Vírgenes, masones y visionarios

Dice Juan Eslava Galán, y dice bien, que “Juan Manuel González conoce que a cierta altura de la vida la exploración debe dar paso al regreso” y dándonos una clave definitiva, abre el prólogo con una rememoración de Mesonero Romanos. Con esas dos pautas tenemos el volatín listo para disfrutar, porque la acrobacia consiste en descender con él por la Travessa das Almas al ritmo de Sā-Carneiro sin perder pie, navegar en el J.J.Sister (¿el mismo que el 24 de abril de 1946 atracó en Barcelona con huérfanos polacos de la barbarie nazi?) a 19 nudos embebido del “Tifón” de Korzeniowski, cotillear en las admoniciones del párroco de San Pedro, Pontedeume, sobre la perversión de las “novelas sensualistas (que) aparentando profundad imparcialidad, en la práctica apelan a todos los recursos imaginativos para conseguir que el hombre huya de la penitencia y el sacrificio y entregándose a un infernal egoísmo, sólo corra en pos de la vida del placer”. Juan Manuel González es un buen sabueso.

De hecho, con el hueso en la boca de lo oculto el autor encuentra el hondo olor a alperujo en la literatura de Yorgos Seferis recorriendo la vieja universidad muerta de Baeza; en otra ocasión, bajo un cielo segoviano de “haiku inacabado” escancia la gnoseología poética de Dylan Thomas que veía cachorros en los artistas y en otra más, siguiendo la ruta de esas “pomas de oro” en Sintra, metáforas olorosas de la destrucción y la regeneración del Shelley que le acompaña en este viaje. Pero el más personal de los misterios que vertebran la narración está a la vuelta del Meaques, en su Carabanchel de fortalezas lunares. El cara a cara con el vacío, justo después de olisquear la fertilidad de  Teresa de Cepeda y Ahumada en la capilla de Rosslyn de los masones jacobitas Sinclair.

Vírgenes, masones y visionarios. Juan Manuel González. Algaida. 398 páginas.

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