Macedonia, un lugar que todos sienten como propio

Multiculturalismo, naturaleza y hospitalidad en diez días 

Apenas 25.713 km2, llenos de atractivos para el viajero

La ventaja de no tener miedo a la improvisación viajera es que la sorpresa termina siendo una compañera a la que abrazarte en cada rincón que descubres. Por eso hacer la maleta para irse a Skopje era, aparte de un destino exótico, toda una oportunidad de poner cara de asombro ante lo inesperado.

No llegan a los 2.500.000 habitantes, pero les podemos asegurar que las tierras macedonias dan para muchos días de estancia. La diversidad de religiones, etnias y su milenaria historia crea en este país, surgido por la contumacia de su ejército en las guerras balcánicas de los noventa, una sugerente confusión de minaretes, iglesias cristianas y por supuesto vestigios bizantinos y grecorromanos. Una mezcla de religiosidad y bravura que se traduce en festividades como la que mueve a cientos de jóvenes a lanzarse al río Vardar a recuperar la cruz arrojada por el sacerdote ortodoxo en una exaltación pagana de la fe. Seguramente, de ser posible, les recomendaríamos que iniciasen su recorrido por alguna otra ciudad distinta a Skopje, sobre todo para que no se batan en retirada ante un espectáculo urbano que les recordará a la España de hace unos veinte años. Allí es donde fueron a parar todos aquellos vehículos ya desterrados de nuestras carreteras, los Simca1000, Renault 4 y autobuses sólo aptos para nostálgicos. Si le apetece disfrutar del país, alquile un coche por unos 300 euros, porque si hace cuentas el cambio de euros a dinares le compensará en el pago de pernoctaciones y agasajos gastronómicos. Merece la pena no depender de los horarios de trenes para ir de una localidad a otra, porque aunque a los macedonios las distancias les parezcan enormes, en unos quince días puede hacerse una idea bastante aproximada de las bellezas naturales y artísticas que esconde su abrupto relieve. Tenga en cuenta que quizá por influencia de Bulgaria, las libertades en la conducción viaria son algo mayores que las licencias que nos tomamos en España, así que no se extrañe si presencia adelantamientos por la derecha e incluso múltiples en carreteras poco aptas para los excesos.

Los lugares santos

Entre los enclaves referentes de Skopje que no puede dejar de ver están la Fortaleza de Samuel, la Mezquita Mustafa Pasha y Daut-Pasha’s Amam, transformadas en sendas galerías de arte contemporáneo, la iglesia ortodoxa de San Clemente con sus espectaculares formas redondeadas o el Museo Nacional en el que podrá conocer las vicisitudes de este pueblo guerrero en su lucha por independizarse de la opresión otomana, con sorprendentes publicaciones satíricas del siglo XIX e incluso una vitrina con documentación gráfica y alegatos como el conocido “¡No pasarán!”, dedicado a los brigadistas internacionales en nuestra guerra civil. Por supuesto, no deje de transitar por el Turska Ĉarsija, antiguo mercado, donde tal vez pueda regatear en alguna zlaten, joyería, ni de echar una ojeada a la que fuera prisión turca de Kurshumli An. Pero no se olvide de acercarse a contemplar la quebrantada fachada del Museo de la ciudad y su reloj, parado en la hora exacta en que el terremoto sacudió la ciudad en 1963. Y para anclarse en el tiempo definitivamente, pásese por el Kaj Marshalot, un restaurante, donde aparte de pedir la Schopska Salata o una Pastrmka tendrá ocasión de fotografiarse junto a imágenes del omnipresente Tito o a los camareros, ataviados como los pioneros de la Yugoslavia comunista. Por tan sólo 37 euros podrá encontrar alojamiento en el barrio de Vodno, una de las zonas residenciales de la capital, desde donde podrá acercarse a visitar la Cross Millenium, una gigantesca cruz que se puede divisar casi desde cualquier parte de la antigua Skupi romana.

Un país para descansar

De camino al sur, puede hacer una parada en el Lago Matka, custodiado por las mismas montañas en las que ermitaños e insurgentes buscaron refugio por distintos motivos. Algunas de las grutas son visitables a pie y otras exigirán de usted conocimientos de espeleología acuática, pero vale la pena. Ya en Tetovo, entenderá que la convivencia intercultural es posible, adentrándose en la Mezquita de Colores –sin necesidad de atezarse de velo- o en la Tekka Arabati Baba Dervish, en la que no se empeñe, ya no hay derviches que bailen al ritmo de siete octavas. En Ohrid la oferta hotelera es amplia (a partir de 45 euros en una calidad aceptable), salvo que su estancia coincida con el Festival Balcánico de Danza y Canción Folclórica al que de un tiempo a esta parte se han añadido músicas más internacionales como el jazz o los conciertos que acogen iglesias como la de Sveti Sofia. Y no busque en la vecina localidad de Struga, porque en esas fechas cuelgan el cartel de completo por las veladas poéticas internacionales. En ambas dispone del solaz que proporciona un inmenso lago, que los macedonios emplean como el Balatón de los húngaros, y donde si es bueno en la brazada puede incluso cruzar de país a nado, ya que este espacio lacustre comparte frontera con Albania. De vuelta a la orilla tiene tarea porque Ohrid es conocida como la ciudad de las 365 iglesias, con espectaculares balcones rocosos al lago sobre todo desde la zona de Sveti Jovan Kaneo o Sveti Pantalejmon y calles en las que saciar el afán de consumo con artesanía de la madera y “perlas macedonias”.

Buscarse la vida para dormir en un país del Este de Europa nunca es un problema, pese a que Macedonia sigue siendo un destino turístico inexplorado

Lejos del bullicio turístico le queda aún por ver Bitola, en la que a día de hoy se sigue excavando para recuperar la antigua Heraclea-Lincestis, el segundo yacimiento más importante en la actualidad junto con Stobi. Si se atreve puede probar a residir en Villa Dihovo, donde el precio del alojamiento se deja a criterio del visitante. Más griega e internacional, Bitola es la sede del Festival Internacional de Cine Manaki y en su sincretismo combina el antiguo bazar de Bezisten con una gastronomía peculiar en la que brillan con luz propia sus pimientos picantes. Tras las lágrimas que le harán verter las delicias culinarias, incluido una especie de arroz con leche, el Sutlijash, regrese quizá por Veles para pasear por la patria chica de Kocho Racin, primer escritor moderno macedonio y frenético revolucionario antiburgués. Y si de asomarse se trata, concluya su viaje en el Observatorio Astronómico de Kokino que encontrará después de preguntar pasada la iglesia de Sveti Gjiorgi en Staro Nagoricane, que le aconsejamos vivamente, si encuentra quien le entregue la llave. Ya en el emplazamiento neolítico de Kokino, cercano a Kumanovo, reflexione cómo llegaron a calcular los tránsitos de los cuerpos celestes con tanta precisión y sobre todo, cómo consiguieron horadar la piedra a semejante altura. Y si después de eso le quedan dudas…, vuelva a la hospitalidad macedonia.

(Publicado en ACTIVA)