La ginestra

Spartium junceum (ginestra)Qui su l’arida schiena
del formidabil monte
sterminator Vesevo,
la qual null’altro allegra arbor né fiore,
tuoi cespi solitari intorno spargi,
odorata ginestra,
contenta dei deserti. Anco ti vidi
de’ tuoi steli abbellir l’erme contrade
che cingon la cittade
la qual fu donna de’ mortali un tempo,
e del perduto impero
par che col grave e taciturno aspetto
faccian fede e ricordo al passeggero.

Or ti riveggo in questo suol, di tristi
lochi e dal mondo abbandonati amante,
e d’afflitte fortune ognor compagna.

La ginestra, obra de 1836 y editada en 1845, contiene el lirismo romántico, movimiento al que pertenece más por una cuestión de Giacomo Leopardi empleando para trasladarnos sus emociones un elemento más de la Naturaleza, resistente como él a la adversidad. Esta forma de percibir la vida acercaría a Leopardi a autores posteriores como Walt Whitman que encuentran en la cercanía del mundo natural, en una unión casi mistérica la salvación ante una insolidaridad que deshumaniza al individuo. Se ha interpretado este poema como una declaración vital, un testamento definitivo del autor que tradujera Unamuno, por las conexiones en esa visión angustiada de la existencia y ese heroísmo del ser humano que se sobrepone a la circunstancia funesta, muy del gusto del Romanticismo empeñado en rescatar esa voluntad de oponerse al destino. Leopardi es en ese aspecto un escritor con una personalidad poética propia que, no obstante incorpora el antropocentrismo y el sentimiento como ejes de su obra sin conseguir salvarse del pesimismo que recorre su literatura.

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Considerando que la literatura de Leopardi es resultado inmediato de su vida, el motivo central de los 16 versos elegidos de esta composición, una flor que crece en un entorno agreste, debemos entender que el autor está trasladando a este elemento vegetal sus emociones. De este modo, la fragilidad que refiere este ginestra es la del de Recanati y quizá la figura omnipresente aterradora y castrante de ese Vesubio que acaba con todo lo que crece a su alrededor pueda ser la figura paterna, el reaccionario conde Monaldo. Todo, excepto esa flor del desierto que no sólo sobrevive a la destrucción, sino que además con su coraje –tema frecuente entre los románticos como fuerza de oposición a lo inamovible- esparce su verdor y su aroma alrededor, transformando con esa dulzura espontánea el paisaje de exterminio en un canto a la alegría. Por algo la imagen que nos presenta el monte no es la falda del mismo, que podría ser más acogedora, sino la espalda, recalcando ese pesimismo del conjunto. Aunque interpretaciones marxistas han querido ver en este elemento orográfico utilizado por el nihilista Leopardi el símbolo del autoritarismo político, contra la que se yergue la resistencia de una pequeña flor, tal vez la libertad, que hace hermosas las comarcas que rodean a la ciudad. Un igualitarismo democrático contrario a sistemas políticos totalitarios donde las pequeñas poblaciones cobran peso al lado de quien significó el núcleo de ese perdido imperio, equiparable seguramente a esa deseada unificación, a la pasada grandeza de las tierras italianas por la que todos los románticos italianos pugnan.

Estamos en cualquier caso ante un texto de carácter sensible, reflexivo, filosófico, en el que predominan sustantivos y adjetivos, con escasa presencia de los verbos, lo que ralentiza la acción, ya que además, los que se utilizan no expresan movimiento sino emociones o situaciones estáticas. Por otra parte, el sentido de todas las voces empleadas se asocia a imágenes de desolación, pesimismo, porque aunque encontramos palabras como “formidable”, el significado queda ligado a una enormidad que aplasta, la del volcán que literalmente extermina u otras como “contenta” vuelve a corregirse al aplicar inmediatamente el “desierto” o “alegra”, que inmediatamente se pone en cuarentena indicándonos que no se está refiriendo a la acción de animar, sino al hecho de que en torno al Vesubio el panorama está carente de todo signo de vida. Adicionalmente, como correlato en ese paisaje que describen estos primeros versos  el poema está plagado de vocablos con reminiscencias negativas como “árida”, “solitaria”, “mortal”, “perdido”, “taciturno”, “abandonado”, “tristes”, “grave”, “adversas fortunas”, etc. Se trata de versos blancos, carentes de una estructura rítmica marcada, pese a que encontramos varios versos rimados en asonante como el segundo y el cuarto (o/e) y el décimo, undécimo, decimosegundo y decimotercero (e/o) y en consonante como el octavo y noveno (-ade). La musicalidad procede no tanto de la cadencia de los versos, sino de la emoción que transmite lo abrupto de un paisaje al que no se puede domeñar, pero frente al que se ubica el poeta plantando cara (“te he visto”) desde su crisis interior al pavoroso espectáculo dormido.

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