La mujer de nadie

Reme no puede olvidar los ojos de la fotoperiodista húngara. Es la mujer de nadie y desde ese ejercicio de su surreal libertad la víctima de un francotirador, un narrador muerto y por tanto omnisciente con sonrisa de ancla nos cuenta ese camino de la pintora. La Varo termina por entender que los zapatos de dos nunca son intercambiables y por eso sus concesiones emocionales son pocas, o tal vez todas, en su tránsito de Gerardo, el primer libertador hasta Walter, casi más celador de su deseo de triunfo que de su pasión.

El autor dibuja con decisión sobre los pasajes de la novela como Remedios sobre esa sábana que camufla en un cadáver exquisito la abrupta realidad de una habitación vistas al cementerio de Montparnasse. Sus hombres, Benjamín Péret y Esteban Francés, pero también Víctor Brauner, en triangulaciones que sorprenden hasta a la turbulenta Anäis Nin y que Remedios concibe múltiples, siendo ella misma un trío de sus lados salvaje y asentado. Sus mujeres, la Nin, Leonora Carrington y la hembra valiente y libre con la que prueba ese veneno que se prohíbe de inmediato.

De pasada en el túnel de esta biografía a brochazos, Zaulino Monteserín, Óscar Domínguez y la guerra y el exilio, como personajes nacidos de esa tristeza ideológica en barriles de la que beben los años treinta y en la que ella, reconociendo el fascista que todos llevamos dentro entiende que lo que debe buscar es su propia paz al paso de la culebra bélica.

La mujer de nadie. Luis Artigue. Linteo. Ourense, 2008. 239 páginas.

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