Obsesión BLN: Cinco años desde la muerte de Roberto Bolaño

Roberto Bolaño ha conseguido en cinco años lo que muchos escritores hasta provistos del premio Nobel nunca alcanzan: el reconocimiento de público y crítica. Al poco de morir el chileno se había convertido ya en todo un fenómeno editorial al que su prematura muerte a los 50 años -casi digna de una de sus novelas, a la espera de un donante de hígado en Barcelona- ha contribuido a catapultar en el panorama literario. LEER ha hablado con Jorge Herralde, su editor; escritores como Jesús Ferrero, Sergio Vila-Sanjuán, hispanistas como Karim Benmiloud, autor junto con Raphaël Estève del libro “Les astres noirs de Roberto Bolaño”, último estudio publicado en Francia sobre el autor de “2666” y los críticos Miguel García Posada, Ignacio Echevarría y Juan Antonio Masoliver, entre otros, para poner algo de luz en el misterio Bolaño.

 

 Jesús Ferrero rescata al cálido conversador que era Bolaño. Ignacio Echevarría se queda con la risa del amigo, ese sentido del humor tan contagioso y haciendo memoria vuelve a esos primeros libros de Roberto que pasaron sin pena ni gloria, como “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”. Juan Antonio Masoliver recuerda en cambio aquella tarjeta que le envió Roberto agradeciéndole la crítica  por “La literatura nazi en América”, un libro que pasó desapercibido. “No debió vender –añade Masoliver- ni 300 ejemplares. No era un hombre que supiera mucho moverse en estos mundos”. A pesar de eso Roberto Bolaño, el ya ex infrarrealista poeta, se hizo en su faceta de narrador con premios tan importantes como el Herralde, el Rómulo Gallegos o el Salambó. Sergio Vila Sanjuán, Coordinador de Cultura de La Vanguardia explica que Juan Antonio Masoliver Ródenas empezó a ocuparse de él en este diario a raíz de la publicación en Seix Barral de Historia de la literatura nazi en América, en 1996: “Bolaño posee un enorme conocimiento de la realidad política y cultural latinoamericana y una enorme habilidad para darle proyección continental (…) Inteligencia, cultura, humor e imaginación están aquí sabiamente conjugados”, escribió Masoliver. Este libro y la recomendación que de él hizo Pere Gimferrer, su editor en Seix Barral, a algunos críticos afines, marca el inicio de su prestigio entre una parte de la crítica española”. Reseñas aprobatorias, pero muy discretas a la espera de la visibilidad definitiva que le dará publicar en Anagrama.

En opinión de su editor, Jorge Herralde a Bolaño digamos que cronológicamente le tocó ser el hijo póstumo del boom, “pero sus influencias fueron muy variadas. Si admitimos la hipótesis del hijo, también podría admitirse que superó a muchos de sus padres, sino a todos”. El escritor Jesús Ferrero apunta que “como autor de cuentos su deuda con Borges (y Bustos Domeq) es innegable, pero como novelista no lo tengo tan claro” y para Karim Benmiloud, profesor de la Université Michel de Montaigne (Bordeaux III), la de Bolaño es una trayectoria “muy individual, de gran originalidad, cosmopolita y abierta a todas las tendencias, con un toque personal inimitable, esta mezcla de exigencia, compromiso y modernidad. Para sintetizar: sexo, poesía y rock”. Opinión a la que se suma Echevarría, crítico, pero sobre todo amigo del autor de “Putas asesinas”: “Resulta fatigoso que no sepamos pensar la narrativa latinoamericana fuera del paradigma creado por el boom hace ya más de 40 años. Antes de Bolaño hay ya una generación, la de Piglia, que rompe completamente”.

Respecto a si hace falta ser mochilero para acumular experiencias y cautivar al público, Herralde, autor de “Para Roberto Bolaño”, nos revela el secreto: “Esas mochilas estaban también llenas de libros: sus lecturas fueron vastísimas”, completadas con “sus idas y vueltas, entre México, Chile y España –que en opinión del profesor Benmiloud- enriquecieron profundamente su obra, abriéndola a temáticas nacionales y transnacionales, sin hacerle caer nunca en una “World literatura” anónima y sin sabor. Todos los escenarios son muy reconocibles y reflejan problemáticas muy identificadas: la post-dictadura en Chile, los años 70 en México, la Segunda Guerra Mundial, etc. Su gran originalidad estriba también en su peculiar manera de crear correspondencias entre escenarios y situaciones tan variadas”. La perspectiva la completa Echevarría al decir que Bolaño “no es un trotamundos al estilo de Kerouac, aunque uno de sus referentes es la generación beat – Bolaño es un discípulo aventajado de Nicanor Parra que es un par estricto de esa generación-. Es un hijo del exilio por causas económicas y culturales, que luego no puede regresar por causas políticas y viaja desempeñando los oficios comunes a tantos latinoamericanos que tuvieron que abrirse camino como pudieron. Hay una recuperación hippy de Bolaño que tiene más que ver con sus seguidores que con él”.

No hace falta más que volver a los orígenes como propone Cecilia García Huidobro, responsable de la Cátedra Roberto Bolaño de la Universidad Diego Portales en Chile para entender: “En 1976 Bolaño entrevista para la revista Plural a los estridentistas. Son visibles las semejanzas de sus propuestas con lo que escribe en su manifiesto: “Déjenlo todo, nuevamente”. Su proyecto poético está irremediablemente entretejido con el espíritu vanguardista pero no como un modelo a seguir de acuerdo a la fórmula de principios del XX, si no como una lectura rebelde de la tradición y, sobre todo, como la única actitud que cabe al escritor. “Nos anteceden las mil vanguardias descuartizadas en los sesentas” dice el manifiesto infrarrealista. Se propone entrelazar a la literatura con un acervo -quizás borroso puesto que se realiza “a partir de un árbol caído”-, pero que anuncia “el principio de un bosque”, el de la tradición donde encontrar raíces y dar sombra. Consiguió otorgarle a la literatura una sombra: asumir una tradición y reinventarla lo convierte en un eslabón clave en la historia de la literatura latinoamericana, cualquiera sea la etiqueta con la que lo clasifiquemos”, asevera.

¿Bolaño el innovador?

 Otro de los logros que se atribuyen a Bolaño es el de haber iniciado una nueva manera de hacer literatura. Algo “exagerado” para el crítico Miguel García Posada “sobre todo cuando estás hablando de una literatura en la que está Carpentier, Onetti, Rulfo, que no son inferiores ni guardan semejanza con él”. Según Jesús Ferrero, quien entabló amistad con Roberto cuando tenía ya publicada buena parte de su obra y era aún bastante desconocido, “siempre que descubro una nueva forma veo tras ella una vieja reflejándose insidiosamente, pero que hay autores únicos e irrepetibles. Bolaño es uno de ellos”. Una metodología que para Echevarría ha creado escuela: “Hay muchos escritores que escriben a la manera de Bolaño, que no crean esa especie de exotismo obligado del boom, un vanguardismo de vuelta, que conecta con muchas tendencias del momento y las cataliza bien. Ofreció un modelo radical de entrega a la literatura y su coqueteo con la muerte le llevó muy tempranamente a jugársela de un modo muy desgarrado. Un escritor joven que leyera al último Bolaño con atención encontraría muchas advertencias sobre de qué modo no hay que ser escritor y muchas descalificaciones del escritor que prospera ahora. Volpi por mucho que Bolaño se refiriera de modo condescendiente a él encarna un escritor en sus antípodas no sólo en lo personal sino también en lo literario, un escritor funcionarial frente al escritor que se rió de todos los escritores de clase media”. García Huidobro recupera la socarronería del escritor que llegó a decir que “la escritura es un medio de ganarse la vida”, aclarando seguidamente que “es indiscutible que para Bolaño la literatura es una radical forma de estar en el mundo. Podríamos etiquetarlo de post romántico por ese halo de heroísmo que él mismo se encargó de expresar con palabras y su actitud vital. Pero me inclino a declararlo como un eslabón perdido en el que confluyen numerosas claves que alumbran tanto el pasado como el porvenir. No sólo fue un lector empedernido y proclive hacedor de cánones como bien dijo Christopher Domínguez Michael, sino un perseguidor de la tradición y de las vanguardias… De hecho en la autobiográfica “Los detectives salvajes” narra la búsqueda de la poetisa mexicana vanguardista Cesárea Tinajero (es una pesquisa casi policial de las vanguardias) por parte de su alter ego Arturo Belano”.

Para Herralde “como todos los grandes, Bolaño es inimitable y será (está siendo) imitadísimo. Los escritores auténticamente significativos, que siempre empiezan al menos con un modelo en mente, deberán encontrar su propia voz y desembarazarse de la consabida “angustia de las influencias” de la que hablaba Harold Bloom”. Entre las claves de esos nuevos modos para Benmiloud estarían “su exigencia literaria (por no decir su intransigencia con la mala literatura); es decir, su fe en la literatura y en la palabra; y la manera en que logró captar y novelizar las preguntas del post-boom”.

No faltan las voces insidiosas que achacan este repentino estrellato del chileno a su prematura muerte, a lo que Herralde, añade que “el “síndrome James Dean” puede contribuir a acelerar la percepción de un mito, no a crearlo. Y el corpus de sus textos lo sostiene sin fisuras”. Mito alimentado por la espartana vida que llevó en Blanes, subsistiendo con lo mínimo –“hay un mito personal, de juventud romántica, cierta imagen beat, estilemas muy del momento”, en opinión de Echevarría- y no viendo a nadie prácticamente como recuerda Jesús Ferrero para quien “su mitificación viene como la de Manolete después de la muerte. Ya cuando estaba vivo Roberto era un ser bastante mitológico, pero el mito se convierte ya en una narración perfecta con la muerte. Es evidente que el triunfo le llegó tarde –cuando le dieron el Rómulo Gallegos- y puede que eso sea lo más sangrante”. Masoliver matiza que Bolaño pasó prácticamente desapercibido hasta “Los detectives salvajes” y luego vino la mitificación con su muerte y “2666”. “Si no hubiese muerto el mito hubiera sido distinto; hubieran dicho que era muy buen escritor como se dice de Vila-Matas. Si a Vila-Matas lo mata un militante del PP, entonces tiene la gloria asegurada para siempre, pero como los del PP no leen, pues no hay problema. Si con sus muertes Alejandra Pizarnik o Silvia Plath, han pasado a ser símbolos de feminismo y la explotación masculina, Bolaño es el hombre excéntrico”. Una rareza que residía para Benmiloud en esa desconfianza “de la fama y de la gloria (aborrecía la figura del escritor “de salón” que hace de la literatura un oficio para ganar dinero). Para él la literatura era un arma, un compromiso y un combate.  El que haya muerto tan joven también lo salvó de la idolatría”.

Un autor transterrado

Países muy diversos han reconocido a Bolaño como un autor muy cercano a sus preocupaciones…  Fabrice Gabriel – uno de los mejores críticos franceses y un puntal de una revista tan alerta como Les Inrockuptibles”, según Jorge Herralde-  dijo en alusión a “2666” que lo mejor de él era que resultaba “barroco pero breve, erudito sin ser pedante, trágicamente metafísico y auténticamente bromista, loco por la poesía pero dotado de una eficacia narrativa sin falla alguna… Un fenómeno entre Woody Allen y Lautréamont, Tarantino y Borges”.  Lo que constata para Herralde que “los grandes autores estimulan a los críticos perspicaces y creativos”, si bien Jesús Ferrero mantiene que  “Bolaño no es barroco, tampoco es propiamente metafísico, y en contra de lo que creen los lectores superficiales, sus narraciones tienen la lógica de los mitos. Por eso es tan grande“. El interés del creador de Belano va más allá para Echevarría: “acuña un nuevo paradigma de escritor latinoamericano extraterritorial que es chileno, mexicano y español, todo a la vez y que no habla de un conflicto concreto, sino de una generación perdida por el exilio que es la experiencia fundamental y dramática que les tocó vivir. A un escritor se lo consagra por categorías que pertenecen a sus admiradores y Bolaño está siendo beneficiado pero también perjudicado por ese malentendido que suscitan la fama y la veneración”. Y con la intriga por desentrañar el misterio Bolaño llegan las tesis universitarias sobre el que ya es un clásico. “Los estudiosos –afirma Benmiloud- apenas empezamos a descubrir la riqueza de su legado y la profundidad de su obra. El análisis pormenorizado de Nocturno de Chile en “Les astres noirs de Roberto Bolaño”, muestra la complejidad y la sutileza de su escritura, que juega con la cultura y los conocimientos de su lector. En todas sus novelas hay un sinfín de alusiones literarias. Asimismo, en “La literatura nazi en América” están presentes, en forma secreta, todos los núcleos narrativos de sus futuros libros.  Su obra póstuma es a la vez partida de defunción del siglo XX y de nacimiento del XXI: allí se funde lo nacional con lo transnacional, los conflictos entre el Norte y el Sur, la frontera, el germen de la violencia, el amor por la literatura, el secreto del Mal, la barbarie y la fe en la palabra”.

Portada

Estrategias de mercado o sed de literatura

Rabioso polemista, Bolaño se ganó sonadas enemistades como la de Isabel Allende o la que provocó su contestataria equidistancia de las ideologías, “vapuleos que pertenecen al orden del inequívoco rechazo moral” para Jorge Herralde y “detectable en otros muchos autores que no le llegan ni a la suela de los zapatos”, para Jesús Ferrero que ve sus novelas “más allá de las ideologías y de la crítica de ellas, adentrándose de verdad en el misterio del hombre y casi como lo haría un trágico griego que conociera la teoría de la relatividad”. “Su odio al fascismo de derecha y a las dictaduras militares –expone Benmiloud al desvelarnos la categoría ética tras la anécdota- supera su exasperación hacia la impotencia de la izquierda bienpensante. Lo importante es el combate individual contra la barbarie y el fascismo, sea por compromiso personal, sea por la literatura (que es otra forma de comprometerse). Hay una reivindicación profunda de la ética, y, sobre todo, de la ética de la palabra”. Pero también se hizo merecedor de afinidades rotundas (“Bolaño tuvo buenos amigos que fueron grandes propagandistas de su persona y de su obra. Pienso en Enrique Vila-Matas, que me lo recomendó como crítico para La Vanguardia, en Javier Cercas, que lo introdujo como personaje en “Soldados de Salamina”, o en Rodrigo Fresán”, explica Vila Sanjuán) que con su desarraigo fueron claves en la figura pública de este escritor tan inusualmente raro y leído. “Su rabia, su generosidad y su condición apátridas son simplemente notas de color, pretextos para la gesticulación mediática: material externo”, corrobora Herralde. Ferrero indica que en su talento “como poeta y narrador y su entrega casi absoluta al arte de escribir” radica su reconocimiento, dejando atrás “su rabia contestataria y su pluma polémica que sólo explican parcialmente su éxito, ya que si su calidad no estuviera al nivel de los grandes (Borges y Cortázar), las polémicas no hubieran cuajado“, asegura Benmiloud. “A cinco años de su muerte nos tiene trenzados en un debate acerca de la relevancia de su obra. La academia con voz pomposa y los medios de forma lúdica se preguntan si estamos ante una gran renovación creativa o es una moda que terminará como cualquier fuego artificial”, remata Cecilia García Huidobro.

Y aunque Echevarría considere que “un autor de su categoría no necesita descubridores, sólo lectores”, lo cierto es que sus seguidores han consolidado sobradamente la que fuera “Estrella distante” de Bolaño con 30.000 ejemplares vendidos en cinco ediciones de “2666”. Recibida con valoraciones como la de Santos Sanz-Villanueva: “Las mil páginas de la novela póstuma “2666” corroboraron con asombro esa admiración que ha producido comentarios exultantes, devociones místicas y elogios incondicionales: autor magistral, clásico indiscutido, escritor amuleto, último acontecimiento de la historia de la novela…”. La disección de ese público bolañífago, a veces entremezclado, según Benmiloud arroja dos frentes: “el de los jóvenes, que se adhieren a su visión del sexo, de la poesía y del rock, a su estética rimbaldiana, a su intransigencia y a su gusto por la provocación y el de los lectores voraces, que saben que su literatura es universal, hecha de una acumulación extremadamente sutil de lecturas y relecturas de los grandes clásicos y de los poetas de vanguardia”. Sin duda para su editor, “detrás y delante de esta legión de prosélitos está la literatura con las debidas mayúsculas (que Bolaño detestaría, pero que son obligadas). Es el triunfo del más espontáneo boca-oreja en las más variadas latitudes” que arranca para Vila-Sanjuán con el premio Herralde a “Los detectives salvajes” en 1998. “Jorge Herralde es el editor literario más prestigioso de Hispanoamérica, y su apuesta por Bolaño a partir de este momento fue total. Los textos obviamente la sustentaron, hasta esa cima que constituye su obra póstuma “2666”, editada por Echevarría, un crítico que ha tenido un papel relevante en la fijación para la posteridad de su figura literaria”, afirma Vila-Sanjuán. Y no porque a Bolaño le falte calidad y le sobre marketing. “Un escritor de altura y plenamente literario como Roberto nunca va a tener los millones de lectores que tiene los novelistas-basura cuyos engendros llenan las librerías. Por lo demás, ojalá tuviera todavía más lectores. La actual difusión de su obra ni es un fenómeno de marketing ni el resultado de la siempre improbable ansiedad de los lectores. Tenía que llegar su momento”, asegura el autor de “Ángeles del abismo”. Algo en lo que García Posada discrepa: “soy bastante escéptico con las exaltaciones, máxime en la novela latinoamericana que ha producido obras egregias como “Pedro Páramo” “Paradiso” o “Cien años de soledad”.  

Confirmado el éxito de ventas queda convencer a la crítica. Como nos comenta Herralde el fenómeno Bolaño ahora está triunfando en EEUU de forma inusual. “Primero empezó con sus novelas breves y sus cuentos en la exquisita editorial New Directions, que preparó el terreno. La no menos literaria pero muy potente Farrar, Straus&Giroux publicó el año pasado Los detectives salvajes, con un éxito clamoroso de crítica, desde la muy exigente New York Review of Books hasta Playboy (que le otorgó 4 conejitas, el equivalente de las estrellas). Y también vendió en pocos meses, según me aseguró Jonathan Galassi, su editor, 35.000 ejemplares en la edición hardcover, una cifra casi impensable en la literary fiction traducida. La opinión general es que sólo unas pocas novelas de García Márquez y de Vargas Llosa habían logrado tal adhesión, a la vez de crítica y lectores, entre los autores traducidos del español”. En palabras de Masoliver “el prestigio lo tiene asegurado al igual que otros renovadores que han tardado mucho en imponerse como Vila-Matas que hasta “El Mal de Montano” era un desconocido”. El propio Bolaño explicaba el panorama literario como un río feroz que engulle a muchos y permite a unos pocos sobrevivir. Ahora queda saber si su historia es también una moda más con fecha de caducidad como augura García Posada… “No creo que ningún lector sensato lo piense. Bolaño perdurará como uno de los mejores latinoamericanos de todos los tiempos. Me parece una profecía nada arriesgada”, refuta Herralde. Vaticinio al que se apunta Masoliver:Es muy difícil saber si se salvará porque las tendencias van cambiando y hay nuevas generaciones con otras propuestas como le pasó a García Márquez o a Vargas Llosa. Por suerte los críticos que no son bolañistas –palabra que me acabo de inventar- no se atreven a hablar mal de él, simplemente se callan, porque saben que no lo entienden. A Bolaño le salvará su humor, su imaginación, los paisajes delirantes que crea…“. Echevarría anticipa que Bolaño tendrá aún que atravesar la resaca que producirá su propia fama. “Como amigo me parece ahora mucho mejor escritor que cuando vivía, a pesar de que haya cierta inflación y mito post-mortem. Su literatura resiste esta veneración. No tengo duda de su valor, no como fetiche, sino como autor que crecerá con el tiempo por muchos motivos, algunos extraliterarios, pero también literarios”, concluye. Del otro lado García Posada apostilla: “Los juicios literarios son por naturaleza aleatorios. Tengo ya los años suficientes para haber visto veredictos unánimes que quedan descafeinados. Hace años la crítica apostaba sin vacilación por Cortázar en términos que seguramente hoy no lo haría”.

La intuición de la genialidad

Pero ¿era consciente el chileno de que estaba escribiendo obras maestras con esas novelas de gestos o era sólo pose? Como indica su editor “Bolaño estaba convencido de su altísima apuesta literaria. Otra cosa es que detestara alardear de ella o lanzara cortinas de humo para enmascararla. Un elegante (e imprescindible) pudor dandy”. La certeza nos la aporta Jesús Ferrero: “Algunos meses antes de su muerte, Roberto estuvo cenando con Irene Gracia y conmigo. Llegó aquejado de un malestar general que se hacía visible en su cara. Discutimos sobre el arte de la novela con cierto fervor, pero arropados por el calor de la amistad. Roberto tenía la sensación de estar escribiendo una gran novela. Al escucharlo, yo pensaba en una especie de gran catedral cuántica. Nos dijo que había soñado con Dios como una fuerza huracanada que recorría el universo. “¿Una fuerza ajena a nosotros?”, le pregunté. Roberto respondió: “Completamente ajena”. Luego sentí lo que Roberto sentía: que estaba embarcado en una gran obra. Creo que Bolaño era consciente de su valía literaria, y esa conciencia era buena para él: le ayudaba a trabajar y alejaba de su cabeza el fantasma de la muerte”.

Anuncios