El astillero

LIBROS - EL ASTILLEROLa de Onetti es una novela asfixiante, angustiosa para el lector que se acerca a la miseria de este Larsen, despojo de sí mismo destinado en un astillero tan moribundo como él. De hecho, los escenarios de la trama son permanentemente los mismos, la glorieta, el astillero, la casilla y Santa María, paisaje de condena para Larsen, pero también para sus acompañantes en este metastático destino que es esperar la llegada de la nada. Porque ni siquiera los supuestos espacios de esparcimiento en este perímetro de la desolación son tales; así tenemos el Belgrano y su dueño, Poetters, atado a ser observador de la carcoma que devora a los habitantes de esta región de los olvidados.

A lo largo de la narración el autor nos traslada constantemente la idea de la inanidad de todo lo que sucede como cuando casi al inicio del libro habla del “absurdo regular y permanente en que estaba sumergido” al mencionar las tareas metódicas e inútiles del calvo Gálvez en mitad de esa oficina donde hasta el conmutador telefónico está “definitivamente sordo y mudo”, cruel metáfora de la incomunicación de este tanatorio de la actividad que es el astillero. No más optimista es nuestro Larsen, según sus propias reflexiones “difunto sin sepelio” que se esfuerza de manera ímproba en aportar un ficticio dinamismo al entorno del despacho que rápidamente languidece absorbido por ese vacío que todo lo engulle. El protagonista, recién desembarcado en su nuevo trabajo, se nos describe ya como una figura entregada a romper el aburrimiento de lo institucionalizado, a pesar de que ya desde el principio sepamos que su afán será burlado porque el propio ritmo del relato conduce a preservar ese aire de indolencia, donde de nada sirven sus ensayos de muecas de miradas o sonrisas o sus indagaciones en torno a temas de sonoras pretensiones, pero nulo contenido, para aproximarse a esa pareja de la gran sala desierta que forman Kunz, gerente técnico y Gálvez, administrador. Ellos, entretanto simulan ese frenesí de embustes y labores sin objeto que permiten a Larsen confiarse en un futuro más acogedor.

La del astillero es una tierra de bostezos a mediodía y calendarios obsoletos, sin cabida para la verdad por obscena que ésta sea y una tierra de abandono del hombre frente al hombre, en la imagen redonda que es el libro de Onetti de la desesperación del ser humano. Para ello el uruguayo nos dibuja ese escenario del drama de oírse a solas, los pasos de Larsen que recuerdan al sonar de tacos de “La ciudad y los perros”, en una pelea distinta por la supervivencia, porque en “El astillero” no hay punto para la esperanza y la soledad es la de las existencias aisladas como en urnas de cristal, mientras que en la novela de Vargas Llosa es el saberse arrojado a la jungla de esa otredad enemiga de los compañeros de curso en esa escuela militar diseñada para extraer lo peor de cada alumno. En esta oficina de Larsen hasta las cerraduras son inútiles, pese a que él bien se encarga de mantener las apariencias en el camino a Belgrano, por más que en la ruta Onetti nos recuerde la resignación y la hipocresía que lo empujan.

Y no mucho mejor es otro hábitat, el de las relaciones sentimentales que entabla el personaje con Angélica, muchacha desproporcionada e infantil, en esa casa que se nos presenta ya en las primeras líneas como “cerrada para él” y donde la autoridad la impone ese ídolo con pies de barro que es Petrus. Tal vez ella es el perfecto prototipo de ese dejar pasar el tiempo, transformada en espectadora de su propia existencia, tan muerta como Larsen al que ya en la página 40 el escritor se encarga de asesinar para eliminar cualquier posibilidad de salida de este laberinto de pasividad.

La ambientación de esta miseria que rodea y anega a los personajes no podía ser otra que la de lugares míseros, acordes con la peripecia de este astillero, símbolo del barco sin derrota que son todas las figuras fantasmales que lo pueblan. No hay sitio para la confraternización, ni para fiar al que deja a deber como Juntacadáveres, cuando la desgracia acucia, pero sí para analizar faraónicos presupuestos de difícil viabilidad en este astillero de la apariencia que es la sociedad hundida, pero que conserva cada uno de sus enseres hasta que la degradación interior de los seres que lo habitan se ocupen de desguazarlo. Larsen es un náufrago, un John Wayne gordo y grotesco, de tripas sonoras por el hambre, en el desierto oficinesco habitado solamente por esas carpetas que como madreselvas lo inundan todo con sus lecturas inútiles. Un hombre que siente la necesidad de hablar, la nostalgia de encontrar vida en algún resquicio de su paisaje físico o humano y que siempre se topa con ríos o cuerpos muertos y los silencios en derredor de esos compañeros de oficina, casi animales domésticos.

El revisionismo del pasado, las iniciativas del futuro de nada valen cuando todos los interlocutores esperan tu confesión de que los planes eran tan mentirosos como la promesa nunca cumplida de ese gerente o la sensación de normalidad que no termina de cuajar en la espesa locura que ahoga a Larsen, hasta sacrificarse en pos de la tranquilidad infructuosamente en su intento por conquistar a la hija de Larsen. Hasta el placer estrictamente térmico en la fogata de la casilla es frío y los besos, como los que la mujer de Gálvez cree que Larsen busca, son meros trueques en esta relación de unos contra otros. Y la carne es la del protagonista, degenerada, enferma, por lo que se hace imprescindible visitar al doctor Díaz Grey quien diagnostica que “no hay la menor esperanza” a este espacio lleno de voces fantasmas como Comala de Rulfo o el Chamamé que sueña Larsen.  

Santa María es un cementerio de elefantes convencidos de su vulnerabilidad como Kunz o Gálvez o fingidamente inmortales como Larsen que pasa de reflexionar por boca del autor a declamar su propio discurso (“tampoco pienso irme”), en medio del fracaso de sus gestos, que no es sino memoria de la podredumbre de la que es incapaz de escapar. En ese sentido esa climatología adversa del astillero refleja la corrosión a la que se someten todos los personajes apartados de esa realidad que está fuera y ninguno alcanza. Sólo Gálvez, quien sabe si por venganza o por no aceptar la locura, esgrime un documento inculpatorio contra Petrus, señor de ese ejército invisible de Puerto Astillero (“tengo la palabra de un ministro”), pero su hazaña quedará desvanecida al sucumbir a esa erosión generalizada que es el mundo del propietario y por extensión de Santa María. Y Larsen en un último conato de decisión acompañará en esa muerte líquida a su subordinado, pagando con su reloj un viaje a ninguna parte, alegoría de ese tiempo detenido por un Dios despiadado e inmóvil, que ha seguido como el lector toda la evolución a la parálisis definitiva que es la obra.

 El astillero. Juan Carlos Onetti. Seix Barral.

Y la reflexión de Carlos Franz en Casa de América