Ágape se paga

 

agape El placer es pernicioso o por lo menos eso se dice este hombre anclado en una cama de hospital, sintiendo sus músculos, el fluir de su sangre y la derrota de sus ideas en esta inmovilidad de no poder seguir anotando sus reflexiones. El protagonista del libro de Gaddis es un Rey Lear inquieto por haber hecho las particiones necesarias de esa herencia a sus hijas, uno de los argumentos recurrentes, el ritornello tal vez de esta partitura mecánica que es el libro.

En esa perturbación mental del que rechaza pensar en su propia muerte un hombre medita obsesivamente en torno a la conquista del arte por la masa -gracias a la intervención de Mackintosh y su Escuela de Glasgow, a los que no nombra-. Es la pianola, aunque también los artilugios escenográficos de Herón de Alejandría y la desesperanza de  quien se horroriza ante la interpretación de la Sonata de Kreutzer en un patio de butacas plagado de escotes. Este conciso pero asfixiante volumen ata al lector a escuchar sin detenerse los rollos de música en los que Gaddis tiembla ante la primera electrocución en la penitenciaría de Auburn y hace tambalearse los cimientos de esa cultura tan ritualizada, la estadounidense, criticando al idolatrado Mill y alzando su voz con Hawthorne contra las “escritorzuelas”. No le queda tiempo para recuperar todos esos trocitos de conciencia con los que hacer la anotación definitiva antes de echar el cierre como el jefe de la Oficina de Patentes en 1875. Coja papel y lápiz porque hay para todos y Gaddis reparte sin parar; despotricando contra el periodismo que trabaja para igualar los apetitos subliterarios de la burguesía y el proletariado.

Alicia González

Ágape se paga

William Gaddis

Sexto piso. Madrid, 2008.

116 páginas.

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