Entrevista a Ana María Matute

Los lectores no podrán ver la casa de muñecas que reposa en el suelo de su salón. Ana María Matute acaba de someterse a un tratamiento de rejuvenecimiento novelesco publicando la que es su última obra, “Paraíso inhabitado”. Un libro en el que conviven los recuerdos de infancia con esa capacidad suya de crear historias de niños repentinamente envejecidos a los que no les queda más que perseguir los unicornios que se les escapan de entre las manos. Su habilidad para hacer brotar de la nada la aplica también a la otra manualidad que la entusiasma, la carpintería en la que Ana María Matute es dueña y señora de los artilugios también. “La casita de muñecas me la regaló cuando cumplí ochenta años mi hijo, pero no es para muñecas. Está sin terminar y llena de gnomos y de hadas. Ahora me voy a dedicar a ponerle los picaportes y de todo. He visto en EEUU un piano con teclas que puede tocar incluso. ¡Yo he hecho pueblos enteros! Cogía un tablero grande y le pedía al carpintero los recortes y hacía verdaderas ciudades, siempre encima del mar y en él ponía un arca pirata con monedas de oro que eran papel. Cada día venía un tropel de niños a verme y a jugar conmigo, porque les había conocido en la playa. El último lo tenía José María Carandell. Hay un duende de color de rosa que es para meterlo en un tiesto, que es precioso y me lo regaló Esther Tusquets. Me regalaron también una xana que tengo que incorporarla, aunque es demasiado grande. La carpintería me gustaba mucho, es apasionante. Hice un altillo y la gente subía y no se mató ninguno. Tenía de todo, pero ahora ya no tengo fuerzas. Tenía una cantidad de yo digo armas, herramientas… Ahora sólo conservo cosas de miniaturas, pero he tenido un destornillador gigante y otro diminuto, me encantan los contrastes”.

– Adriana es una niña que se abre a lo desconocido, alguien tan raro como ella, Gavrila…

– Sí, hubo un niño así. Nos llevábamos muy bien y nos queríamos mucho; no era la misma relación que mantienen los personajes, pero sobre todo teníamos una cosa en común, leíamos los mismos libros y esto nos unía muchísimo.

– Mencionas a lo largo del libro una especie de niebla cálida que transparentaba lo que tú querías ver…

– Sería la niña, porque no soy yo…

– Has dicho que la novela no es autobiográfica, aunque sí hay algunos detalles tuyos…

– Hay algunas cosas que se han cogido de mi infancia, pero no tiene nada que ver conmigo, ni la historia, ni la familia, ni nada de nada.

– ¿Has conseguido ver al final a través de la niebla, como hace la niña, Adriana?

– Sí, claro, por supuesto. Ves lo que tú quieres ver o crees ver.

– ¿Viste el destello azul?

– ¿Sabes que es un fenómeno natural que ocurre como cuando se pone un pescado muy fresco en la oscuridad que se ve esa luz azul? Aquí la niña, Adriana, también lo dice porque la cocinera un día me lo enseñó. Ésas son cosas, detalles que tiene de mi infancia, pero nada más… Mis padres se quisieron con locura. Era una de esas parejas que dices ¡caramba! No todos somos así (se burla).

– ¿Hubieras deseado algo así?

– Las tuve. Tuve dos experiencias, una muy mala y otra muy buena. Mi primer marido fue un desastre la verdad. Lo único bueno que me trajo fue mi hijo –ya lo justifica ¿no?-.

– Se hablaba de él como “el Malo”…

– ¡Todo el mundo me lo dice, quina vergoña! (le sale la catalana que lleva dentro y la risa). Se lo confesé hablando como contigo y no pensaba que fuera a sacarlo (ya se disparata la risa), pero era su obligación, ¿no?

– ¿Cuánto tiempo has tardado en sacar adelante este libro?

– Tardé en publicar, pero no escribirlo…, no llegó a dos años. Tuve una enfermedad larga entremedias; ¡ocho meses hospitalizada, un año perdido!

– Se te considera autora de literatura infantil…

– Eso no sé por qué… (responde algo enfadada), porque he escrito más libros para personas mayores…, para niños he escrito seis nada más y además cuentos. Hay algunos críticos que lo consideran así aquí, fuera de España no.

– Hay quien te cataloga como la abuela de todos o la diva…

– No me había enterado de eso (vuelve a reír burlona). Lo de abuela me parece bien, pero lo de diva no… No voy de diva por el mundo (sonríe)…, ni mucho menos.

– Empezaste a escribir muy joven…

– A los 17 escribí la primera novela que fue publicada, pero desde los cinco años escribo.

– En el libro Adriana dice que nunca preguntaría nada sino que lo iba a averiguar por sí misma… ¿Es tu forma de crear?

– No, yo cuando escribo una novela que transcurre en la Edad Media me informo y me documento mucho y cuando hablo de un hecho histórico –yo no hago novela histórica que conste (dice distanciándose)- o algún hecho real sin haberme documentado sobre ello.

– ¿Has decidido que las cosas al final se atraviesan como el espejo de Alicia?

– Pues claro. Todas no…, menos la televisión, todo.

– Asegurabas en alguna entrevista que cada vez que publicas es una confirmación de tu valía como escritora…

– No lo he pensado nunca eso (sonríe).

– Viendo a los que no se comportan como el resto te has puesto de parte de los alienados…

– Como cuando pensamos que los inteligentes son los que piensan como nosotros (bromea). Está dentro del mismo vagón de tren.

– ¿Ingenua llegaste a ser?

– Ingenua no he sido nunca. He sido inocente que es distinto.

– ¿Cuál ha sido tu peaje por ser inocente?

– Me he llevado unos chascos terribles, me han dado bofetadas por todos lados (se ríe) por crédula, por confiada, por creer que las cosas eran de una manera y eran de otra. A mí todo lo que me decían me lo creía, porque no tenía motivo para no creerlo. Lo bueno, claro. Lo malo ya lo ponía yo en cuestión.

– ¿Sigues aprendiendo?

– Cada día. Lo cual quiere decir que tengo un reloj de juventud dentro. Estar dispuesto a la decepción quiere decir que todavía conservas algo de lo que fuiste, de la ilusión de vivir… Sí, ilusión de vivir tengo, fíjate. Aunque me queda poca ya, pero… (corrige con una media sonrisa por si las moscas). Poca ilusión no, poca vida.

– Decías que el amor no se acaba nunca, pero que se te habían muerto las personas que habías amado más intensamente…

– Excepto mi hijo, pero es que él es otra cosa. No tiene nada que ver y por eso cuando me dicen que un libro es un hijo, suelto una carcajada.

– Porque a ti tu hijo te costó algo más que a una madre convencional…

– Lo pasé muy mal, porque en aquella época mi hijo tenía ocho años y las leyes eran muy crueles con la mujer. Lo sabe todo el mundo. Y cuando te separabas, aunque fuera tú la que iniciaras el proceso, el niño se lo daban al padre y tenías que demostrar que eras una “dona com cal”, ¿entiendes? Como debía ser según ellos, porque ya se sabe cómo era para ellos una dona “com cal”. La mayoría de los padres decían “pues que se lo quede ella”, pero él para fastidiar se lo quedó. Tuve una suegra muy buena que me dijo “tú no te preocupes que tú al niño lo verás”. Como el niño iba al colegio yo lo veía los sábados nada más y los domingos (dice con pesadumbre). Lo iba a buscar y no te puedes imaginar lo desgarrador que era separarnos. Una vez el taxista me vio llorar tanto porque cuando estaba con él en el taxi nos abrazábamos y él me preguntaba “¿mamá, cómo quedamos?” y yo le decía “pues el sábado”. Él ya sabía muy bien, pero tenía esa cosa de los niños de que a lo mejor preguntando. Económicamente yo estaba muy mal por culpa de mi ex y mis relaciones con mi familia se habían distanciado mucho –mi madre me había desheredado-.

– Tus dibujos infantiles son sorprendentes para una niña tan pequeña…

– Con cinco años aprendí a leer y a escribir, con faltas de ortografía, claro, aunque pronto dejé de tenerlas. Tenía una idea de lo importante que era la palabra escrita y tenía una intuición y un respeto, porque me lo hacía pasar tan bien que cuando ya era jovencita y tenía chicos que andaban detrás de mí, una vez me escribió un chico unas notas con unas faltas de ortografía tremendas. Era muy guapo y me gustaba mucho, pero se me cayó el alma de golpe ¡buum! (dice onomatopéyica). ¡Me importaban más las falta de ortografía que el chico! Luego cuando ya fui más mayor, ya no tanto!

– ¿Y qué tal se lleva lo de estar en la Academia?

– Muy bien. Ellos lo deben llevar peor, porque como yo vivo aquí en Barcelona voy muy poco, voy menos de lo debía de ir.

– Para los que no hemos asistido nunca ¿qué se hace allí?

– Cada uno tiene una misión. Yo estoy en lexicografía, donde se estudia la descripción de las palabras, cómo se puede explicar una palabra, lo que significa.

– ¿Y son sesiones divertidas?

– Pues somos un grupo, pero yo no digo nunca nada…

– ¿Los intelectuales pueden ser divertidos?

– Puede ser muy ameno –divertido no es la palabra- y muy interesante también. Incluso puede llegar a ser apasionante, lo que pasa es que yo no he llegado a ese punto, porque no he frecuentado con la suficiente frecuencia (¡vaya redundancia!).

– No te preocupes, ya lo cambiaremos por asiduidad y quedará estupendamente

– (Risas a carcajadas)

– Tu entrada en la RAE fue una sorpresa, dada la poca representación de mujeres…

– Sí (asevera con rotundidad), además en aquel momento no había ninguna, porque las dos que había ya habían muerto. Fue una satisfacción muy grande. No lo tomé como algo sólo para mí, sino algo para todas las mujeres.

– ¿Y lo de que siga existiendo el cliché de literatura femenina cómo lo llevas?

– Yo lo de literatura femenina y masculina no lo comprendo muy bien. Realmente somos diferentes y es lógico que la mirada sobre el mundo también lo sea, aunque hay veces que hay mujeres con una perspectiva más parecida a un hombre y al revés.

– Decidiste con tu hermana que te hacías roja, pero roja perdida…

(Se ríe) Sí. Era en pleno 18 de julio. Estábamos en Barcelona en casa tumbadas en la cama con las ventanas abiertas, porque hacía un calor que te morías. Oíamos disparos… y de repente mi hermana me dijo “Oye si yo fuera pobre sería roja” y le dije “yo también” y nos dimos la mano. Ésa fue la conversación.

– ¿Y ahora tal y como está la situación política?

– Yo no hablo de política. Los años te enseñan mucho, no te puedo decir más. Y te quitan muchas ilusiones también y te desengañan. No tengo ningún orgullo de pertenecer a la especie humana, con eso ya está dicho todo.

– Comentaste que cuando se produjo el golpe del 23-F te dio un ataque de desesperación…

– Me dio un miedo tremendo. Iba en un taxi con mi hijo precisamente y el taxista tenía puesta la radio. Se oyeron los tiros y me dio un ataque de histerismo y decía “¡no, otra vez no, por Dios, otra vez no! ¡No lo resistiré!” Y m hijo me decía “¡mamá, sosiégate!”. (Suspira).

– Decías que los aeropuertos dan mucho juego para escribir historias…

– Uno de los espectáculos que más me fascinaban era sentarme en un bar o en las salas de espera de los aeropuertos y ver a la gente. Me invento sus vidas, que seguramente no tienen nada que ver, pero así me lo paso bomba.

– ¿Qué podemos decir a quienes no conocen a Ana María Matute y se encuentren con este libro?

– ¡Que lo compren, que lo compren rápido! Yo no sabría qué decirles.

– Decías que no habías conseguido atrapar ese unicornio con las manos, pero no sé si lo has conseguido con las palabras…

– Sí.

– Toda esa gente que busca en tus libros duendes, hadas, trasgos… quizá al ver la portada de este “Paraíso inhabitado” hayan pensado que retomabas ese mundo mágico…

– Hay en uno (ríe burlona). Eso no quiere decir que no vuelva a él. Tengo tres: “La torre vigía”, “Olvidado rey Gudú” y “Aranmanoth”. A lo mejor vuelvo, porque a mí la Edad Media me apasiona y es muy literaria. ¡Además yo entré en la literatura con los cuentos de hadas que son medievales la mayoría! Es lógico que haya quedado esa especie de fijación.

– ¿Y cómo llevas lo de ser lectura recomendada en los institutos?

– Hasta ahora me ha ido bien, porque cuando he visitado colegios han venido corriendo y me han abrazado, me han besado y me han dicho de todo –bonito, no feo-.

– Aunque quizá les hables de cosas que muchos ni se imaginan que existían…

– Yo me acuerdo que un día hablando con Gloria Fuertes me dijo “yo era, en ese mismo colegio, una niña del otro lado de donde caía la pelota”. Aquello me impresionó muchísimo… Gloria era una mujer estupenda Gloria.

– En la novela mencionas la literatura oral de la tata ¿es un recuerdo tuyo, porque por lo visto de pequeña le contabas cuentos a tu hermano José Luis?

– Sí, muchos. La tata nos llevaba al colegio, primero a los niños y luego a las niñas y durante todo el camino yo le iba contando cuentos que me inventaba; tenía un protagonista siempre e iba por capítulos cada día y duraba tres o cuatro meses (dice poniendo voz de infinitud). Y cuando acababa me decía “¿ya se ha terminado?”.

– ¿Y perdías el hilo de alguna de las historias que ibas contando? – No, ¡que va! La máquina funcionaba.

– ¿Te sientes más reconocida por los lectores que por las instituciones?

– No lo he pensado nunca eso. A mí me interesa el lector, al que le llega lo mío, porque yo no escribo para mí, escribo para todos y me gusta que me digan que me han leído, que esto les ha intrigado, que no lo han entendido. Yo hablo con ellos, porque eso quiere decir que el libro ha interesado, que no ha pasado por un ojo y ha salido por otro. Los que buscan que todo sea excesivamente claro no son lectores míos, porque mis libros no les satisfacen supongo, a esa gente. Porque no son libros en que pasan cosas y en los que da igual cómo acaben. No es un libro es un trailer.

– ¿Cómo lectora qué te suele gustar?

– ¿A mí? A mí me gusta la novela y la poesía antes que nada, aunque nunca he escrito. Los libros que investiguen dentro de los personajes, que se metan dentro de ellos e investiguen en el hombre, en el porqué del hombre y de la sociedad. Por eso me interesan muchos los rusos –“Crimen y castigo” y “Los hermanos Karamazov” me parecen algo increíble-. Me gusta Dostoievski, Tolstoi, Lermontov, y ahora los últimos que estoy leyendo como Vassili Grossman. O Nabokov que tiene todas las cosas que a mí me gustan de los rusos, pero además puestas al día. Y también me gusta, no en lo literario, sino por el descubrimiento del horror, del escritor comprometido, el del gulag, Solzhenitsyn.

– ¿Alguna autora?

– Sí, hombre, muchísimas, pero ¿sabes qué me pasa? He tenido muchos disgusto con eso. Nombro a una escritora española o dos o tres, porque eso pasa, y me olvido justo de una de las que más me gustan. Pero la gente eso no lo entiende. A mí no me importa que me nombren o no me nombren –hombre, si lo hacen estoy muy agradecida, pero si no, ni me fijo-.

– Hablando de nombrar estuviste cuatro veces a punto de ser premio Nobel… ¿Supuso una frustración muy grande?

– No, yo nunca he tenido frustraciones porque no me den un premio. Si me hubiera presentado y no me lo dan…, pues sí. Al Nadal cuando me presenté dos o tres veces quedé finalista, era muy joven y lloraba y todo. Pero en el Nobel, el Cervantes o el Príncipe de Asturias como son ellos los que te lo dan, es que ni te enteras.

– ¿Hay algún premio que te haya hecho especial ilusión a lo largo de tu carrera?

– No soy mujer de premios, aunque sí me han dado muchos. La mayoría son de esos que te dan, pero no te presentas y luego están el Nadal y el Planeta a los que me presenté y me los dieron. Yo no escribo para ganar premios; un premio no hace a un escritor, hace lectores, pero no a un escritor.

– Hay quien dice que a los autores consagrados siempre se os publica hagáis lo que hagáis…

– Yo nunca he tenido problemas para publicar, desde el principio cuando fui con aquel cuadernito cuadriculado, escrito a mano y al señor Agustí le gustó y todas esas historias que ya he contado muchas veces.

– ¿Recuerdas cuánto te pagaron?

– Sí, 3.000 pesetas.

– ¿Y qué hiciste con ellas?

– Meterlas en la cartilla, porque mi padre no me dejaba hacer otra cosa (bromea).

– Siempre supiste que ibas a ser escritora…, pero ¿te ha faltado escribir poesía?

– Soy incapaz de escribir un poema. Tengo tal vez un exceso de respeto y admiración porque la siento tan dentro de mí que la siento magia, como un milagro. Me hubiera gustado…

– ¿Y el cuento?

– Es en cierta manera lo que se puede parecer más a la poesía, porque se puede decir el máximo a través del mínimo. En la novela caben más deslices, pero en un cuento no puede haber ni una coma de más, ni de menos, tiene que ser como un trabajo de orfebre y si no, mal asunto. El cuento tiene que ser una pieza muy bien engarzada.

– Eres de los pocos autores de los que se han recuperado sus primeros cuentos estando vivos…

– Porque tampoco hay muchos que hayan escrito de niños. Me pidió lo que yo tenía la Universidad de Boston y los originales que yo tenía eran éstos, porque el resto lo había tirado, excepto el de “Primera memoria” y “Luciérnagas” que también les di. Y a Pablo, de Martínez Roca le encantaron y pidió los dibujos. Me preguntó si yo quería editarlos, porque le parecía una idea muy bonita y le dije que muy bien.

– ¿Cómo es eso de formar parte de la literatura y ver tus obras en urnas, dar conferencias?

– No tenía ni idea de cómo era eso. Pero yo soy la misma siempre, no me siento famosa y cuando hago una conferencia me parece que estoy charlando con alguien. Me fallan esas cosas a mí, no soy muy profesional (bromea). No voy de escritora, ni de diva…, ¡qué rabia y qué vergüenza además!

– El cuento es el género de la prisa actual y tú lo elegiste cuando no estaba en boga…

– Bueno, tuve al hijo y le empezaba a contar historias y él se quedaba con la boca abierta. El primero que escribí fue “El país de la pizarra”; para él. Le gustaban mucho mis cuentos y se los dibujaba también. Se sentaba en mis rodillas, nos poníamos ahí los dos y lo pasábamos de bien… Gracias a eso no me morí. ¡Tenía una vida en aquella época!

– Tienes un sentido del humor muy acentuado…

– Mis amigos me dicen que tengo mucho sentido del humor. Eso me ha salvado mucho también en esta vida, ¿sabes? La risa es fantástica, alarga la vida.

– Pese a lo duro de tus cuentos…

– Pero eso no tiene nada que ver. Mi vida ha sido también bastante dura y sin embargo, tengo un gran sentido del humor.

– ¿Hay “negros” en la literatura?

– Eso parece, eso me han dicho. Pero qué poca ilusión… Todo lo hago yo, hasta las correcciones. ¡Menuda soy! Prefiero que salga no con erratas, que al final son cosas que se te han escapado, que no que meta mano alguien a hacer correcciones que no debe. ¡Mis pecados son míos!

– Por eso cuando te despiertas te cuesta muchísimo incorporarte al mundo…

– Pero no por eso, si no porque soy una vaga tremenda y adoro dormir… ¡Oh, cómo duermo, con un gustazo! Cuando tenía que dar clases en la Universidad americana iba con un ojo cerrado como un pirata.

– Ése es uno de los pequeños placeres junto a tomarse una cerveza con amigos…

– ¡Y más de una cervecita! ¡Un gin-tonic también está muy bien! (ríe).

– ¿Qué otras satisfacciones tienes?

– Muchas. La amistad para mí es casi tan importante como el amor. Tengo la suerte de tener buenos amigos, no muchos, pero muy buenos. En el mundo de la literatura y fuera.

– ¿Se pueden tener amigos competidores?

– Claro que se pueden tener. Los escritores somos muy buena gente. Tenemos muy mala fama, pero somos muy buenas personas…, un poco atravesados, si acaso.

– ¿La promoción nunca es un pequeño placer?

– ¡No, para mí si, yo me divierto! Si no fuera por el físico que me falla y cuando me voy a levantar el cuerpo se queda sentado, me lo paso muy bien. Tengo la suerte de poder hacer que las cosas a mi alrededor las puedo convertir en algo que me agrade, aunque alguna vez fallo con alguna gente, pero una vez las he conocido, me alejo con una prudencia…

– ¿En algún momento la necesidad acuciante te hizo escribir?

– No, al principio la necesitaba. Yo he vivido de mis libros, pero yo no he escrito para vender, porque entonces podría haber escrito otro tipo de literatura, pero no lo sé hacer, ni lo quiero hacer. No habría tenido éxito, porque lo que no es auténtico no sale.

– ¿En qué sentido te sientes loba esteparia? – Lobo, lobo (corrige). Sola o en pareja, pero nunca en manada. He sido amiga de todos, pero nunca he formado parte de la Gauche divine (bromea).

– Decías que los banqueros, con excepciones honrosas, no son inteligibles para tí…

– Cuando me preguntan por ejemplo, cómo es el mundo de los gnomos pienso que entiendo mucho antes a un trasgo que a un banquero; me pasa como con el Vaticano que tampoco lo entiendo.

– ¿Tu libro más querido es “Rey Gudú” por ese éxito de ventas?

– No, sino porque es el libro que yo desde niña quería escribir y he llevado dentro durante años hasta que dije “ahora lo escribo”.

– Antes las mujeres eran las animadoras de los intelectuales…

– Sí, eran la mujer de, pero yo nunca he sido así, porque en mi caso él era el marido de (se ríe).

– ¿Qué recomiendas a quien quiere escribir?

– Pues que arranque a escribir. Yo no pregunté a nadie, me puse con mis cuadernitos y ya está.

– ¿Te cuidan mejor las instituciones extranjeras?

– Silencio administrativo. Llevan mi nombre varias escuelas y varias bibliotecas y te hace mucha ilusión.

– Hay muchas tesis sobre ti…

– Sobre todo en Francia y en EEUU. Hace poco han publicado “Primera memoria” en la India y en Corea y he recibido cartas. Eso me impresiona mucho. En Rusia y países eslavos.

– La magia de los microuniversos…

– Yo no podía ver un agujerito sin meter algo allí.

– Eres de las que ves manchas en las paredes…

– Islas, países y a veces caras. ¡Con lo mal que estoy de la vista! Lo malo es que el físico no me responde, cuando era joven era otra cosa.

– ¿Has escrito en catalán?

– En casa se hablaba castellano, porque mi madre era castellana. Mi padre hablaba catalán con nosotros, podría escribir una carta, pero una novela no. Me sabe muy mal, porque me hubiera gustado.

Se despide mientras sujeta a sus perras, “Amy, por la primera aviadora, y Iusi, es un nombre cubano, porque mi nuera es cubana”. Y la dejamos que descanse de tanta promoción. “Ahora me pongo a hacer el crucigrama de Fortuny que me encanta. ¡Lo paso de bien, porque es diferente de todos los demás y te hace reír con unas bromas. Al final se ha hecho amigo, porque yo hago sus crucigramas cuando me levanto y para las personas mayores es una terapia buenísima y te hace estar pensando en qué querrá decir y luego te mondas cuando te enteras!