Edipos

Medea LáminaAprovechando la exposición de Alphonse Mucha en Madrid donde puede contemplarse una Medea idealizada quisiera abrir el fuego. Particularmente me ha interesado mucho más la visión de Eurípides que la de Sófocles, ya que si éste se muestra un poeta conservador, el discípulo de Anaxágoras no enseña una realidad más moderna, en la que las mujeres cumplen un papel protagonista.

Me parece interesante el flash-back con el que se abre la obra y en el que la nodriza, aparte de recordarnos esa filosofía reaccionaria de recordarnos que la mujer debe ser una prótesis emocional de su esposo, sitúa rápidamente al lector en los males que ha traído la llegada de Jasón a las vidas de la Cólquide o la prolepsis final en la que Medea, ejerciendo casi de narradora no anticipa sus planes. La nodriza de la introducción, pese a representar la visión tradicional no se olvida de culpar a Jasón de ser responsable de que Medea pierda la fama, repudiada por su esposo y retrata con especial detalle situaciones que pueden resultarnos de plena modernidad en esa mujer doliente, depresiva, maltratada por la figura dominante del despótico héroe por el que dejó el arraigo a su tierra, uno de los valores más importantes en la sociedad griega.

Pese a que desde el primer momento se nos dice que Medea aborrece a su progenie, no existe un rechazo abierto por esa madre antinatura, deduciéndose una comprensión psicológica del drama que vive la hechicera y al decir que probablemente se suicide en un arrebato de ira, el autor nos advierte que su cólera es irrefrenable y no descarta que la proyecte contra los causantes del desastre.

En la conversación de los sirvientes vamos empezando a entender lo que puede suponer para Medea el destierro consentido por su esposo que se entrega a nuevos enlaces que “vencen a los antiguos” y al que la nodriza guarda fidelidad aun reconociendo que se manifiesta “enemigo de los suyos”, apreciación que el ayo recalca con esa reflexión sobre el egoísmo del amo. Es ahí donde entramos en la comparación directa con el “Edipo rey”, ya que el alegato de Eurípides termina por ser el inverso del conservador Sófocles. Si en aquel la tragedia de Edipo devenía de una vesania sobrevenida por esa transformación de rey justo, dócil y que escucha al pueblo y los oráculos de los dioses al enloquecido personaje sobre el que se abate la desgracia, después de comenzar un camino en pendiente que se inicia en la creencia de una conspiración inexistente, en “Medea” se critica abiertamente el autoritarismo de los monarcas, regidos por los caprichos. Eurípides llega a hacer un canto a la vida modesta, al modo del “Beatus ille” de Fray Luis de León, cantando a la mesura como virtud aristotélica, frente a los desmanes en la conducta –contradicción sorprendente, por cuanto el personaje femenino de la pieza es de todo menos contenida, sin que al final se exponga un veredicto negativo de su comportamiento, al menos no tanto como cabría esperar, teniendo en cuenta lo desproporcionado de su venganza, con el clásico “tiberio” familiar.

Sófocles en cambio se expresa constantemente como un defensor de lo convencional, de ese seguir la recta senda que marca la ley, por injusta y ciega que resulte como en el caso de Edipo, víctima de una maldición que pesa sobre él sin saberlo. Ya en el prólogo del Edipo nos recuerda que una de las consecuencias de la maldición sobre Tebas es la infecundidad de las mujeres, es decir, su única función reproductora (diciéndose incluso que deben parir con dolor para que todo sea como marca la tradición ahora rota) y habla de Edipo como el salvador de la ciudad que en un acto de despotismo ilustrado arriba a sus vidas imponiendo la felicidad sin contar con los ciudadanos, con el solo concierto de los dioses que orientan su victoria sobre la esfinge. Un reinado erigido sobre la fama de este triunfo que le permite reinar sobre los ciudadanos, en ese gobernar para el pueblo de modo asambleario, congregando al pueblo de Cadmo, donde los ancianos ponen la luz de la fe en esos oráculos que traerán la desgracia al rey.

En ambas obras tenemos una familia desestructurada, la tebana por la maldición divina y la corintia por la acción del hombre, el que fuera admirado por su comportamiento heroico, Jasón, que aquí se comporta como un individuo sin escrúpulos que ocasiona la catástrofe con ese matrimonio por interés, toda vez que a lo largo de la obra llega incluso a decir que no ama a la hija de Creón, sino que sus nupcias obedecen a su voluntad de obtener un reino que engrandezca su casa y a los suyos.

Medea se comporta mientras como una mujer abandonada, separada de sus orígenes y ahora obligada a la huida de su hogar que no puede ser percibida negativamente sobre todo porque en los momentos de desazón se entrega a la devoción a Temis y Zeus, lo que nos hace ver que se trata de una mujer pía y que invoca a las corintias aun reconociendo que la justicia no está en los ojos de los hombres. Ella no ha causado ofensa alguna –a diferencia de Edipo que arrastra el mal cometido por su padre-, sino la de amar a Jasón. En este punto Eurípides hace un relato de la esclava vida de las mujeres obligadas a engatusar al marido y luego dejarse someter por sus designios, sin posibilidad de romper el vínculo conyugal o de rehacer su vida. La postura del dramaturgo es muy moderna pues Medea reniega de la seguridad del hogar y en una posición de narrador heterodiégetico refleja a una mujer temerosa, pero que defiende a capa y espada la estabilidad, dando más valor al dolor de sus partos que al de los ardorosos guerreros. Y más allá presenta a una Medea quejosa de ser inteligente, valor devaluado entre sus conciudadanos, sin fruto, pese a ser madre de los hijos de Jasón. Mientras Edipo penará por la sangre que sacude la ciudad, por los crímenes antiguos (se llega a decir que él rige rectamente, dando a entender que su padre Layo pudo no hacerlo en tiempos), Medea prepara el castigo a la estirpe de Jasón que para su hazaña ha ido sembrando de muerte su viaje con los argonautas.

La forma de ir desvelándonos la acción es igualmente más moderna en Eurípides que en Sófocles, pues si en Edipo la revelación se hace al rey en la intimidad, pese a advertir antes que él y el pueblo son uno, en Medea tenemos una escena dialogada entre Creón y la maga donde ella arteramente le convence de una última prórroga a su dolor, porque ya no es un rey lejano, distante de esta rea de destierro, sino un soberano en exceso compasivo al que esta virtud le llevará a la ruina. Una situación en la que Creón no es ni mucho menos el rey comprensivo, sino que en un momento dado amenaza con recurrir a sus siervos para sojuzgar a la infeliz.

Medea no hace más votos a los dioses, porque en ningún momento llegamos a poner en duda su fe, sino su cordura, mientras que Edipo va paulatinamente mostrando que su alianza con el pueblo y los dioses queda rota y de ahí su destino al que él mismo se aboca condenando al que sólo o en compañía de otros, como en el caso Urquijo causara la muerte del antiguo rey. Nada puede quedar sin expiación, a la inversa que en Medea, donde todos reciben el castigo a su maldad, Creón al conceder la mano de su hija a un héroe ya casado, su hija, al desposarse sin tener en cuenta los hijos que repudia, Jasón con la eterna condena de saberse sin descendencia. Algo que une ambas obras es la importancia que se otorga a la palabra dada, en Edipo al asegurar éste que “el que no tiene temor ante los hechos tampoco tiene miedo a la palabra”, mientras que el conflicto de Medea surge por la ruptura de un vínculo conyugal y el juramento como se canta en la antiestrofa 2ª previa a la entrada de Jasón, baluarte del poder, frente a la subversiva Medea e hipócrita padre amantísimo que actualmente diríamos ni pasa la pensión a sus hijos ante el inminente divorcio.

La diferencia estriba en que mientras en Sófocles no se cuestiona el designio de los dioses, en Eurípides se habla de Medea como de una mujer arrojada a un vórtice de desgracias por las deidades. Ella se sabe sola desde el inicio, mujer y por tanto, incapaz para el bien –seguramente una convención que el autor respeta para luego añadir que llega el honor para su raza y la felonía para la de los hombres- mientras Edipo va cortando los nexos con los demás con su conducta, primero rechazando los vaticinios de Tiresias, el único innato en la verdad siendo hombre y no dios, que mantiene los misterios y tradiciones y que representa par Sófocles el símbolo del sujeto ideal válido en su utilidad para la comunidad de la que vive gracias al mecenazgo de la monarquía. El adivino por su parte se pone en manos de la autoridad, sea justa o no ante las reiteradas amenazas del rey tebano por la negativa del ciego a revelarle tan funesto destino, incluso cuando Edipo lo acusa de ser cooperador necesario en la trama urdida supuestamente por Creonte, abriendo un combate dialéctico que se salda con una finta del ciego y concluye en la revelación y posterior descreimiento de la videncia y por extensión en Apolo.

La culpa de Medea no es siquiera la de ser estéril y no haber dado continuidad a la saga, o la de no creer, pues es ella la que duda de si Jasón sigue creyendo en el panteón olímpico. Su pecado es el de ser deslenguada y una salvaje, según palabras de su esposo que le ha brindado la ocasión de vivir en la Hélade, donde ha adquirido fama gracias a él, argumento propio del que ejerce la violencia de género (todo me lo debes a mí). Medea ya no cree en la verborrea de su esposo, sabe de su maldad y critica mordazmente su ambición sin límites que los conduce al infortunio. Es consciente en todo momento de sus actos, un personaje concebido desde la modernidad psicológica, decidiendo su destino, por duro que sea, frente a Edipo, marioneta de los olímpicos en una obra que juega continuamente con la idea de la ceguera como recurso literario (la ceguera de Edipo ante la conspiración irreal de Creonte, la de su desconocimiento de su hado y la clarividente de Tiresias, el único que ve en este marasmo), pero que se revuelve ante los dioses que no ayudaron a Tebas cuando la cantora asolaba la ciudad. Medea por su parte no espera auxilio de nadie, solamente invocando a los dioses como silenciosos colaboradores de su sangrienta venganza y buscando en Egeo el refugio que le niegan los corintios, recurriendo a su palabra, la palabra de nuevo, de un rey para una mujer que se sabe débil frente a los heraldos de Creón y sus riquezas –¡si hasta los dioses son corruptibles por el oro como asegura Medea!-.

La hechicera parece hacer un constante llamamiento a esa solidaridad femenina que ha de entender su siniestro proyecto, confesándose falsamente a Jasón mujer y no más, porque al fin y a la postre es la Moira y no ella quien corta los hilos de la urdimbre de Jasón. Medea querría representar el papel de madre amantísima, preparando el himeneo de sus hijos, pero prefiere concederles la gloria de una muerte digna antes que la irrisión de sus conciudadanos, aun sabiendo de su locura.

Ni en este momento Eurípides se ensaña con la mujer, aprovechando para recordar las artes poéticas y hasta el peor castigo para quien como Medea reflexiona sobre las sombras. Para Jasón ni dar sepultura a sus hijos queda, sino una vejez para llorar. Desde luego un final menos catártico que el de la obra de Sófocles donde, una vez que el rey se sabe desasistido de los dioses y despreciando el saber de Tiresias, el mundo de las creencias se embarca en una confirmación de la maldición que el ciego le anticipa en esa doble ceguera. En Sófocles el mal no viene de fuera está dentro del propio Edipo al perder el juicio progresivamente, acusando a Creonte de magnicida y tirano en potencia, respondiendo éste que Edipo comparte el poder con Yocasta, principio de los males de este reinado en donde el propio Creonte actúa como lobby de presión como él mismo reconoce, sin querer el poder absoluto por la esclavitud que significa. Sófocles es un conservador rancio, enemigo de los espontáneos desde luego como Edipo y nada que decir de furibundas mujeres como Medea. Hay que preservar el poder absoluto siempre que no sea tiránico o utilice a la ciudad como Edipo en esa invocación ad populum en su diálogo con Creonte, aunque la ciudad está por encima del sujeto como recuerda Yocasta.