Cien años de soledad

Cien años de soledadEl universo de  la obra que dio a conocer en Europa a Gabriel García Márquez es un prodigio de reflexión en tono irreal sobre la historia de una comunidad a la que denomina Macondo, pero en la que reconocemos la invención de una Latinoamérica acosada por los fantasmas de la dominación de las armas. En realidad, como en “La casa de los espíritus”, pero quizá de un  modo más acentuado en esta novela el autor configura un mundo circular determinado por las pulsiones de sus personajes y en el que la maldición última en ese niño que culmina los peores presagios de la familia de los Buendía se cumple inexorablemente. Partimos de una nebulosa de mitos de los que brota la fábula con tintes más o menos reales o reconocibles que oculta “Cien años de soledad”, desde esas piedras ciclópeas como huevos prehistóricos hasta el apocalíptico final en el que García Márquez sentencia que “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Comenzamos con el fantástico viaje de Francis Drake y cerramos la narración también con él, para remarcar aún más si cabe la circularidad de este teatrillo en el que los personajes han sido tan sólo actores de un destino funesto, caracterizados incluso como colectivo, gracias al recurso de utilizar el mismo nombre familiar para distintas figuras, creando un cierto equívoco, salvo en personajes como el de Aureliano Buendía.

Los tiempos se suceden así como una temporalidad difusa con un casi fantasmagórico pueblo más vital que el Comala de Juan Rulfo, pero teñido como aquél de espectros que condicionan el presente de los vecinos de esta comunidad anclada en una selva imposible de traspasar. Por ello en este ciclo histórico son relevantes los hilos conductores de la trama, a veces de la mano de los recuerdos del coronel y otras de las premoniciones de figuras como Pilar Ternera, a la espera de un pasado que no recobrará más que en el cuerpo del carnal José Arcadio, o de las disposiciones calladas de Úrsula Iguarán, poder fáctico frente a las locuras de su estrambótico marido. Entre las referencias temporales, dado que las espaciales resultan laberínticas, incluso para los habitantes de este microcosmos cuando deciden salir de él, están las periódicas visitas de los gitanos, allá por el mes de marzo, si bien la sorprendente mejora del aspecto de Melquíades –cronista profético de un Macondo que todavía no tiene forma- vuelve a suponer un juego con el lector que no dispone de método válido de cálculo en una especie de limbo temporal del que los propios personajes son conscientes como deja patente la propia matriarca de la familia, a lo que hay que añadir un desdoblamiento del tiempo, dependiendo de si se trata de personajes masculinos o femeninos, más existencialistas ellos y más conscientes del ahora ellas, por las particularidades de sus responsabilidades diarias en esta sociedad caribeña que recompone García Márquez.  Un tiempo perdido por tanto en oposición a un tiempo devorador.

Este pueblo, paradigma de la olvidadiza Latinoamérica, es un continuo sucederse de rencillas y atavismos, donde lo trascendente no es la guerra concreta o el imperialismo castrante –en la caciquil opresión de la United Fruit Company, signo de la decadencia que atenaza el universo de Macondo-, sino la solidez de esa esencia macondiana que no se licua con el paso de los años, porque los reiterados fracasos no llevan aparejada contrición alguna. Como en la visión de Carlos Fuentes el lector contempla un panorama “chingado” que no sale de su error de violencia, desesperación y una frustración, en ocasiones lúdica como la que abre el libro del aprendiz de alquimista, vencido por la tozudez de su esposa y en otros casos más amarga como la del coronel Buendía. De esta manera, lo que podría haber sido la biografía de uno de los próceres de la patria se convierte en una burla de las grandes sagas, empleando el elemento del espejo que aparece una y otra vez en la narración para desdoblar a la primer Úrsula en la última que como en un drama griego hace realidad ese designio escrito antaño.

Afortunadamente, todos estos episodios trágicos están salpimentados por la sorna de un novelista que trasgresor de los pilares de esa sociedad infértil, la religión y el autoritarismo. Así, las aventuras sentimentales de los ciudadanos de este lugar perdido en la selva son irreverentes trasposiciones de figuras sacras, con una más que evidente pareja arrojada del Paraíso que en lugar de llevar el estigma en la frente tienen su condena en una predicción que acabará por cumplirse de una descendencia de bestias. Las alusiones a la virginidad las vemos reiteradamente en Úrsula, casta esposa causante de la primera muerte que conocemos en la narración en el personaje de Prudencio Aguilar o en Amaranta, redundando en ese tiempo circular en el que cambian los nombres, pero no los significados de estas mujeres, remedos de Sísifo arrastrando la piedra de un carácter que las conduce irremediablemente a repetir los errores de ese pasado que es permanente futuro, empezando por las relaciones incestuosas que encontramos en todo el libro, los fenómenos atmosféricos de inusual duración o los augurios de Aureliano Buendía siempre de signo nefasto, pese a ser un personaje movido por sentimientos humanitaristas que le llevan a seguir la causa de los liberales en esas guerras fratricidas y más tarde en ser un suicida en potencia,  autolisis que no llega a ejecutar, porque como siempre será otro quien sustituya su destino.

Es precisamente este hecho, el intento de suicidio del coronel el que marca la frontera entre los ciclos narrativos de la novela construida en la cenagosa Macondo, comenzando el primero con los inicios de la genealogía de los Buendía, descritos con un aire mítico, para cerrarse con el fin de las contiendas entre conservadores y liberales y clausurar la edad de los descubrimientos y la edificación y consolidación de Macondo que representan José Arcadio, Aureliano, Amaranta y Rebeca. A medida que el pueblo va perdiendo su condición caótica y se va aprovisionando de las herramientas del gobierno los Buendía van sucumbiendo a una autoridad ajena y desnaturalizándose. A partir de ese hecho crucial antes citado nos encontramos ante la historia de los Dióscuros, la segunda generación de Aurelianos y José Arcadios con el cuestionamiento de todo lo hasta entonces estatuido y que se concreta una vez más en un parodiar lo ya vivido, pues si sus predecesores compartieron hembra, en la siguiente generación compartirán dolencia venérea de la mano de Petra.

 

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