La verdad sobre el caso Savolta

mendoza.jpg La novela a partir de 1975 experimenta un crecimiento exponencial, gracias al giro hacia temas más ligeros en los que prima el entretenimiento por encima de la reflexión como es el caso de la novela histórica, la novela negra o el memorialismo, entre otros, frente al denso realismo de los años de la dictadura.

Entre las tendencias dominantes de la narrativa posterior a 1975 debemos situar a los continuadores de la corriente realista que imprimen en ella una nueva visión y modo de fabular donde caben los relatos que bifurcan el hilo argumental, un importante sustrato documental de las acciones y personajes habitualmente marginados por su desorientación o su situación social, tramas lineales y los recursos de la tendencia experimental filtrados por un realismo que no prescinde del entorno rural, pese a ser básicamente una novela de ciudad.

Otra de las corrientes del momento se instaura debido a la entrada en España de traducciones de los maestros del género policíaco, pero acomodándose a la idiosincrasia de nuestra realidad, con un lenguaje más cuidado y un compromiso ético donde se insertan claves del momento sociopolítico de la transición, unidos al carácter propiamente lúdico de estas historias de crímenes. Dentro de ella insertaríamos a Eduardo Mendoza y el libro objeto de estudio, “La verdad sobre el caso Savolta”, que no obstante, emplea las herramientas de la novela histórica para hacer más atractiva la narración situada a principios del siglo pasado, mediante detalles tan concretos como el carnet del partido Republicano Reformista que agita Perico Serramadriles, los atentados  anarquistas que sazonan la acción o los discursos proletarios de Pajarito de Soto, con retazos de documentos policiales inventados y reseñas de periódico que dan un barniz de veracidad a los hechos contados. Igualmente la multiplicidad de relatos intercalados podría aproximar al autor a la corriente del realismo sucio, si bien carece de esa falta de rumbo y hedonismo propio de esta última generación de autores o al realismo renovado de firmas como José María Merino o Juan José Millás.

El barcelonés no duda en elaborar su novela aprovechando la apariencia folletinesca remedando el género vigente durante la época en la que se desarrolla la acción, incorporando elementos de la crónica de sucesos, una descacharrante historia de amor –la de Javier y María Coral y Lepprince, el tercero en un triángulo inesperado-, incluso los motivos sociales pero llevados al pasado, para criticar ese falso sindicalismo de Mano de hierro o la despótica actitud del empresariado de la alta burguesía catalana.

Con más pretensiones de intrascendencia encontramos la novela histórica en la que se ahonda en ese feroz documentalismo de los autores realistas, aunque separándose del objetivismo clásico a través de los hechos que se decide narrar y la perspectiva ideológica del narrador. Dependiendo de que impere el criterio de la verosimilitud o el deseo de crear verdades dispares de las oficiales, se da una novela  que persigue la historia como sólido referente o tan sólo como motivo para dar rienda suelta a una imaginación frecuentemente de tintes hilarantes.

Más hipertextual que las anteriores es la vertiente metafictiva que adoptan algunos novelistas para realizar un autoanálisis, heredero de los afanes experimentalistas de los sesenta, pero con una mayor convencionalidad en las propuestas recurriendo a personajes que disertan sobre la literatura o mediante referencias culturalistas interrumpiendo el normal desarrollo de las tramas supuestamente centrales y que en los autores nacidos en torno a 1965 adquiere matices más intimistas.

Por último, los escritores del llamado realismo sucio construyen sus narraciones sobre personajes jóvenes desintegrados que sólo obtienen placer con una mezcla de sustancias excitantes, cultura audiovisual y sexo en una novela fragmentaria, de lenguaje coloquial y trivial en su sintaxis plasmado principalmente en forma dialogada.

Miranda es un personaje semejante al protagonista de “El árbol de la ciencia” de Baroja, no sólo por las similitudes entre la apatía de Andrés Hurtado y el vallisoletano ante la vida, sino por esos matrimonios frustrados en esencia con Lulú uno, con María Coral, el otro y eso a pesar de que el objetivo último de ambos finalmente está en llegar a la meca del cine para tomar distancia de la sordidez que les ha rodeado en la Ciudad Condal. Lógicamente a Miranda le falta la reflexión filosófica sobre su existencia y supera sus contradicciones morales dejándose arrastrar por una silenciosa ambición que se resume en no volver a la vida provinciana de su tierra a la que intenta escapar inútilmente. Su ambigüedad reside sobre todo en su negación de clase, porque, perteneciendo al mundo de los obreros, ya que es un oficinista, su nivel de vida y los tugurios que frecuenta le colocarían más en el lumpen proletariado que en la clase media a la que intenta agarrarse sea como sea. Desde ese conflicto interior del que no puede ser el señorito bien que espera su familia sus deseos lo conectan con su yo más primitivo, complaciéndose en el espectáculo cabaretero de la que será su esposa. Y en esa contradicción se compadece de Pajarito de Soto, al que sin embargo, colabora a asesinar, y de Nemesio Cabra Gómez, repudiado por los de su clase, ante la sospecha de traición y transformado en una especie de profeta al que nadie atiende. Todo eso mientras sirve dócilmente al fingidamente mortecino abogado Cortabanyes y acompaña en sus fechorías al delincuente de guante blanco Lepprince o rinde pleitesía a la heroína decimonónica, María Rosa Savolta. Además, su propia boda con María Coral desentona con ese futuro en ningún momento meditado en voz alta para el lector, pero intuido por sus movimientos profesionales, en el que tal vez le hubiera sido preferible buscar una muchacha más acorde con esas pretensiones, incluso optando sin esperanza a la mano de alguna hija de gran empresario y no seducir o dejar engatusar por mujeres como Teresa, símbolo de la obrera a la que la desgracia no suelta de sus garras o María Coral, entregada a otro por amor y por interés a Miranda.

Por su parte, Lepprince no considero que resulte desconcertante, puesto que sus actuaciones parecen estar perfectamente diseñadas de antemano, con la finalidad de convertirse en el propietario y no en el segundón del negocio. Para ello, desde luego, no son óbice sus amoríos con María Coral, a la que mantiene convenientemente instalada en un matrimonio estable y decente, con el que además crea una relación de amistad fraterna para que ni Miranda ni María Rosa intuyan la mentira sobre la que han edificado esas familias oficiales. Paul André Lepprince es el ídolo para cualquier desclasado y el partido ideal para cualquier jovencita de la buena sociedad, con sus maneras sofisticadas, su saber hacer en los negocios, la prudencia con que maneja los hilos desde bambalinas evitando estar nunca directamente implicado en la sucesión de crímenes y en cambio, siendo el brazo ejecutor de empresarios sin escrúpulos que buscan en su inteligencia la solución al ambiente prerrevolucionario que se vive en la Barcelona de 1917. Probablemente lo que descoloca en su figura es esa afición por la mugre y la salacidad que destila la gitanilla María Coral con la que da rienda suelta a sus más bajos instintos. Un desconcierto innecesario si pensamos que es en esta vida marginal donde Lepprince se muestra como es, completando ese perfil psicológico al que la ética le sobra en su ascensión por la escala social y que provoca esa catarata de muertes junto a Max, su secuaz en el crimen, para hacerse con un negocio cuyos cimientos son igualmente los de la sangre, el tráfico de armas.

María Coral más que compleja es una mujer decidida, un personaje al que Mendoza trata con cierto mimo y que le permite encauzar las acciones desde el final que sería previsible, hasta la conclusión real de esta novela en la que por ella Javier Miranda descarta su permanencia en Barcelona para marchar a EEUU en busca de ese futuro en el que pesa más el amor que el ansia de medrar. Seguramente para ser una gitanilla, de profesión sus labores en el cabaret y aledaños, el autor le concede una capacidad de maniobra y decisión que por el contrario le niega a la hija del gran empresario. Por oposición a ésta, María Coral es personaje de redaños, que sabe lo que quiere y que no duda en acatar esa boda tramposa para alcanzar esa estabilidad que sus circunstancias de partida podrían haberle negado o en huir de la brutal compañía de los dos forzudos. Cabría cuestionar si el afecto que siente por el fatuo Lepprince es más un deslumbramiento por lo que él puede significar en su vida que una pasión verdadera y si la repulsión con que se comporta con Miranda es en todo momento tal cual, dado que las situaciones podrían hacernos pensar en fisuras en esa distancia que marca. Una mujer inculta, pero muy sexual, por la que volverse loco como el francés, pese a las distancias sociales que los separan y a la que vemos con dificultad en ese mundo de burgueses como una más, aceptada sin más, cuando estas esferas se caracterizan precisamente por una cruel endogamia impermeable a nuevas adquisiciones que se han aireado medio desnudas en la noche portuaria y en las habitaciones La Julia por muy amparadas que estén por el subalterno de turno como es el caso de Javier y dándole un toque de folletón a la historia.

Una de las características de la novela negra es el uso de la primera persona, habitualmente un detective, que nos conduce a través de los vericuetos del hallazgo del cadáver, las indagaciones sobre los sospechosos, hasta recalar en el feliz desenlace. En este caso el narrador principal es además, criminal, juez y parte de esta serie de asesinatos políticos en los que participa como observador o como colaborador necesario. En ese sentido, es frecuente que el protagonista sea un investigador perteneciente a una clase social diferente a la de los ambientes en los que le toca sumergirse, lo mismo que Javier Miranda, intruso entre los industriales, amigo sobrevenido de Lepprince, por el interés que tiene éste de disponer de un hombre de paja para todas sus añagazas.

Otro de los rasgos es el empleo de material documental con el objetivo de dar a la narración aspecto de validez oficial como sucede con las declaraciones tomadas a Javier Miranda, las cartas del comisario Vázquez al sargento Totorno y viceversa y del comisario a las instituciones o las de dos desarrapados como Nemesio y Pajarito o las encontradas en el domicilio de Nicolás Claudedeu, en las que se indica la necesaria traducción al inglés para situar al lector, que inculpan supuestos grupos anarquistas, fichas policiales como la de Andrés Nin o artículos periodísticos reflejando la lucha de clases, minimizada al nivel de la delincuencia y restando toda la carga ideológica como pudiera suceder durante el franquismo con reivindicaciones similares, eliminando toda parte de responsabilidad en los causantes del malestar, los integrantes de la clase dominante.

La presencia del comisario Vázquez es también otra herramienta usual en las novelas negras actuando como contraste de la versión de Miranda y efectuando las debidas indagaciones de carácter oficialista que nos facilitan enterarnos del alcance al más alto nivel de los contactos del marido de María Rosa. Como lo es la técnica del flash-back casi cinematográfico y constante en “La verdad sobre el caso Savolta” y que proporciona gran agilidad al texto –junto al perspectivismo mencionado- y permitiendo convertir lo que podría haber sido una crónica sucesiva de hechos luctuosos en un misterio donde las claves se van sembrando a lo largo de toda la narración para que el lector no se pueda distraer hasta el último instante.

También tenemos a personajes secundarios como Rosita la idealista que no debe faltar para que completemos el cuadro de ese mundo de la prostitución del que María Coral es su cara más amable o Nemesio, el soplón de la policía y Max, el matón desaforado que traiciona a su pagador, aparte de la retahíla de asesinatos, chantajes  e intimidaciones alrededor de los cuales se configura esta historia sórdida de nocturnidades y falsas lealtades donde la justicia termina triunfando sin pena ni gloria como es común en el escepticismo de historias como las que protagoniza Philip Marlowe.

Alicia González

La verdad sobre el caso Savolta

Eduardo Mendoza

Seix Barral, Barcelona

448 páginas

8,50

 

 

 

 

 

 

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