Los enfermos erróneos

Los personajes de estos relatos están ausentes por malestares que tienen la misma realidad inestable que la portada de Schiele. Su diagnóstico habla de seres ocultos detrás de minusvalías que son bases de datos inexistentes, de amores que admiten al otro como creador de un Génesis helado, en una enfermedad que es desaparecer en la reinvención del mundo. Universos gélidos de pasillos hospitalarios poblados de memoria convertida en nuestra sombra.

Incluso aunque éste se haya detenido para concederles una prórroga tumefacta con la que el presunto finado no sabe cargar y que preferiría traspasar, porque las mercancías de su pasado no salen nunca del escaparate. Son seres iluminados por destinos que pesan y que buscan en la talla de figuras de mármol o alabastro una consistencia llena de telegramas mentales sin enviar a madres muertas a las que el padre nunca quiso, niñas que esperan en la terraza la visita de gatos deseantes de afecto, frágiles como los misterios.

Cuadernos de tapas azules de seda y bodegas con olor a humedad, ya que al final todo se puede almacenar en cajas inaccesibles si uno es esa secretaria de archivo que hasta tiene el nombre perdido. Pero la calle nos amenaza con su aviso premonitorio para poner orden en los entrecruzamientos de Gregorio, Inmaculada, Guillermo, la tía Martina… y la verdad llegará a esta casa con la asfixia de quien no ha comenzado la limpieza que sigue a la mudanza.

Los enfermos erróneos. Sònia Hernández. La otra orilla. Barcelona, 2008. 201 páginas.

Anuncios