La república de Maquiavelo

maquiavelo “Educarse virtuosamente a uno mismo para la acción”, ése y no todas esas tropelías interpretativas es uno de los mensajes del que fuera secretario de la Segunda Chancillería y los hagiógrafos eclesiásticos convirtieran en uno de los volúmenes del Index Prohibitorum. El motivo de tanto encono deviene de esa crítica a la molicie imperante, pero no al modo apocalíptico de Savonarola, si no como antesala de la debilidad, la ausencia de liderazgo y el desorden.

Nicolás, en realidad, era un hijo de Comte a su manera, cuya religión era la del principado ex novo, como creación unipersonal en la que inserta las nociones republicanas de conflicto, cooperación y pluralidad. Aunque tanto amor por el correcto proceder no lo aplique más que en la res publica, porque como recuerdan los autores el “Machia” es hombre de varios amores, de hábitos ciudadanos, para el que el peor de los castigos es condenarle al regreso a la zafiedad de Sant Andrea. Allí es donde vemos al verdadero hombre político que, para sus labores cotidianas se sumerge en el barro de ls circunstancias, adecentándose para retornar a la vida elegante de las formas, si bien reconocer que la ciudad puede perecer víctima del mundo medieval en retroceso y el mundo del comercio en ascenso. Además de exponernos la teórica sobre el florentino, los autores salvan al incomprendido analista de la acción política desde las dificultades que enfrenta la falta de legitimidad del principado nuevo, su saber sacar la cabeza en la restauración de los Médici y en especial por saber reconvertir en conocimiento lo que aprende de los buenos que supieron sacar a los suyos del atolladero. Todo sazonado con citas suficientes para no divagar sobre la figura y divertir al lector, con anecdotario como su ojeriza a los mercenarios, la coincidencia con Leonardo, sus amores con la Riccia…, pese a la clarividencia del italiano, para dotarle de una carne que pocas veces encontramos en otras pinturas del humanista.

Alicia González

La república de Maquiavelo

Rafael del Águila y Sandra Chaparro

Tecnos. Madrid, 2006

287 páginas