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LIBROS - LARRA: ARTICULOS En el número de 26 de febrero de 1828 de El duende satírico del día, Mariano José de Larra hace su profesión de fe sobre lo que le conduce a la crítica de “[…] los abusos, las ridiculeces; en definitiva, lo mucho que hay que criticar?[…]” en una conversación con el librero de nuestro autor. Más concretamente en los textos de índole costumbrista el madrileño ataca la falta de educación de los jóvenes en artículos como “El casarse pronto y mal”, aparecido en El pobrecito hablador en noviembre de 1832 que en algunos pasajes nos recuerda a los tonos empleados más adelante por Jardiel Poncela de conversación cortés, “¿Entre qué gentes estamos?” que recurre a la argucia de un personaje francés para darle la réplica a su estupefacción sobre los malos modales de los españoles, en “Cartas a Andrés escritas desde las Batuecas” cantando a la nescencia en esos consejos a su amigo (“¡O felicidad la de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber!”) o en “La educación de entonces”, entre otros.

Otro de los objetivos de los dardos de Larra es la hipocresía social como en “La sociedad” donde asevera que “En una palabra, en esta sociedad de ociosos y habladores nunca se concibe la idea de que puedas hacer nada inocente, ni con buen fin, ni aún sin fin […]” o en “La vida de Madrid”, confesión de cómo se hace de la virtud del engaño aprovechamiento en su profesión, achacándose una hipocresía que la sátira del texto revela paradójica: “ ‘Soy periodista; paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor público, en escribir lo que no pienso y en hacer creer a los demás lo que no creo. ¡Como sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida está reducida a querer decir lo que los otros no quieren oír.’[…]”. Pero también en “El castellano viejo” donde declara: “Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que, para dar y recibir cada plato, nos aburrimos unos a otros. […]”.  

Pero Mariano José de Larra no se conforma con embestir contra los usos sociales más o menos demodé como hace con “El duelo” ([…] había expirado un hombre útil a la sociedad. Carlos había caído, pero habían quedado en pie su mujer y su honor. […]”) , sino que combate la pena de muerte con un claro alegato en contra de esa costumbre bárbara al afirmar “Pienso sólo en la sangre inocente que ha manchado la plazuela; en la que la manchará todavía […]” y al final del artículo con “’La sociedad, exclamé, estará ya satisfecha: ya ha muerto un hombre’”, en “Un reo de muerte” o “Los barateros”, que con la excusa de la sentencia a muerte de los hombres que cobraban el barato de los jugadores, le sirve para hacer un llamamiento a ese pueblo dormido: “¿Y de qué te quejas, pueblo? ¿No renuncias a tus derechos en el acto de no reclamarlos? ¿No lo autorizas todo sufriéndolo todo?”.

Larra no se detiene en lo más chusco del escalafón como hace en “Los calaveras”, donde aborda las subclases de este prototipo según su mayor o menor asilvestramiento y analiza los porqués de esos males endémicos que aquejan al país como la parsimonia en la atención de los burócratas de “Vuelva usted mañana”, pero también la emprende contra el afán de crítica de “[…] los españoles que han viajado por el extranjero (que) han adquirido la costumbre de hablar mal siempre de su país por hacerse superiores a sus compatriotas. […]” o un tema de plena vigencia como el de la inmigración (“Ese extranjero que se establece en esta país no viene a sacar dinero de él […] necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años ni es extranjero ya ni puede serlo; […] Convencidos de estas importante verdades, todos los Gobierno sabios y prudentes han llamado a sí  los extranjeros […]”.

En el artículo publicado en La revista española el 30 de abril de 1833 Larra, convertido en su sosías Fígaro dialogo con don Periquito, representante de esa cultura extendida de ser despreciativo hacia lo propio, pese al desconocimiento de lo ajeno. Así, el articulista critica la obsesión de lo que cataloga ya como “[…] una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general?”. Con este proemio sobre el abuso de las frases hechas el autor pasa a desgranar los motivos de este error mediante un a especie de conversación peripatética con su amigo en la que comienzan a salir a la luz los lugares comunes de lo que denomina “el medio saber (que) reina entre nosotros[…]”.

La primera alusión crítica de don Periquito es al mal servicio de los restaurantes, tras la que Fígaro se decide a tomar la jornada como trabajo de campo sobre “aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver[…]”, en referencia a lo moribundo de las opiniones de quienes recelan de todo sin haber conocido nada más. El segundo objeto de las iras del acompañante de Fígaro serán las intrigas que rigen los otorgamientos de cargos y distinciones, si bien el autor matiza que el empleo que don Periquito reclama por derecho “había sido dado a un hombre de más luces que él”, tras ironizar con los santos varones de Francia e Inglaterra que pueblan los ministerios públicos. Seguidamente recalan en una librería, lo que le permite al petulante joven, iletrado en francés e inglés, soltar la lengua sobre la incultura nacional (“En este país no se puede escribir. En España nada se vende; vegetamos en la ignorancia.[…]”) a lo que Fígaro rebate diciendo “Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos”. Después de esto don Periquito se acelera en su denostación de todo lo patrio atacando la limpieza en las calles, la ausencia de seguridad ciudadana, la afición al latrocinio, la miseria que nos rodea, la carencia de salas teatrales, las condiciones de los cafés o de fondas y caminos para el amante de los viajes.

La lengua afilada de este Periquito no tiene fin, pero Mariano José de Larra le pone bocado recontando los adelantos y “la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio” y proponiendo borrar la expresión denigrante mencionada desde la creencia firme en las posibilidades de España, pese a la reiterada acusación en su contra de afrancesamiento (“Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles.”).

En lo ideológico, Larra se debela un reformista, revolucionario y agitador de conciencias que demanda un compromiso de la sociedad para ese cambio por todos deseado desde la ironía, ridiculizando incluso lo más trágico del carácter español. En lo estético, Fígaro se manifiesta continuador del didactismo de los ilustrados, con el juego de la anécdota que remata siempre en un tono moralizante y que puede resultar pedante, sobre todo al que se sitúe al otro lado de la mira telescópica de su carabina dialéctica. No obstante, también encontramos imágenes más zafias que retratan el costumbrismo en el que se inscribe su modo de literatura con una exposición amena, plagada de sucedidos y diálogos frescos, en los que la exclamación y la interjección o las reflexiones entre dientres son bienvenidas.

Entre los recursos más frecuentemente utilizados por el autor está el de la enumeración negativa y la repetición, donde la hipérbole nos lleva a la creación de personajes caricaturescos como el don Periquito que parlotea sin cesar de los vicios de sus convecinos. Por otra parte, Larra es un entusiasta del perspectivismo que ya usara José de Cadalso en sus Cartas marruecas para, provisto de distintos caracteres, ir otorgando a cada una de ellos una mirada crítica sobre un mismo tema. Al tiempo, el propio Larra se trasviste en la personalidad de El pobrecito hablador o Fígaro para dotar de una mayor objetividad a sus juicios.  Por último, destacar que el lenguaje del autor es rápido, conciso y con poca afición al ornato, con frases en las que predomina el verbo que aporta información precisa y de permanente acción como en “Mi nombre y mis propósitos” que se abre con  un fragmento de Beaumarchais y se cierra tras un chorreo de formas verbales, más de 280, y por encima de 200 sustantivos.