Viajeras a La Habana

habana.jpgA la infanta Eulalia de Borbón no se le ocurre otra cosa que desembarcar vestida con lo colores de los insurgentes con la insolente inocencia de esa Casa Real de severo lujo y aislamiento emocional que no entiende de más deberes que los oficiales. La infanta describe La Habana del turista incomodado por las maneras higiénicas de una ciudad indolente ya, sorprendido por el exotismo de negros y negras que bailan para agasajo de la Corona y asfixiada por los calores del trópico y una rígida etiqueta protocolaria recogiendo el sentir de esa aristocracia que sabe que esos son los penúltimos bailes galantes en esa Habana que se despide.

María Zambrano es escritora donde caben todas las ciudades, mujer de larga boquilla de ébano en La Habana de los Orígenes –de ese mismo Lorenzo García Vega que ha sido noticia en la Residencia recientemente-. En tiempos excepcionales la pensadora gusta de pasear por el cementerio de Colón y ver pasar las nubes de esas vidas sin estridencias de las mujeres.

Zenobia es la Xana del deseo hecho espera, el hada que conduce al bosque de la ciudad donde la esposa de Juan Ramón y el poeta en un viaje lejos de casa, a veintiún años de distancia de esa boda. Descubrimos a una Zenobia de diario íntimo, de diario de cuentas –porque hay que apurar los gastos haciendo economía de guerra sin que el autor de “Animal de fondo”. Son el matrimonio de exiliados, pero no dejan de ser los españoles a los que la batalla de Teruel les ha hecho una herida de un millón de muertos. Nicolás Guillén es en eso el proveedor de noticias, el repartidor de las nuevas desde el Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura y Zenobia, nuevo público expectante de la peripecia guerracivilista, pero también de ese Juan Ramón que edifica esperanzas como castillos de naipes de frágil sustento.

En sus dos Habanas María Teresa León nos regala al Rafael “gallardo, pulcro, expansivo” con el que entra riendo por el Malecón. La Habana de María no es una ciudad ajena y madrastra, sino la de las habaneras de su tata y el olor a hombre del habano de su padre. Los escritores están allí en misión solidaria, recaudando fondos para los mineros asturianos y el necesario Guillén recibe a esta María Teresa de “piel valiente y torturada” que se llena la boca y enciende los ojos a cada paso que da por La Habana, todo un hervidero de proyectos en ese romanticismo arquitectónico que cautiva al lector de este libro grande en recuerdos recopilados por Isabel Segura y en instantáneas paganas y diversas que le hacen a uno contradecir a la Camprubí y querer quedarse en este aire que preserva la silenciosa emoción del espíritu  de JR.

Alicia González

Viajeras a La Habana

Eulalia de Borbón, Zenobia Camprubí, María Zambrano y María Teresa León

Meteora. Barcelona, 2008.

138 páginas.

 

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