La muerte de Artemio Cruz

LIBROS - LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZArtemio Cruz es el ciudadano Kane de la revolución mexicana, un desclasado que levanta su imperio sobre la miseria de los demás, si bien su fortuna no es fruto de una herencia caída del cielo, sino el resultado de una depurada elección por la lucha por la vida. Una situación tan excepcional como la guerra de los revolucionarios en México es el caldo de cultivo idóneo para aupar a un arribista como Cruz, un anónimo integrante de la leva que por sus trabajos al servicio de la crueldad obtendrá su recompensa. El protagonista de la novela de Carlos Fuentes es igualmente hijo del azar, ya que sus decisiones van delimitándole su ruta personal: desde la deserción en los tiempos de las revueltas campesinas que le conduce a buscar al “ángel” Gamaliel en esa casa carcomida por la humedad para dar testimonio de las últimas voluntades del hijo de éste, Gonzalo, y adicionalmente a poner la primera piedra de un destino de ¿éxito?

 En esa opción por trazarse su senda Artemio hace de Catalina, la hija del terrateniente venido a menos la llave de su carrera hacia el poder. En el caso del personaje que da nombre a la novela la suya es la historia de un triunfador en el escaparate social, pero de un fracasado por sus múltiples derrotas: la del amor que se ejemplifica en escenas como las de ese moribundo Artemio echando de menos a sus amantes, mientras su inminente viuda y su hija, Teresa, aguardan su defunción; la del oligarca que aprende sus usos morales en sus proyectos empresariales de sus prácticas amatorias, tomando por la fuerza lo que cree suyo. Una herencia que quizá proviene de su condición de bastardo, huérfano y apátrida, paralelismos que le unen al Hearst de Orson Welles.

Cruz es el perfecto representante de la sociedad indigenista, arrojada del Edén por los conquistadores, técnica que él lleva a la excelencia con sus estrategias de acoso que le ayudan a levantar esa mole de prepotencia propia de las clases dirigentes, secuela quizá de su temporada como soldado en la que vivirá su primera gran renuncia al deshacerse de Regina y de sus lazos con el amor más puro que en ese flash-back que es toda la novela vuelve en distintas maneras al pensamiento del septuagenario y postrado Artemio. Artemio Cruz no es más que la figura que Carlos Fuentes emplea para retratar una sociedad nacida de las ascuas de la violencia, calco de la estructura implantada por los europeos que instauran la posesión y el dominio como formas de relación entre los seres humanos. Maniobras que a lo largo de la novela irá depurando hasta hacer de su familia un modelo respetable de la doble moral, aunque en ese camino se vayan sucediendo nombres de féminas que asumen los estratos sociales por los que pasa Artemio, desde la popular Regina, la pasión de los primeros tiempos, a Lilia, la joven prostituta, pareja improcedente para el avejentado político, pasando por Catalina, la esposa y madre de su casta. A todas ellas las despreciará con sus traiciones Artemio porque Cruz no conoce los sentimientos desprendidos y no puede permitirse la amistad ni siquiera con Padilla, su hombre de confianza que le graba todas sus conversaciones en un magnetófono, instalado ya en las tácticas mafiosas.

Con esta trayectoria moral el autor nos quiere exponer el ascenso de los mediocres que como Artemio Cruz se yerguen con sus procedimientos corruptos sobre los cadáveres de quienes se cruzan en sus ambiciones ya sean profesionales o amorosas, transitando por todos los organismos vivos de la sociedad menos respetable en su experiencia como miliciano descreído que ve en las armas el instrumento de su destino, luego como político local y por último, como archimillonario industrial que no duda en introducirse en los negocios de la prensa, intuyendo que el verdadero poder está en la subordinación de los que mandan.

Por eso es más curioso precisamente que Carlos Fuentes elija presentarnos a Cruz desahuciado, con los médicos palpándole sin recato en ese previo a la muerte y con él mismo notando los humores que se esparcen por las sábanas desde su cuerpo. El cuerpo del protagonista es la alegoría de la desmembración de un México, buque insignia de las clases pudientes construido del mismo modo que el país mediante corruptelas, sobornos, chantajes, etc., usurpando los deseos de los otros como Cruz hace con Catalina que nunca llegará a amarle, aunque él se presente como el benefactor de su estirpe, máxime a la muerte de Lorenzo, el hijo inflamado de ideales que repite el destino del tío Gonzalo, fusilado en la revolución de Pancho Villa, marchando a la guerra civil española para morir en ella. Punto de inflexión sin duda en la biografía de Artemio, a partir de entonces más desalmado y ambicioso que nunca.

El ansia de riqueza y falta de escrúpulos de Artemio se exhibe en todos y cada uno de los fragmentos que componen la novela, de compleja estructura narrativa –como bien nos sugiere en varias ocasiones Carlos Fuentes con ese recurso al prisma, a una deformación casi cubista de la imagen del moribundo- que le facilita al autor llevar al lector de la mano por todos los escenarios de esa caída y auge del poderoso a la vez que débil personaje de penetrantes ojos verdes, conseguidor de empresas y quebrantador de voluntades, donde la simbólica figura de un perro ladrando parece aullar el destino trágico de Cruz, al que Fuentes traslada algunos de sus traumas geográficos como al decir al comienzo prácticamente de la obra de la desolación que sobrecoge a esta figura que quiere ser como los otros, como los hombres de pensamiento en blanco y negro del gigante estadounidense, condenado en cambio a ser parte de esa zona de indefinición donde se enseñorea su crueldad.

La única esperanza que queda en medio de esta degradación moral es precisamente la memoria con la que Artemio Cruz y por antonomasia el hombre se salvan de repetir ese hado funesto motivado por esa incomprensión que el escritor plasma en tres figuras secundarias como las de Tobías, Gonzalo y Zagal, signos de un México inadaptado que no afronta los desafíos que exige el progreso necesario para el avance de la sociedad más que desde la artritis que aqueja al protagonista, falsario hasta en la hora de su óbito y por consiguiente adecuado contrapunto a tanto exceso de idealismo.