La ciudad y los perros

Jaguar y Alberto son las dos caras de la moneda, la acción y la reflexión, la clase más popular y la sociedad de buen tono peruana. Ambos se encuentran en el Leoncio Prado, dentro de ese Círculo en el que la hombría se demuestra actuando o resistiendo. Alberto opta por esta segunda forma de supervivencia, designado “el poeta” por sus camaradas de esa logia de la brutalidad del colegio por su habilidad para la redacción de esas cartas con las que los iletrados muchachos pretenden conquistar a sus novias, mientras que Jaguar escoge un cursus honorum de la violencia, imponiendo el respeto mediante el temor que siembra con su rebeldía a dejarse bautizar desde el primer día. El Leoncio Prado se rige por el código de la testosterona que segregan tanto los jóvenes cadetes como los oficiales, desatentos a las reglas de la justicia y la equidad y en ese listado de los más feroces Jaguar es sin duda quien capitanea a los compañeros de cuarto. Todo está deshumanizado en la escuela, desde las enormes salas en las que cohabitan, hasta las emociones, para unos únicamente sexuales, personificada por los que prefieren a la Malpapeada para desfogarse y para otros, síntoma de normalidad, en esa búsqueda de muchachas castas como Teresa que les afiancen en su integración social.

Alberto y Jaguar son desde el principio los más aceptados por el grupo, puesto que ambos parten de una situación de ambigüedad, de primeros escarceos a la llegada al colegio, hasta que cada alumno va posicionándose en una suerte de escalafón que se gana por méritos frente al resto. Es la lucha de uno contra los otros como el “El señor de las moscas”, porque la salvación la marca la diferencia, la supremacía que puede devenir del ejercicio de la fuerza física o de otras cualidades inusuales como las de Alberto, escritorzuelo de emergencia para calmar las ansias sexuales de la soldadesca. En ese aspecto los dos rompen con una tradición no escrita en la academia militar, el Jaguar con la de recibir ese bautismo de golpes y Alberto con la de ganarse la estima o al menos la indiferencia de los compañeros de penurias. De todas formas los dos protagonistas de esta historia de hombres sin hembra, de machistas pugnando por demostrar su hombría, van evolucionando a lo largo de la narración, enseñando al lector los dobleces de estos presuntos reverso y anverso, porque ni Alberto es tan íntegro como parece inicialmente ni Jaguar tan desalmado, sobre todo por la presencia equilibradora de la imagen femenina que hace de él un hombre sino cabal, más asentado, quizá por comparación también con la figura del flaco Higueras.

Además, en Alberto Fernández, instancia narrativa principal de la acción y flujo de conciencia continuo en el hilo de la novela, apreciamos un desdoblamiento adicional de su personalidad que hace a veces difícil seguir la narración por cuanto su actitud dentro y fuera del Leoncio Prado es abismalmente distinta; por un lado, insensible, aunque ajeno y frío a la bestialidad del ambiente colegial y cercano y sensible con sus amigos Pluto y Tico en cuanto regresa a Miraflores. También es el Poeta el que más individualista se muestra en sus impresiones y fraseos, por oposición a Jaguar que, siendo representante también de sí mismo, siente como suya la legislación tácita del Círculo en la que no faltan los abusos sexuales como medida disciplinaria o simple desahogo. Probablemente estas características derivan de la extracción social de cada uno, ya que Alberto procede de una burguesía alta, más habituada a defender sus valores, incluso aunque la suya sea una familia desestructurada con esa madre enloquecida por la ausencia del padre y en cambio Jaguar es el líder de los desclasados, acostumbrados a instaurar la superioridad mediante un catálogo de prejuicios y sucias armas de juego. En realidad, la estructura piramidal de Lima se reproduce en estos seres sometidos a la degradación transversal que aflora en los niveles superiores a través del comportamiento de los militares, pero también en todas las categorías del alumnado, con los perros en el extremo de la jerarquía, obligados a encarnizadas luchas fratricidas, la hermandad de la violencia, que, por otra parte se dan también en el resto de las capas sociales de este infernal ambiente.

Como en la obra de Golding en la novela de Vargas Llosa los personajes van cambiando desde el desconocimiento a la aceptación de una ética casi mística que rige el Leoncio Prado, para posteriormente terminar de modificar su conducta tras la disolución del Círculo con los luctuosos acontecimientos que suscita la expulsión de Cava y la muerte del Esclavo. Es entonces cuando el lector siente una especie de liberación al distanciarse del estrés que penetra todos los estratos del colegio para conocer la trayectoria de los chicos a los que ha seguido durante toda la novela con esa imagen de Alberto en medio de una “luz blanca y penetrante” camino del barrio y con Jaguar reconvertido en un ciudadano alejado de la conducta delictiva que pasará a estar personificada en el personaje duro del flaco Higueras y por tanto, un ser humano que nos descubre su lado más tierno. Tal vez porque al desintoxicarse de la despersonalización en el colegio militar rescata su vertiente más emocional, interpretando la desgracia de los demás, las mujeres, en clave de compasión y asumiendo durante su encierro en el calabozo el rol de Ricardo Arana, repudiado por todos, lo que provoca su confesión.

Así, la figura de Jaguar deja de ser la del maestro de ceremonias que marca la pauta entre los compañeros, una vez que se ha descubierto la traición después del robo del examen de Química. La suya es una justicia inexorable, cumpliendo los designios desde la obediencia, mientras que la del Poeta es una conducta más marcada por los acontecimientos que por la norma de esa virilidad necesitada de permanente refuerzo. Por eso, a la muerte de Arana Alberto se nos presenta sorprendentemente inerte, sin capacidad de reacción, lo que le enfrenta una vez más a Jaguar, asesino del delator, a pesar de que en su momento Alberto no dudara en flirtear con la novia de su amigo el Esclavo. Y más adelante, el protagonista pasa a suplantar a Jaguar en sus fechorías, buscando dinero con un robo fácil y en réplica de Arana con la declaración al teniente Gamboa sobre la autoría de la muerte accidental de su camarada. Alberto dejará de ser el integrado con sus novelitas pornográficas, acusado por la autoridad de exceso de imaginación y condenado por apocalíptico a acatar las directrices de esta absurda institución.

Nos queda sólo ver ese duelo de iguales, de Alberto y el Jaguar en la celda del Leoncio Prado, en un pacto entre caballeros donde Gamboa es el observador de dos proyectos de hombre según el humillante reglamento de la oficialía y no existe tregua posible entre el deshonesto, Alberto y el coherente Jaguar, en una inversión de los papeles que hemos contemplado incluso desde la perspectiva amatoria pues uno se decanta por la Pies Dorados, en tanto que el otro tiene en Teresa al objeto de su devoción.

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