El cartero de Neruda

El cartero de NerudaTomando por buena la información que nos ofrece el propio autor, en su papel de narrador heterodiegético en la introducción y epílogo del libro, debemos pensar que gran parte de lo que en él se menciona responde a documentación recopilada por Skármeta en ese fallido reportaje para un periódico. De ser cierta la historia de ese encargo periodístico las peripecias de Mario Jiménez se entremezclarían con las del redactor cultural de un diario de quinta categoría, suponiendo así que el escritor no cuenta toda la verdad de ese contacto infructuoso establecido con Neruda en Isla Negra al decir que la frivolidad de su impertinente pregunta fue contestada con una audaz respuesta por parte del Nobel chileno.

Pero dejando atrás este juego de razones e intenciones que Antonio Skármeta nos brinda debemos buscar el entramado de historia y ficción basándonos únicamente en los datos ciertos para los que podemos encontrar un contraste documental. Nos referimos a todas esas pinceladas de información que el novelista disemina a lo largo de la obra que, concebida como una doble historia de amor y veneración, la del cartero por Beatriz González y la del cartero por el escritor Pablo Neruda, quien, por otra parte auspicia el encuentro de los jóvenes con sus versos. Así, hilvanado con una historia aparentemente amable el de Antofagasta hace para el lector un somero repaso a los sucesos más importantes del Chile reciente a través de uno de sus personajes más significados, Neruda, no sólo por su trayectoria literaria, sino también por su compromiso político al lado de los demócratas de Salvador Allende.

El primer cuadro del Chile de finales de los sesenta –cuando llega a sus pantallas “West Side Story”- es el de los trabajadores del mar, personificados en el padre de Mario, José Jiménez, que nos permite conocer la dureza de la vida de los pescadores de la que el hijo huye para refugiarse en el servicio estatal de Correos. Mario es un muchacho de pocos recursos económicos y soñador aficionado a ese cine de evasión de “mujeres de bocas turbulentas durísimos tíos de habanos masticados entre dientes impecables” -descripción que nos recuerda al mundo fílmico y de revistar ilustradas que refleja en sus obras Cabrera Infante- con el que escapa de ese mundo de analfabetismo y pobreza. No es que las condiciones de los funcionarios de Correos sean muy opíparas por lo que sabemos gracias a su jefe, pero sabemos por Cosme que el cliente de Mario será un único destinatario, Pablo Neruda, al que como se dice en el libro llegaban montones ingentes de cartas como confirma su epistolario con J. Edwards o con la Agencia Literaria ALA.

 Respecto al bolígrafo verde de la primera dedicatoria podemos pensar que es un guiño también al que usara Cortázar, detalle anecdótico, pero igual de real que el hecho de que es Losada la editorial en la que ven la luz las “Nuevas odas elementales” y tal vez recibiera con ansiedad la correspondencia procedente de Suecia antes de que le concediesen el premio que esperaba en 1971, porque su nombre figuraba entre las eternas listas de candidatos desde el 63. Mediante las reseñas de algunos visitantes al poeta en aquellos años de Isla Negra podemos dar por válida la desmañada actitud indumentaria de Neruda o la decoración de esa casa poblada de restos de naufragios y libros a la que llega Mario con su melena a los Beatle antes de obnubilarse por Beatriz al ritmo de los Ramblers y enredarse del todo con los boleros de Roberto Lecaros en boca de dos borrachos que es probable siguieran en las listas de éxitos de este lugar alejado de la civilización a orillas del Pacífico.

Por lo que respecta a la penetración del socialismo entre el pueblo llano, representado por la figura de Cosme, desde los años de Luis Emilio Recabarren, Chile era uno de los pocos países del cono Sur que no se había demostrado inmune al socialismo, pese al triunfo de Frei, previo a los años del relato de Skármeta. En esa situación política Neruda es uno de los primeros en significarse contra un Gobierno que inhábil para regir los destinos de la ciudadanía opta por el castigo como en su “Yo acuso”, ya en 1948. Si hacemos caso entonces a una cronología lineal, el enamoramiento de Mario de la hija de Rosa debe coincidir con el año 1969 en que publica “Fin de mundo” y el Comité Central del Partido Comunista designa al poeta candidato a la Presidencia de la República, candidatura que como cuenta la novela y explica el propio Neruda en “Confieso que he vivido” retira en apoyo de Salvador Allende, proclamado oficialmente Presidente de la República de Chile en 1970. Una elección que consigue que el humanista regrese a sus tareas literarias tras vencer los comunistas de Allende a los alessandristas, cuyo hombre en San Antonio es el diputado Labbé, frente al que por primera vez Skármeta nos revela al proletario Mario Jiménez. Si hacemos caso a las citas de la madre de Beatriz, por entonces Neruda es ya un vate consagrado entre los chilenos de a pie que saben de memoria sus versos, a través de los cuales Rosa enumera los peligros que le esperan a su hija de mezclarse con el cartero, mientras el otro poeta, recorre el país de Norte a Sur haciendo campaña por el FRAP. En ese capítulo Skármeta se permite la licencia poética de hacer bailar como un enorme pelícano en tierra a don Pablo al ritmo del himno de los carteros a cargo de los Beatles.

La victoria del primer marxista en Chile es celebrada en la hostería con una escena de sensualidad en la que Mario y Beatriz juegan con un huevo, metáfora de ese amor consumado que comienza, para al poco anunciarnos la marcha de Neruda a París como embajador del nuevo Gobierno, sustentado por unas firmes bases movilizadas para apoyar las primeras iniciativas del Ejecutivo popular que establece vacaciones para los obreros textiles y promete la llegada de la electricidad a la costa en breve. Hemos dejado atrás el cine de las femme fatale y el novelista nos menciona a Rock Hudson y Doris Day como dato fidedigno para contextualizar la época a través de la referencia cinematográfica a la que se suma la mención de la teleserie “Simplemente María”, contra la que luchan sin éxito las consignas marxistas de los revolucionarios y el magnetófono Sony que Mario recibe con el encargo del “exiliado” Neruda.

Más adelante el novelista nos avanza las primeras contrariedades del gobierno Allende al que el embajador estadounidense Korry había prometido acorralar económicamente al decir a Eduardo Frei que “no permitiremos que llegue a Chile un tornillo, ni una tuerca … En cuanto Allende asuma el poder, haremos todo cuanto esté en nuestras manos para condenar a Chile y a los chilenos a las mayores privaciones y miserias…”, lo que hace comprensible el desabastecimiento que solivianta a la madre de Beatriz y que en casa de Mario viene a incrementar el nacimiento del pequeño Pablo, hijo malcriado a los pechos del progreso que exige más de lo que da a la madre patria. La determinación de cortar las vías de financiación de los estadounidenses se traduce en el recorte de créditos al Gobierno democrático y una inflación galopante de la que se aprovechan los generales de la Operación Cóndor para, con el amparo de la CIA, exterminar en América Latina gobiernos progresistas como el de Chile, en el golpe de Estado del 73.

 

Por último, citar el cierre del libro en el que Mario reparte los últimos mensajes al poeta, enfermo de leucemia y sitiado por sus opositores, premonición de la muerte del régimen al que Neruda sobrevive por pocos días. El cartero, desaparecido el poeta, recoge el testigo de su compromiso y se convierte en símbolo de una generación que nunca volvió, la de los hombres y mujeres que se llevó a pasear la DINA y en la que hasta la poesía era considerada subversión.


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