Las vacas de Stalin

Anna vive desde la inconsciencia su historia personal de brillante estudiante por un lado y dramática bulímica por otro. Suelen decir que las personas aquejadas de este trastorno alimentario son víctimas de su propio afán de
perfección, por supuesto desmesurado. Irónica actitud teniendo en cuenta que la joven protagonista tiene más que reciente la experiencia de su madre, Katariina, zarandeada por las circunstancias históricas que la hicieron navegar entre la extinta Unión Soviética y la independencia de Estonia, obligando a su hija a desprenderse de cualquier vinculación con sus raíces a ambos lados del Báltico.
Sofía, la abuela y madre, es la tercera pata de este taburete que cojea
en la desorientación de sus personajes, anclados en el Este por la realidad
histórica, pero ansiosos de libertad occidental como todos sus convecinos, anhelantes de recibir todas esas prendas con las que comercia Katariina, la esposa del finlandés y por tanto la capitalista en un mundo de privaciones y miradas envidiosas como si se tratara de una de las “mulas” de nuestra frontera sur, cargando fardos interminables.
La novela es también la saga de tres silencios, el autoimpuesto de la nieta, entregada a su dios de la comida al que ofrenda sus mejores prendas, sus ayunos; el de la abuela, en la autarquía del padrecito, condenada a olvidar esa represión que se cuela por las rendijas de la vida cotidiana; y el de la  madre, distanciada de todo y de todos al fondo de su amargura por la pérdida de identidad.

Las vacas de Stalin. Sofi Oksanen. 451 editores. 474 páginas. 21,50 euros.

(Publicado en ACTIVA)

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