?

Al principio era una idea muy abstracta que perfilé al volver a estudiar a Velázquez, para no meter la pata, porque siendo un profesor de Universidad no podía ser un tipo que diga tonterías, para que lo que diga esté sólidamente demostrado.

Aparte de eso lo que quería contar es qué pasa cuando un hombre que se ha casado con una mujer mayor, con una vida bastante regulada, de repente rompe ese matrimonio y qué ocurre cinco años después cuando la diferencia de edad con su nueva pareja es tan grande. Ése era el punto de partida y a partir de ahí fui construyendo sobre la marcha dejándome llevar por las propias imágenes.

El protagonista no es un hombre de moda: no es ni joven, ni guapo, ni está en su mejor momento…

No es un metrosexual, es un hombre corriente  que se ha dedicado a la investigación, lo que le calma mucho. No es un perdedor, pero es un hombre por otra parte airado, porque tampoco se siente reconocido del todo. Está en ese momento en que cualquier cosa de fuera que te devuelva la energía te tienta. Por eso cuando conoce a Mónica se siente fascinado, porque evidentemente una relación con una mujer joven te devuelve muchos estímulos y mucha juventud.

¿Has recontado el número de rostros o referencias pictóricas de la novela?

(Se ríe) No, no lo he hecho, pero son bastantes.

Y también bastantes recorridos por Madrid e Italia…,¿una invitación al viaje?

No quería hacer una novela sobre Madrid, pero luego cuando ya está hecha me he dado cuenta que es un recorrido por Madrid, por las zonas que yo amo, también por Sevilla y desde luego por Nápoles…, porque él tiene un poco el sueño de volver adonde Velázquez estuvo –la formación del pintor, tanto en lo artístico como en lo personal se debe a esos dos viajes a Italia-.

Se percibe ese cambio del brillo inicial a una paulatina oscuridad…

Lo que está claro es que Velázquez no quería volver. El rey le envió varias cartas conminándole a regresar, para que acelerase su vuelta y él hizo lo posible para demorarse, hasta que ya no pudo más. Realmente en Italia el trato a los artistas era muy diferente al de España, donde los nobles eran una minoría bastante cutre, con algún interés de coleccionista, pero no se valoraba al artista. Él era más valorado como aposentador de palacio que como pintor del rey.

¿Qué hay de cierto en la historia de Artemisa y Velázquez?

Es una hipótesis verosímil. Todo lo que no está documentado, Teo se lo discute a sí mismo, a pesar de que no son más que intuiciones, pero que pueden estar perfectamente fundamentadas por las coincidencias de las fechas, por el tipo de paleta con que vuelve. Son investigaciones personales de Teo…

Y tuyas, quizá…

Sí, claro (vuelve a sonreír abiertamente). Evidentemente detrás de ese estudio de Teo hay intuiciones de Lourdes Ortiz que pueden ser o no demostrables, pero que no son arriesgadas.

¿Qué opinan los puristas?

Tuve la suerte de que presentara Paco Calvo el libro. Yo tenía mucho miedo, porque al ser un hombre tan riguroso y tan conocedor del Barroco, pudiera encontrar alguna pega. Me emocionó la presentación por el elogio que hizo del libro y luego porque hablando con él me confirmó que todo lo que se dice es absolutamente correcto. Realmente hay una investigación detrás bastante sólida.

Teo es un celotípico al que equiparas a Vulcano…

Él se autocastiga muchas veces, se ve fuera de onda y cuando se intenta poner al ritmo del otro se da cuenta de que están en una edad y unas edades diferentes. Está harto de inauguraciones y del trato social y del trato social y lo que le apetece es estar con Mónica en su casa tranquilamente estudiando.

Se nota un ritmo vertiginoso en el fluir de pensamiento de Teo, quizá el tuyo al dejar la docencia…

Cada novela te plantea unas necesidades diferentes y en ésta no quería someterme a un esquema previo si no amoldarme en función del personaje y de la relación que estaba contando. Supongo que es un largo monólogo de Teo, a veces en primera persona, en segunda o en tercera, pero todo a través del tamiz de su cabeza.

Un poco asfixiante en ocasiones y con pasajes casi versificados…

Sí, pero el pensamiento es un poco así. A veces te enredas en pequeñas cosas y desembocas en otras que no te esperas. Hay que tener en cuenta que gran parte del libro lo pasa solo.

¿Qué han dicho los críticos?

Hasta ahora sólo he leído una muy amable. Lo que da pena es no tanto lo que digan , si no las pocas que salen de un libro. Uno está mucho tiempo trabajando en una novela y luego la vida en las estanterías es muy breve, y si no hay unas críticas que lo sostengan el libro muere pronto. A veces por intereses económicos o de grupo editorial o te ningunean o te olvidan.

¿Por qué elegiste las manos y no el aire o la mirada de Velázquez? ¿Tal vez por esa artesanía de la que hablas en el libro?

Al final en esa conferencia que está dando en El Escorial comparando en las filminas las manos de Velázquez con las de Rembrandt es cuando se desmorona y piensa en las manos de Mónica que es lo que le importa más que cualquier otra cosa.

Es aquello de mancharse las manos con el arte…

Él intenta explicar cómo Rembrandt difumina las manos, mientras que el rostro es lo que le importa, mientras que él cuando se retrata pinta en cambio esa manos que se mueven, quizá porque precisamente quiere reivindicar que un trabajo manual puede ser tan digno como cualquier otro. En España eso era una mancha, el trabajo manual prohibía la hidalguía mientras que en Italia o en Holanda no. La mirada del pintor es una mezcla de las dos, selectiva, que atrapa los retratos, pero también los paisajes, pero también necesita la técnica y la agilidad que la dan las manos. La síntesis del pintor es un trabajo mental.

Intentas aterrizar esa genialidad de Velázquez, ese funcionario perezoso…

Es lo sorprendente de la personalidad de este hombre al que describen muchos de los que le visitan así, como un funcionario perezoso, minucioso, lento y capaz de atrapar al alma del otro.

¿Preparas ya otra novela?

No, estoy en ese momento de sequía, quizá porque ha tardado mucho en aparecer la novela y hasta que no se presenta no te libras de ella. Ahora estoy con ese miedo que tenemos os escritores de que se haya secado la fuente y no venga otra vez la inspiración.

Tu reconocimiento está claro al menos por esas tertulias literarias de las que eres asidua…

Lo importante cuando sale un libro es que la gente que te sigue se entere. Tal y como está el negocio editorial de la distribución es muy complicado. Tengo un número de lectores fieles que me siguen, pero siempre es agradable que se amplíe. Me encantaría que disfrutaran con todos los matices de la novela, tanto como yo al escribirla y la hiciera suya. Dijo Paco Calvo que él amaba sólo aquellos libros que transforman al lector como ésta

Anuncios