Mi melancólica alegría

Nietzsche “dibuja figuras geométricas en la arena”, su madre le envía topfmarkgebäck. Nietzsche le envía cartas con edelweiss a su madre que dicen “[…] ¡Detente! Y escucha con atención, / sólo un momento, / la voz de los espíritus […]”, Franziska pide consejo al profesor Overbeck. Nietzsche habla en francés e italiano, la afligida madre se sienta a calmar su agitación, leyendo texto en voz alta. Para ella Nietzsche es Fritz, ese hijo con una dolencia de la que se recuperará, pese a los cristales rotos a puñetazos, al que ve “especialmente guapo con su ropa de verano”, seguramente el sobretodo que esa madre doliente encarga.

Sabemos de todo ello a través de estas cartas de la convalecencia del filósofo que nos cuenta su madre, con toda la ternura de estar perdida. Perdida porque no quiere ni pensar que el mal sea hereditario; “¡pero qué miedo queridos!”, escribe a su destinatario. Son los tiempos en que los médicos, ante una crisis nerviosa pronostican el posible reblandecimiento del cerebro del profesor de Basilea. Perdida, porque el asedio es múltiple: su yerno, el esposo de su hija Elisabeth, un racista metido a colono y líder de una fundación, se suicida al descubrirse lo poco altruista de su empresa. Y perdida, porque Lieschen, la hija, está vorazmente interesada en utilizar el legado de su hermano en su beneficio, mientras él se complace falto de lucidez en internarse en el bosque. 

Las únicas alegrías para esta madre coraje son algún conejo que recibe en esta “prisión” de cuidadora y las del loco, pasearse desnudo en las charcas y escapar de sus fantasmas como confiesa a su madre que almacena sus sentencias misteriosas: “Otra vez nos hemos salvado del peligro”, al tiempo que una joven dama huye despavorida.

Mi melancólica alegría. Franziska Nietzsche. Siete mares. Madrid, 2008. 239 páginas.

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