La de Bringas

La de Bringas es una de las novelas contemporáneas que, junto con Centeno y Tormento, se dedica a lo que José F. Montesinos denomina “la locura crematística” de personajes que, llevados por su ilimitada envidia y ambiciones, degeneran en una peripecia de incongruencia entre su status de vida real y el que presentan de cara a la galería en un Madrid de meritócratas vacuos. En esta obra el autor recurre a una situación extrema para exponernos ese planteamiento al hacernos recorrer los pasillos del Palacio Real donde coinciden la verdadera aristocracia con seres pusilánimes como Rosalía, que se entregan a un mundo de apariencia y con él a su desgracia, poniendo como excusa que todo ese esfuerzo por seguir las modas se debe a su voluntad de “[…] honrar a su marido honrándose a sí propia […]”, y a los hijos a los que embellece como “corderos de rifa”. Un modo de que podamos contemplar los usos que se siguen en palacio, donde cualquier pretexto es bueno para echarse a los pies de la Reina y conseguir unos reales gracias a la munificencia de Su Majestad, lo que al tiempo le permite al novelista ponernos al día sobre acontecimientos previos a la Revolución del 68, como la Noche de San Daniel, fruto de ese “rasgo” de la soberana la represión ejercida en tiempos de crisis y transición a una nueva estructura social capitalista que va dejando víctimas como Rosalía a su paso, aunque ella crea controlar los entresijos de un sistema en el que “Guardar dinero de aquel modo, sin obtener de él ningún producto, ¿no era una tontería?”. La anécdota en esta ocasión es un amor desmedido por el engalanamiento que tiene la esposa de este falso Thiers, entregado a patéticas obras de artesanía romanticoides para apoyar la renqueante economía doméstica. Una afición a la que la arroja el primer regalo de Agustín Caballero y al que da candela la proximidad de Milagros, siempre oscilante entre ser la que marca la pauta del buen gusto y la perpetua conseguidora de favores, pese a que Bringas y el resto de la ciudad al parecer sean sabedores de las artes trapaceras de la Tellería (“Ya no hay incautos que fíen a esa gente el valor de dos reales. La casta de los bobos se va acabando a fuerza de recibir chascos.[…]”. El exceso de rigorismo del economista (“Bien, bien, para fomentar vicios; para eso estamos.[…]”, reprendiendo, salvo excepciones como la eventual ceguera que padece, constantemente a su señora, propicia que Rosalía, la mujerona protagonista de este cuento de la lechera puesto al día, se entregue a una pasión que la incomoda, pero que halaga sus oídos con los cumplidos que su marido no le hace y promete el amparo monetario que pueda requerir y que encuentra en el farragoso Manuel Pez, desesperado por el casto fervor de su religiosa santa. Relaciones que Galdós utiliza para hablar de la falta de autenticidad en los sentimientos de estas mujeres insatisfechas (“Aquel muñeco (Bringas) hízola madre de cuatro hijos, uno de los cuales había muerto en la lactancia. Ella los quería entrañablemente, y gracias a esto, iba creciendo el vivo aprecio que el muñeco había llegado a inspirarle… […]“) que deben refugiarse en el Camón como la Anita Ozores de La Regenta en sus divagaciones perpetuas. Finalmente la historia de la Pipaón, una pícara del XVI actualizada, es sin duda un retrato de la mujer en la segunda mitad del siglo XIX, obligada a una dependencia económica y emocional del hombre, y que, pese a lo lianta que resulta ser la Rosalía del salón Gasparini, muestra a un Galdós abiertamente feminista (“Acometerla sólo era como encaramarse a las cimas del heroísmo”), con esa mujer que se abandona a sus deseos más prosaicos, como el que la induce a comprarse zarandajas, pero que se enfrenta a la autoridad conyugal de manera decidida, mientras es seducida por la consumista Milagros, aunque a los ojos de Francisco Bringas sea la juiciosa esposa que por las noches echa pestes del dispendio de los otros. 

Aunque inicialmente podría parecernos que el narrador omnisciente que de modo circular abre y cierra la lectura es el propio Benito Pérez Galdós se trata de un personaje secundario que otorga distancia a la trama al situarse en una posición de objetividad semejante a la que pudiera tener el autor. De este modo, en el capítulo I se muestra muy prolijo a la hora de describirnos lo decadente y esperpéntico de la obra maestra de Bringas, ese cenotafio de pelo, a la moda de otro tiempo que se empeña en componer para agradecer favores a los Pez sin ser gravoso para la paz doméstica. No obstante, esta pretensión de mantenerse en calidad de mero observador como intenta al comienzo del capítulo VI (“[…] quiero quitar de esta relación el estorbo de mi personalidad, lo que lograré explicando el objeto de mi visita al señor de Bringas.[…]”) queda rota porque el narrador va desgranando a lo largo de la novela sus valoraciones morales sobre el comportamiento de la opulenta en carnes protagonista, vista como uno de esos figurines del cuarto de costura “que parecen vestidas de papel y se miran unas a otras con fisonomía de imbecilidad”. Para el narrador estas querencias femeninas son el resumen de todos los males que padece la sociedad, llegando a comparar ese deseo de aparentar con la manzana de Eva que destruye civilizaciones, es decir, trastoca el orden familiar en el que el cabeza de familia, Bringas, será sustituido por una nueva gobernanta de la legislación doméstica, la adúltera que ha aprendido lo mejor de las técnicas de su “prima” Refugio. Con esta caída moral de la protagonista Galdós quizá sutilmente se suma a las voces que culpaban a la reina Isabel II, de disoluta vida amorosa, de los desmanes acaecidos durante su reinado. Igualmente, el narrador se arriesga a entrar en escena de nuevo durante una velada en la vivienda de doña Tula para dar sus impresiones sobre el señor de Pez, su amigo según afirma en el capítulo final: “Por mi parte, confieso que el modo de hablar de aquel señor tan guapín y de palabras tan bien medidas, ejercía no sé qué acción narcótica sobre mis nervios”. Del capítulo final leemos de pasada que ese narrador, bien posicionado en los nuevos estamentos revolucionarios, que lo ha sabido todo hasta el punto de contarnos desde la cursilería del cuadro con sauces y columnas bajo la luna a la degradación de Rosalía, ha tenido efímero contacto carnal con ella (“Quiso repetir las pruebas de su ruinosa amistad, mas yo me apresuré a ponerles punto […]”), tras anticiparnos que la Pipaón se considera orgulloso baluarte de una familia que tras la revolución abandona ese palacio que le quedaba tan grande a sus aspiraciones. Por otro lado, apuntar que la autorreferencialidad de este narrador –José Ido, según los críticos- hace difícil al lector actual seguir la acción al comienzo de la obra, aunque que debemos pensar en que estaba escrita para los seguidores fieles de Galdós que ya conocían de sobra su mundo narrativo. No es por tanto, una voz que juzga a los personajes con frialdad, sino que va aportando matices sobre las debilidades y grandezas de los mismos, entrando en la acción dramática sin mayores dificultades. Y el papel introductorio que juega en el capítulo XXXVIII que cuenta el paseo de Rosalía por entre el Madrid mundano, preludio de su definitiva caída, mortificada por el “olor de humanidad y de guisotes”, empujada hacia el arroyo en su huída y con una cierta sensualidad en este peregrinar en que observa “[…]con delicia las mangas de riego, sintiendo ganas de recibir la ducha en sus propias carnes […]”. 

Con la fina ironía del novelista podríamos llegar a concluir que en esta España convulsa la única forma de sobreponerse a los cambios que se están produciendo es la de sacar el máximo partido a nuestros recursos, por rechazados socialmente que estén ciertas conductas libertinas. Para ello Galdós nos deposita directamente en las cloacas del reino para que contemplemos la miseria moral en que viven todos los parásitos de esa Corte en descomposición que es la de Isabel II. Un momento histórico en el que los melancólicos idealistas como Bringas, comparable al don Lope de Tristana, han quedado desfasados y donde la economía se está transformando, sembrando de cadáveres los salones donde se mueven gentes como los habitantes de este palacio, arrollados por una burguesía incipiente a la que hay que convencer de que se está a su altura, manejando los mismos trampantojos que Rosalía, aunque le causen el quebranto de tener que recurrir en su viacrucis al prestamista Torres, luego a Torquemada –descripción que aprovecha el autor para filtrar alguna irreverencia más- y cayendo por dos veces ante las parientes pobres a las que ha vilipendiado, primero Amparo, con el frustrado viaje a Arcachón y luego a esa mujer de dudosa catadura a sus ojos antes que es Refugio y que ahora se resarce del desprecio de antaño, mientras de lejos vemos a Francisco Bringas en la inopia, anclado en su mundo de ahorro medieval. Aparte de este contexto económico tenemos también digresiones sobre lo que acontece en la Corte con la “obcecada política de González Bravo, que en boca de Pez, por especial disposición de su ánimo, tomaba un tinte muy pesimista.[…]”. En esta visita del pretendiente de Rosalía a su confiado amigo Galdós aprovecha para hacer acopio de datos que sirven al lector para conocer la hondura de la catástrofe que rodea a esta isla que es el palacio con el encarcelamiento de los generales y el duque de Montpensier, las pretensiones revolucionarias que encuentran en La Iberia su órgano de expresión, el optimismo que genera en Bringas el orden que representa la Unión Liberal, que según sus propias palabras “ayuda a los revolucionarios”. De rondón, conocemos también en este capítulo los enjuagues de las clases pudientes o bien relacionadas para quedar exentas de la necesidad de contrabandear en sus salidas al extranjero, con motivo del viaje de los Pez a San Sebastián y las tertulias que se celebraban por aquel entonces en las que el asistente se ponía al tanto sobre los avances de Prim, la visita de la Reina a Lequeitio o el encuentro de el Niño Terso con el Tigre del Maestrazgo. Ya en el capítulo XLVIII vemos como la sublevación de La Marina tiene un efecto brutal sobre el estado de ánimo del marido de la protagonista, tan afectado que “Si en aquellos días se viste su mujer de Emperatriz de Golconda, la mira y se queda tan fresco.[…]”, mientras que Rosalía ve el cambio de situación como una bocanada de aire fresco, una oportunidad, ya que “vendrían otros tiempos, otro modo de ser, algo nuevo, estupendo y que diera juego.[…]”, optimismo que termina con la frase lapidaria de Bringas tras lo de Alcolea: “Resignación. Las turbas no tardarán en invadir esta casa para saquearla… No perdonarán a nadie. Mostrémonos dignos, aceptemos el martirio.[…]”. Galdós no puede reprimir la vena crítica una vez más al apostillar más adelante: “Parecía que la institución monárquica dormía aún en él, tranquila y sosegada, como en los buenos tiempos. […]”, fiada quizá de que, lejos de los gloriosos hombres de las revueltas de otros países, los insurgentes patrios no son más que pobres hombres, unos “angelotes” que en breve se verán inmersos a dar continuidad a la maquinaria burocrática que mantendrá todo sin alteraciones. Pero no será como Bringas augura y será él mismo quien en su postura de caballero a la antigua usanza renunciará a su hogar pues “quería manifestar a la revolución su desprecio, desalojando en seguida la vivienda que no les pertenecía”, con lo que incide en que esa mesocracia a la que Rosalía cree pertenecer no es más que fatuidad insana. Entre tanto, disfrutamos con la actitud de Pez que, como su nombre indica sabrá moverse en las aguas turbulentas del “[…]Gobierno provisional (donde) tampoco le faltaban amistades y parentescos y dondequiera que volvía mi amigo sus ojos, veía caras pisciformes.[…]”. Junto a ello, y los arriba citados eventos de la Noche de San Daniel y la infructuosa venta de Lo Reservado del Jardín del Retiro, Galdós espolvorea interesantes datos cotidianos de la vida de la época como las menciones al bazar Scropp de la calle Montera, la moda parisina de Worth o Sobrino Hermanos, los restaurantes de Bonelli y Trouchín, la tienda de telas de Rotondo, los baños de Archena a los que marcha Pez y las aguas de Cestona a las que se niega a ir Bringas, siguiendo su férrea política de ahorro, entre otros, aparte del sinfín de detalles que nos aporta para conocer pormenorizadamente los cánones del buen gusto en el vestir para no vestir como dice Rosalía de “tarasca”, en la cómica definición que hace el empleado en la Intendencia del Patrimonio. En realidad Galdós precede a Unamuno en ese trayecto por la intrahistoria de los seres humanos que en La de Bringas aúna la peripecia de los habitantes del Palacio de Oriente con la revolución de los septembristas que deja desamparados a los parásitos de la Corte, frente a los rencores de figuras como la de Refugio, hábil en el uso de un cotilleo “sin importancia” de la Tellería para apear a la Pipaón de sus ínfulas.

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