La Divina Comedia

LIBROS - DIVINA COMEDIALa Commedia de Alighieri, más tarde “divina”, a partir de la edición de Ludovico Dolce de 1555 en Venecia, se gesta aproximadamente en torno a 1307, pese a que autores como Boccaccio propusieran que la redacción de estos 14.233 tercetos encadenados en endecasílabos ocupara el período comprendido entre la etapa previa al exilio y un momento indeterminado tras la finalización de la embajada romana, siendo seguramente decisiva la imposibilidad de regresar a Florencia. La teoría más aceptada es la de que la Divina Comedia surge desde la citada fecha –interrumpiendo la redacción del Convivio y De vulgari eloquentia– hasta la muerte del poeta, en unos quince años de trabajo, con constantes modificaciones y adiciones que hicieron pensar que la obra estaba inacabada. Esto se debe a que Dante empleó ya entonces la técnica de difusión de las novelas de folletín que se publicaban por entregas, dando al público conocimiento los grupos de cantos a medida que los iba componiendo. Por ello, el propio Boccaccio cuenta que los últimos trece cantos del Paraíso vieron la luz cuando Iacopo, hijo de Dante, recibe en sueños la visita de su padre que le desvela el lugar donde estaban ocultos los manuscritos cuando ya estaba dispuesto a completar el poema sacro paterno.

Por lo que respecta a la estructura se articula básicamente en tres partes, Infierno, Purgatorio y Paraíso, cada uno de 33 cantos, con un proemio que antecede al Infierno, para relatar el viaje de siete días a través de los tres mundos alegóricos que Dante recrea siguiendo las tesis aristotélico-ptolemaicas difundidas por Santo Tomás en los que cabe todo el orbe, desde la virtud, al vicio, pasando por el nexo entre ambos y clasificando en estas tres particiones a los seres humanos en su vida ultraterrena de acuerdo con sus miserias o sus hazañas y los designios divinos. Dante se erige en protagonista y hombre universal, que va recorriendo con Virgilio, símbolo de la razón y las artes poéticas y más tarde con Beatriz, trasunto de la fe, los tránsitos de las almas después de la muerte, encontrando a su paso por ellos a figuras de la actualidad de su época, pero también a personajes de la tradición grecolatina y bíblica, en una summa teológica basada en una concepción geocentrista del universo, donde el hombre es la medida de todo en permanente combate entre el bien y el mal, quedando a su decisión la redención o la recaída en el pecado.

Dejando a un lado las interpretaciones numerológicas que se han buscado a la Divina Comedia en torno a la reiteración de la trinidad (tres versos en cada estrofa, tres partes, 33 cantos) y los nueve círculos del Infierno, las siete cornisas del Purgatorio y el Paraíso, compuesto por nueve cielos y el Empíreo, cabe decir que la obra se diseña desde una concepción polisémica y de ahí el simbolismo que vamos detectando en una primera interpretación literal y en ulteriores exégesis morales y didácticas.

Si se nos permite la licencia, describiremos en sentido inverso al de la obra dantesca, este universo: En la parte exterior estaría situado la zona más alejada del Paraíso, el Empíreo o ciudad de Dios, un cielo inmóvil, motor del mundo celestial y sede de la paz divina, en el que encontramos otros nueve círculos concéntricos más siendo el siguiente el primer cielo móvil, que inicia este girar de las esferas celestes –gracias a los ángeles, siguiendo el mandato divino-, el interior a éste el cielo de las estrellas fijas, las constelaciones, residencia de las almas significadas por su misticismo en la tierra. A continuación, encontraríamos el cielo dedicado a Saturno, la caridad, donde permanecen los ascetas y oponerla a los fastos de la Iglesia, seguido por el sexto cielo o jupiterino, donde se ejemplifica la esperanza para los que han destacado por su justicia. Ya en el quinto, tenemos al planeta Marte, lugar de los luchadores por la fe, que precede al cielo ocupado por el Sol y los hombres que se significaron por su prudencia y en el que el aquinatense expone el orden universal. El tercer cielo es el que hallarán los enamorados, en el espacio celeste adjudicado a Venus, la templanza, antes de descender al segundo o de Mercurio, para los hombres justos, siendo el más cercano a la tierra el primer cielo o de la luna. Es decir, recorremos las virtudes teologales en los siete primeros cielos, para alcanzar luego las zonas mística, la habitada por la iglesia triunfante y finalmente la que obtendrán los bienaventurados.

Antes Dante habrá caminado por el Purgatorio, un monte en el hemisferio austral emergido como resultado de la caída de Lucifer a la tierra, ubicado en las antípodas de la ciudad de Jerusalén, dividido en nueve terrazas. En la cumbre, tendríamos el Edén, donde Dante se encontró nuevamente con Beatriz para ascender a los cielos anteriormente descritos, pero antes tendrá que contemplar los pecados capitales que llenan cada cornisa, superado el Antepurgatorio, tras el encuentro con Catón y cruzar el umbral de este lugar de paso. Así, el poeta verá a los que por su negligencia están condenados a purgar su pena, luego a los soberbios y reos de orgullo, en el siguiente escalón, a los envidiosos y en la cornisa tercera a los que se dejaron llevar por la ira. El siguiente peldaño le conduce frente a perezosos como los compañeros de viaje del troyano Eneas y víctimas de la desidia que preceden a los avariciosos y dados al lujo crematístico como el rey Midas. Ya en la sexta terraza de este Purgatorio tenemos a los que padecen gula y por último, a los aquejados de lujuria, como los sodomitas o la esposa de Minos, Pasifae, cautivada por el toro del que concebirá al monstruoso Minotauro.

Y llegamos al Infierno, parte que abre esta “Divina comedia” de Dante y más extensa y compleja –un canto más que sirve de prólogo a este viaje de superación que da inicio como si se tratase de una pesadilla con esas tres fieras que impiden a Dante regresar a su cordura y le sumergen en esta selva en la que le acompaña el poeta Virgilio-. Este Infierno dispone de una estructura física opuesta al Purgatorio, ya que si aquel era una montaña truncada, el cráter infernal es un cono invertido cuyo vértice estaría ocupado por Lucifer y cuya entrada pone Dante en su entorno próximo, la misma Florencia. Pero para llegar hasta allí habremos de recorrer este lugar de condena pasando por el Anteinfierno, destinados a los tibios, que no se pronunciaron abiertamente entre el vicio y la virtud y sólo miraron por su interés. Seguidamente, el Limbo, para los niños que no recibieron la gracia del bautismo antes de morir y también para personajes que Dante recupera en un lugar de privilegio por su admiración a su obra como los grandes filósofos griegos, pese a su condición de paganos. A partir de aquí, el poeta refleja el castigo para los que se dejaron llevar por la pasión y no por la contención, pecadores por lujuria, glotonería, prodigalidad, ira y pereza, estos últimos en un mismo círculo, el quinto y último, antes de pasar al Bajo Infierno, reservado para los reos de bestialidad. Es en esta zona donde están los círculos sexto y séptimo, donde purgan sus pecados los herejes y los violentos (tanto con el prójimo como los homicidas, ladrones y tiranos, como contra sí mismos como los suicidas o contra Dios, como los blasfemos, pecadores contra natura y los usureros).

Más abajo tenemos un Infierno para los maliciosos, dividido a su vez en un total de diez fosas, la primera dispuesta para seductores como Jasón que provocara la desgracia de Medea, la segunda para los aficionados a la lisonja, la tercera para los acusados de simonía y las siguientes para amantes de supercherías, estafadores, hipócritas, ladrones como el hijo de Gea, malos consejeros como Odiseo, los que promueven la cizaña y por último, los falsificadores. Entrando en el Cocito, río infernal del noveno círculo, Dante sitúa a los traidores, según el objeto de su engaño, diferenciados en cuatro espacios y donde vemos al Tifón que se enfrentara a los dioses en desigual batalla, para ya dar paso al lecho del Cocito que pintará Johann Heinrich Füssli en el XVIII, donde Lucifer se afana por devorar a Judas Iscariote y los tiranicidas Bruto y Casio.

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