Como yo lo veo

¿Qué hay peor que tener al tío equivocado sobre tu espalda? ¿Tener una hermana con aspiraciones monjiles en el momento en que estás descubriendo tu sexualidad? ¿Que tu padre abrase en caramelo a la mascota de tu despreciable hermana? ¿Qué los matones de clase, Caraculo y los Patachuntas, te persigan por los pasillos del Instituto? ¿Que te quedes sin cuarto porque tu abuela se muda con la familia? ¿Que tu mejor amiga se cambie de ciudad? ¿Que tus padres te manden al psiquiatra o peor aún, que te acompañen a las sesiones? ¿Que encuentres al profesor más plomo ligando en el mismo bar de ambiente que tú? ¿O que todavía seas tan joven que todo el mundo piense que te equivocas? De todas formas, no pierdas el rumbo de la Libertad que espera al otro lado del muro.

Will Davis nos explica todas estas desazones adolescentes y otras muchas con una frescura que hacen de cada secuencia un gag que hace al lector meterse en la piel de Jaz –lamentablemente Jarold según el registro civil-, al que sólo la fortaleza en sus decisiones, por descabelladas que nos parezcan y a veces resulten, le salvan del desquicie. Mientras, como en una película vemos todas y cada una de sus reacciones casi fotográficamente por el hábito del protagonista de ir transcribiendo no sólo el texto, sino la melodía, todos esos pensamientos que se esconden tras el gesto que siempre supusimos en el joven contestatario que da el portazo. Sin ahorrarnos las vomitonas, las escarificaciones de nazis de pacotilla o las chicas recauchutadas que triunfan como reinas de la fiesta.

Como yo lo veo. Will Davis. Kailás Ficción. Madrid, 2008. 274 páginas.

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